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La ‘nueva’ TVE una maquina SOCIALISTA con dinero publico

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Ceses, nombramientos, silencios y sectarismo marcan el comienzo tortuoso de una RTVE asaltada con un sectarismo que ni la oposición ni los trabajadores deben consentir.

Casi todo lo que se ha hecho en RTVE desde la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia ha sido equivocado, sectario, improcedente y, en todo caso, incompatible con el supuesto espíritu de regeneración que se pretendía.

Asaltar la Corporación por decreto ley, mediante un pacto nefando con Podemosque pretendió colonizar el Consejo de Administración con paladines de una causa política concreta, resume la antítesis entre lo que se dijo buscar y lo que en realidad se quiso imponer; aunque finalmente el Gobierno y sus socios se tuvieron que conformar con el nombramiento de un administrador único que condujera la compañía mientras se dirimía el concurso público que decidirá quiénes son sus gestores definitivos.

Esa situación de provisionalidad de Rosa María Mateo no ha sido óbice para que tomara decisiones que debieran corresponderle a un presidente no designado a dedo ni, tampoco, para que se note desde el primer momento un inquietante sesgo informativo en favor del Gobierno que ya no provoca protestas internas que en el pasado teñían de negro la pequeña pantalla de TVE.

Los trabajadores no pueden admitir tantos excesos en tan poco tiempo si de verdad buscaban una RTVE mejorada

Despedir a presentadores, nombrar a amigos para sustituirles, esconder los abucheos a Sánchez en Sanlúcar, llamar “presos políticos” a los terroristas de ETA o ignorar informativamente la polémica contratación de la esposa del presidente por una entidad subvencionada por el Estado; no responden al afán de independenciarigor que supuestamente antes estaba hipotecado y ahora iba a ser impecable, sino a una burda manipulación que, al ser en favor de los buenos, se considera menos grave e incluso más necesaria.

¿Un altavoz?

Los informativos de TVE cerraron la temporada como líderes de audiencia, lo que en sí mismo sugiere una aceptación de los ciudadanos y una visión de su trabajo bien alejada del dramatismo exacerbado que ciertos partidos le ponían a la labor del ente público para, ahora lo vemos, justificar su asalto y tratar de convertir a la Corporación en un altavoz partidista.

Que el Gobierno y los socios lo intenten es lamentable pero previsible, y responde a esa concepción patrimonial de los medios públicos que a menudo tienen todos los partidos más allá de su color. Pero que los mismos trabajadores, consejos y sindicatos que en el pasado ponían el grito en el cielo lo toleren, sería muy triste: si de verdad sólo les mueve el loable deseo de que RTVE se acerque al ideal de la BBC, en apenas unos días habrán tenido ocasión de comprobar que no es ése, precisamente, el objetivo del Ejecutivo y sus aliados. ¿Lo van a permitir?

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