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Así empezó Venezuela: destrozando el poder judicial

Así empezó Venezuela: destrozando el poder judicial

Una mujer con español impecable, ése que ya sólo se habla al otro lado del charco, se aproximó y me susurró al oído mirando a norte, sur, este y oeste: “Señor Inda, ¿puedo hablar con usted un minuto?”. Iba ataviada con un mandil, debía superar los 50, su acento era inequívocamente venezolano y se le notaba una categoría intelectual superior a la media. “Claro”, respondí sin titubear. “Acompáñeme”, me rogó llevándome a un puesto en un mercado capitalino de cuyo nombre prefiero no acordarme para no poner en riesgo su seguridad. Más que nada, para que la gentuza podemita no le dé un susto el día menos pensado.

Quince metros más allá estábamos ante su negocio. Humilde negocio. Un puesto de croquetas de todo tipo de sabores y colores. Rosadas, blanquecinas, verdosas y negruzcas. De jamón, pollo, espinacas y hasta chipirones. Me contó que llevaba dos décadas en la madre patria. “¿Se dedicaba usted allá al mundo culinario?”, cuestioné echando mano de lo obvio. “No”, terció rápidamente casi sin dejarme terminar, “yo era fiscal en Venezuela y al poco de llegar Chávez al poder, en el ecuador de los siglos XX y XXI, me destituyeron y me tuve que exiliar. Y aquí me tiene dedicándome a algo que no es lo mío pero bueno…”. Mi cara era, como se podrán imaginar, todo un poema. Estupefacción pura. Y dura. La suya, de una tristeza indescriptible.

Me desveló que en los 90 era una de las fiscales más importantes de la nación con las mayores reservas petrolíferas del mundo. Pero que tuvo que tomar las de Villadiego cuando los medios vendidos a la dictadura (a la fuerza ahorcan), que entonces debían ser el 80% y ahora no bajan del 95%, la empezaron a poner en la diana, a injuriarla, a calumniarla y a difamarla. Como a cientos de garantes de la legalidad. “Los escraches a mí y a mis compañeros se hicieron insoportables por lo rutinarios y lo feroces que eran”, apostilló.

Consecuencia: se vino a España en busca de un mundo mejor. Y aquí sigue. Con añoranza de su bellísima tierra natal, melancolía a raudales y la sensación agridulce del que sabe que ha salvado la vida pero ha perdido a su familia tal vez para siempre porque ellos carecen de posibles para comprar el pasaje y ella es igual de consciente de que regresar allá es optar a una tómbola en la que cuentas con todos los boletos para que te den un susto o directamente matarile.

El sátrapa Chávez tuvo claro desde el minuto 1 que la perpetuidad de su satánico proyecto pasaba por convertir al Legislativo y al Judicial en un apéndice del Ejecutivo

Hugo Chávez, un narcoasesino con todas las letras, un ladrón con todos los números, lo tenía claro: una verdadera democracia es aquella en la que hay un sistema de contrapesos en el que unos poderes se controlan los unos a los otros en una suerte de círculo virtuoso. Como quiera que nació y murió sátrapa, este malnacido al que Satanás tenga en su gloria tuvo claro desde el minuto 1 que la perpetuidad de su satánico proyecto pasaba por convertir al Legislativo y al Judicial en un apéndice del Ejecutivo.

No había pasado ni un año y con la excusa de limpiar la Justicia puso en la calle a cientos de magistrados y fiscales. Casualmente, todos los miembros del poder judicial sucios eran aquéllos y aquéllas que, como nuestra exiliada amiga, habían expresado su malestar con la invasión chavista de los tribunales. Y si encima eras ideológicamente un liberal o te situabas en la derecha democrática tus posibilidades de trabajar en lo que tanto te había costado conseguir y de seguir con vida se reducían a la mínima expresión.

Chávez tardó seis años en tocar el Tribunal Supremo porque aquello eran palabras mayores. Pero como quiera que era tan malo como tenaz consiguió en 2004 ponerlo bajo su bota matonil. Quien controla la máxima magistratura de un país lo controla todo. La Asamblea Nacional tardaría un poco más pero resulta perogrullesco recordarles que hoy día es un órgano sin poder real por cuanto éste se halla residenciado en el Palacio de Miraflores, sede de la Presidencia de la República, y en la servil Asamblea Constituyente. El Legislativo y el Judicial son tan sólo un recuerdo de un tiempo pasado que fue infinitamente mejor. Económica y democráticamente.

España no es Venezuela. En eso estamos todos de acuerdo. Pero cada vez somos más los que puntualizamos un inquietante… “de momento”. Qué casualidad que, como por arte de birlibirloque, se haya desatado de repente una cacería contra el Tribunal Supremo de España, en el que están los mejores de la carrera. Los cristiano ronaldos y los messis de la judicatura. Los mejores de los mejores. Tipos de una brillantez superlativa. Y de una independencia a prueba de presiones, extorsiones y manipulaciones en el 95% de los casos.

