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Tertsch y su clarividente entrevista: ” Hay una estrategia de infiltración neocomunista”

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A continuación nos hacemos eco de la entrevista a Herman Tertsch que ha sido publicada en la revista Naves en Llamas, por Raúl González Zorrilla.

Pregunta: Usted vivió en primera fila la caída de la antigua URSS y hoy es uno de los intelectuales más activos a la hora de denunciar esa nueva forma globalizada del comunismo que se ha venido a llamar “marxismo cultural”… ¿Cómo surgió este fenómeno político, social y, sobre todo, cultural?

Los primeros pasos de todo esto se dieron con la Internacional Comunista de los años veinte del pasado siglo, que establecía claramente un proyecto de expansión a lo largo y ancho del mundo desarrollado, y especialmente a lo largo y ancho de Europa, para inducir a la gran revolución proletaria.

Para llevar a cabo este plan, la Internacional Comunista impulsa un gran conglomerado de asociaciones, grupos y organizaciones, muchas de ellas similares a las actuales oenegés, que funcionaban bajo las órdenes de los partidos comunistas, pero sin pertenecer directamente a su estructura. Hoy ocurre exactamente lo mismo, pero fue en esa década de los años veinte cuando el comunismo comenzó a utilizar el asociacionismo como herramienta de penetración ideológica en las sociedades desarrolladas.

El siguiente paso en esta expansión del neomarxismo o marxismo cultural se dio con la aparición de la Escuela de Fráncfort. En los años treinta, numerosos intelectuales marxistas debieron huir de Alemania perseguidos por los nazis, y marcharon a Estados Unidos. En las universidades de este país crearon escuelas y, tras el fin de la II Guerra Mundial, regresaron a Alemania y a Francia, países desde los que impulsan sus estrategias de penetración, en un impulso que acabaría de una forma fallida con el Mayo del 68 parisino. Quizás aquella movilización estudiantil fue el último gran intento revolucionario comunista, pero ya entonces los marxistas habían entendido que su gran estrategia había de asentarse sobre la penetración cultural, y no sobre la revolución y las movilizaciones callejeras.

No son los tanques, son determinadas ideas, y su expansión a todo el espectro cultural de la vida de una sociedad desarrollada, las que han de conseguir la victoria. Por eso los nuevos comunistas van abriendo e implantando sus banderas en diferentes campos de batalla donde van dejando sus semillas, el ecologismo, el animalismo, el feminismo, el pacifismo…

La economía ya no sirve a los nuevos comunistas. La transformación que iba a ser la punta de lanza de la revolución proletaria, de esa revolución igualitaria que se construye sobre la liquidación del individuo, tenía la economía como bandera, pero su fracaso en este ámbito ha sido tan estrepitoso que ya no tienen nada que hacer. Y por ello van extendiéndose a otros campos en los que buscar fácilmente la sentimientalidad, la emoción, el humanitarismo. Y han conseguido una expansión tremenda, por ejemplo, en el capítulo de las oenegés, que en su práctica totalidad son organizaciones que mantienen los mismos criterios (comunistas) y que obedecen a los mismos objetivos (comunistas).

– ¿Y cuáles serían, en su opinión, los fines de estos nuevos comunistas?, ¿Quién establece estos objetivos?

A pesar de que en ocasiones parezca que no hay una organización o unas cabezas pensantes detrás de todo este gran movimiento global del marxismo cultural, uno de los principales polos de difusión ha sido el Foro de Sao Paulo, impulsado por el Partido de los Trabajadores de Brasil y nacido en 1990, tras la caída del Muro de Berlín (1989). El Foro de Sao Paulo ha sido clave en todo esto. Y en el Foro de Sao Paulo, ideológicamente, mandaba Cuba. Y lo sigue haciendo.

En un primer momento, el Foro de Sao Paulo nace como el sustituto de una Internacional Comunista que ya no podía tener su referente en Moscú. Creado por grupos guerrilleros sudamericanos, organizaciones terroristas y múltiples partidos comunistas y socialistas, en el momento de su aparición, en este gran órgano marxista solamente había un partido que estuviera gobernando: el Partido Comunista de Cuba. Pero solamente 15 años después, en 2004, el Foro de Sao Paulo tenía ya a más de una decenas de partidos en diferentes Gobiernos, entre los que ya se encontraba Hugo Chávez.

Chávez fue fundamental para el Foro, porque Cuba dirigía, pero era la Venezuela bolivariana la que financiaba todo aquello. En aquella época, además, con el petróleo a 150 dólares el barril, había dinero para todos y, realmente, desde el Foro de Sao Paolo se compró a todos… incluidos el movimiento montonero y los Kirchner. No hay que olvidar, además, que en este Foro se hallaban incluidos grupos de Oriente Medio como Hizbolá, organización terrorista islamista con amplias conexiones con Venezuela, con una fuerte línea de penetración en Estados Unidos, con lazos muy intensos con Irán y con gran poder sobre el control del narcotráfico internacional.

Explica Hermann Tertsch que no solamente hay un complicado entramado organizativo que impulsa globalmente el nuevo comunismo, tanto ideológica como políticamente, sino que, además, existe “un entramado inmenso de multinacionales, de empresas semipúblicas y privadas, que funcionan en Sudamérica y en todo el mundo al servicio del marxismo cultural y sus conexiones, lavando, por ejemplo, el dinero negro de la cocaína de las FARC, y financiando el surgimiento y el crecimiento de numerosos partidos comunistas, tanto en Latinoamérica como en otras partes del mundo, incluyendo España”.

“Pero lo más importante es la dinámica de penetración cultural”, añade Hermann Tertsch. “Una dinámica que se completa con la ayuda de ese rodillo socialdemócrata, izquierdista, que ha ido, con diferentes matices, avanzando en toda Europa; se trata de un rodillo aplastante que solo tiembla ante fisuras como las que están surgiendo en países como Hungría o Polonia, y que estalla ante las brechas internas que surgen en el Sistema de la mano de partidos que no controla. Hay una tendencia general que busca la aniquilación de toda discrepancia cultural. Todo lo que tenga un mensaje de trascendencia del hombre o de sentido religioso, hay que aniquilarlo. Y para ello, los nuevos marxistas han contado con una colaboración importante por parte de la Iglesia Católica, que en una rápida adaptación al devenir de los tiempos, y tras el fulgor magnífico de presencia que fueron Juan Pablo II y Josep Ratzinger, tiene en la figura del Papa Francisco un ejemplo de cómo la penetración comunista o neomarxista en las principales instituciones occidentales se está produciendo también en el ámbito eclesiástico”.

-¿Cómo se produce esta infiltración del ‘marxismo cultural’?

Realmente, están en todas las partes. Las universidades están tomadas, y la infiltración, como hemos explicado antes, viene ya de lejos. La educación media, en la mayor parte de los países occidentales, y sobre todo en un país como el nuestro, ha colapsado la política de transmisión de conocimientos y lo que se hace es, simple y llanamente, adoctrinamiento; las ciencias sociales son, del mismo modo, ciencias de adoctrinamiento neomarxista todas ellas, con poquísimas excepciones. Se modela de tal manera a los jóvenes que es prácticamente imposible que éstos puedan aprender cosas que pudieran desmentir o cuestionar la ideología comunista aprehendida, y por eso rechazan cualquier tipo de conocimiento o información o datos y lecturas que cuestionen o entren en conflicto con su pequeño mundo establecido. En este sentido, el neomarxismo funciona con los mecanismos de una programación de secta.