La sentencia sobre el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados y la posterior reacción del presidente de la Sala de lo Contencioso fue la tormenta perfecta que sirvió en bandeja al fascio podemita la excusa para poner caldo a nuestra más alta magistratura. El objetivo podemita era obvio: dejar en la opinión pública la sensación de que los jueces del Supremo eran poco menos que unos tipos malignos a la par que peseteros al servicio de los bancos, los cuales les habían sobornado como el diablo manda para que fueran “buenos chicos”.

Casualidad o no, lo cierto es que tanto el ponente como uno de los miembros del tribunal de lo Contencioso que dictó el fallo que puede generar un agujero de hasta 20.000 millones de euros a las entidades bancarias son magistrados próximos a la izquierda extrema. Ni quito ni pongo. Sólo aporto el dato. Nunca he creído en las casualidades, en las coincidencias o en el cruce de astros. Mi única fe es la estadística y la estadística indica que las cosas son normalmente lo que parecen. Empirismo puro.

La segunda andanada al Tribunal de la Plaza de la Villa de París juega directamente con las cosas de comer. Con la España constitucional. Con el Estado de Derecho. Con la división de poderes. Con la democracia en suma. Contemplar a socialistas y podemitas todos a una advertir de manera concertada al Supremo que no hay rebelión en el golpe de Estado del 1 de octubre del año pasado supone efectuar un viaje en el tiempo a esa Venezuela en la que todo terminó quién sabe si para siempre el día en que se empezó a linchar mediática y políticamente al Tribunal Supremo.

Otra afrenta al poder judicial, ésta de libro, de manual de golpes de Estado más bien, fue la visita de ese diablo vestido de guarro que es Pablo Iglesias al jefe del golpe, Oriol Junqueras. Un desafío, una burla y una desautorización en toda regla de los poderes Ejecutivo y Legislativo. No imagino yo a Leopoldo Calvo-Sotelo ni a Felipe González remitiendo a su socio parlamentario Paco Ordóñez a la prisión militar del Castillo de la Palma en Coruña a negociar el silencio de Antonio Tejero. Básicamente, porque les hubieran montado el pollo del siglo y se hubieran tenido que ir por donde habían venido.

Lo que vienen a colarnos entre líneas es que el 1-O fue una expresión democrática, más o menos afortunada, pero expresión democrática al fin y al cabo

Han salido todos en tromba para desautorizar la calificación penal que tanto el juez Llarena, como la Fiscalía y la Abogacía del Estado han hecho de lo acaecido entre el 6 de septiembre y ese 27 de octubre en el que se proclamó la República Catalana. Carmen Calvo, el pinochesco presidente Sánchez que dice “Diego” donde hace cinco meses decía “digo”, el  infausto Pascualone Sala, sobrecogedor amigo de Jesús Polanco, obviamente Pablo Iglesias, Dolores Delgado y el que faltaba, José Luis Rodríguez Zapatero, el hombre que transportó España de 1978 a 1936. La todavía ministra de Justicia llegó a asegurar allá por el mes de junio que había que modificar el delito de rebelión “a la nueva realidad”. Lo que vienen a colarnos entre líneas es que el 1-O fue una expresión democrática, más o menos afortunada, pero expresión democrática al fin y al cabo.

En resumidas cuentas, nos quieren vender una moto muy concreta: que no se puede encarcelar a nadie por sus ideas. Eso es lo que subyace de toda esta controversia. A todos ellos les invitaría a dedicar dos segundos de su augusto tiempo y leer lo que manifestó un tal Fernando Grande-Marlaska, cuando aún era el excelente magistrado que siempre fue: “En España no hay nadie en la cárcel por sus ideas o por sus opiniones políticas”.

Desprestigiar el Supremo para luego controlarlo es lo que se consumó en Venezuela con las terribles consecuencias por todos conocidas. Y es lo que tiene toda la pinta que se va a intentar perpetrar en España. Pedro Sánchez quiere un Tribunal al estilo González: cómodo y que no ponga pegas ni peros a su indisimulado deseo de perpetuarse en el poder. Y si hay que eliminar la tipificación del 1-O como rebelión (hasta 30 años de reclusión) para contentar a los que te transportaron a La Moncloa, pues se elimina. Estoy convencido de que es un firme creyente en la división de poderes pero más aún lo estoy (a los hechos me remito) de que el fin, morir dentro de 40 años en Moncloa, justifica para él cualquier medio. Y aquí paz y después gloria. Pablo Iglesias va más allá. Su objetivo último es desnaturalizarlo, destrozar lo que los anglosajones denominan check and balances y mandar a paseo a los magistrados indomables (la inmensísima mayoría) para convertirlo en un apéndice de la satrapía venezolano-iraní que quiere instaurar. Malos tiempos para Montesquieu y peores para nuestra democracia. Estas cosas siempre acaban igual: con menos libertad. En dictadura o en dictablanda, en democracia vigilada o en pseudodemocracia. Es la historia del mundo.

PD: las croquetas de nuestra amiga venezolana estaban buenísimas. Pero preferiría que estuviera en Venezuela haciendo Justicia, sancionando el terrorismo de Estado y a su narcopresidente que deleintándonos el paladar y el estómago a los españoles.

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