Para ello, entran en juego dos herramientas fundamentales: el lenguaje y la enseñanza, y los medios de comunicación. La educación y los medios son los dos grandes arietes sobre los que se está produciendo está conquista de los nuevos comunistas. Se ridiculiza, caricaturiza, desprecia y persigue a todos aquellos que pongan en cuestión este proyecto ideológico igualitarista, que es también antirreligioso, antinacional y antiindividualista. Todo lo que genere una percepción de la trascendencia de la individualidad es enemigo de este proyecto de dominación neocomunista que, no hay que olvidarlo, se basa en que el hombre es indefinidamente maleable. El ser humano, según el comunismo clásico, es solo un producto de lo que se adoctrina en él; la ideología es la que ha de crear al ser humano, tal y como ocurre en los países comunistas más extremos. El ser humano no vale nada para Pol Pot, pero tampoco para quienes extienden en Berkeley, Oxford o en la Complutense esas ideologías llenas de humanitarismo y merengue compasivo. Para ellos, el ser humano es un producto de las circunstancias, es intercambiable y, en un último punto, es canjeable y prescindible.

En su análisis del marxismo cultural, Hermann Tertsch añade un elemento importante de análisis que no se suele tener en cuenta. “Hay que recordar que en otros momentos del pasado siglo XX, ya se había hecho notar que la penetración cultural de los comunistas había llegado muy lejos. Hay una anécdota de la periodista y escritora rumana Monica Lovinescu, que le ocurre cuando en 1947 llega a París después de haber padecido todo tipo de dificultades bajo el poder de los estalinistas rumanos. Cuando llega a la capital francesa se da cuenta de que allí también, si uno dice las verdades de lo que estaba ocurriendo en su país bajo el régimen comunista, enseguida te tachaban de fascista y se te cerraban todas las puertas. Primero te conviertes en un anticomunista, de anticomunista pasas a ser un fascista, y como fascista te conviertes en un ser despreciable que no merece ser escuchado y que tampoco merece hablar. Si eres anticomunista, culturalmente, mereces ser aniquilado. Esto ya ocurría en 1947 en Francia. Así controlaba ya la izquierda francesa el pensamiento a mediados del pasado siglo, tal y como lo denunciaron escritores y pensadores como Jean-François Revel y Raymond Aron. Y tal como lo padeció también Albert Camus. Ellos denunciaron las persecución y los ataques constantes que sufrían quienes se atrevían a denunciar los dogmas sagrados de los marxistas en la cultura”.

“Con el paso del tiempo”, explica Hermann, “esto se ha ido extendiendo y transformando en lo que ahora conocemos como la ‘corrección política’ o lo ‘políticamente correcto’, que no es más que un rodillo censor implacable de la socialdemocracia. Es una imposición muy sutil y muy eficaz, con muchas menos aristas en sus prohibiciones, mucho más perfeccionada, en la que los sentimientos siempre se utilizan para romper los diques de contención que han formado las sociedades abiertas y los Estados de Derecho. Lo estamos viendo ahora perfectamente en España con el asalto bestial a los jueces que han dictado la sentencia sobre el caso de ‘la Manada’. ‘La Manada’, con un militar y un guardia civil en su interior, es el enemigo perfecto que ataca a una ‘niña indefensa’ con cinco hombres que representan lo peor de los poderes del Estado: la represión, el machismo, etc. Se trata de movilizar a la gente a través de la bondad, porque cuando se lucha a favor de “la bondad” todo lo demás, las leyes, por ejemplo, no importa. Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona de extrema-izquierda, lo ha dicho muy claramente: ‘las leyes injustas, las ignoro’. Esta es la nueva forma de asaltar al Estado que han elegido los nuevos comunistas; ya no se trata de asaltar el Palacio de Invierno, se asaltan las instituciones después de haber creado, a través de la educación y de los medios de comunicación, una sociedad dócil, volcada en el sentimentalismo, sin pensamiento crítico, sin pensamiento libre y sin pensamiento individual, y siempre preocupada por militar al lado de los buenos y nunca formar parte de los “perversos”… Descarrilamos hace tiempo contra la razón y ahora, a través del neomarxismo, se están minando todas las defensas de la sociedad: los códigos de honor, la tradición, el reconocimiento de una historia exitosa… Se trata de un movimiento inmenso, de una maquinaria cultural abrumadora e implacable, a la que es muy difícil hacer frente, porque también es muy mal enemigo”.

-¿Cómo frenar todo esto?

Llevan ganando terreno desde hace 150 años, pero no han tienen la victoria. Hay gente que se da cuenta de lo que está pasando y, sobre todo, hay países que están reaccionando, donde se pone freno a estos desmanes, donde cuajan los mensajes a favor del individuo y de la familia, donde todavía se aprecia el valor de la religión cristiana. En este sentido, hay focos de resistencia muy considerables frente al vendaval de los nuevos comunistas. Tenemos que tener en cuenta que la socialdemocracia como tal ha entrado en crisis, teniendo en cuenta que cuando hablamos de socialdemocracia no hablamos solamente de los partidos socialistas, hablamos de todo, hablamos del Sistema. Tan socialdemócrata es Angela Merkel como Mariano Rajoy. La socialdemocracia, el Sistema, se ha extendido hasta ocuparlo todo y, por ello, cuando surgen reacciones, generalmente a la derecha, se ponen muy nerviosos y sueltan todo tipo de iras.

Pero a pesar de su superioridad aplastante, no han logrado la dominación total. En este momento, por ejemplo, el Sistema, en Alemania, es más débil que hace cinco años. Y están países como Hungría, Polonia, Austria o la República Checa. Son países, en general, que han padecido el igualitarismo durante mucho tiempo y por eso tienen elementos de reacción que nosotros no tenemos. A nosotros, el totalitarismo socialdemócrata nos llega a través de la “democracia de partidos”, que es una falsa democracia, una “partitocracia”, esto es lo que tenemos. A través de los mecanismos de dominación de los partidos, éstos se han convertido en el Estado y, ciertamente, han conseguido un grado de control sobre la sociedad muy grande, pero no sin fisuras. De hecho, en España se intentó el cierre total del Sistema con José Luis Rodríguez Zapatero, cuando éste, a principios de este siglo, trabajó una alianza con la banda terrorista ETA y el tripartito catalán. Cerrar el Sistema consistía en liquidar la idea de España consiguiendo que los separatismos en alianza con la izquierda política crearan un nuevo régimen sobre la base del antifranquismo. Se trata de un régimen cerrado al que, por supuesto, muy rápida y deseosamente se incopora Mariano Rajoy, tal y como estamos viendo perfectamente estos días.

– Sorprendentemente, ¿puede ser Rusia un refugio para la gran tradición occidental, tal y como se deja entrever desde algunos análisis?

La derecha europea no puede equivocarse y considerar a Rusia como un refugio de los valores tradicionales. Me estoy refiriendo a la derecha que tiene que dar la batalla y que tiene que vencer al rodillo totalitario socialdemócrata. Esa derecha política, en mi opinión, se estaría confundiendo radicalmente si cree que puede inspirarse en alguien como Vladimir Putin o la Rusia actual. Una cosa es que Vladimir Putin tenga razón cuando combate una serie de fenómenos que solamente han traído desgracias a la sociedad occidental, pero otra cosa muy diferente es olvidarse de que Putin es un autócrata, un dictador clásico que gobierna con mano de hierro un país del tercer mundo cargado de armas nucleares.

En las últimas décadas, en los últimos años de la URSS y desde el surgimiento de Rusia, este país solo ha avanzado en crear millonarios, en crear riqueza para el aparato del Estado y en bañar de millones a esos grupos mafiosos que son los socios de Vladimir Putin. No se ha creado una industria, no se ha hecho avanzar el país, no se ha asfaltado una calle… es un país que vive de exportar materias primas para, con los ingresos obtenidos, alimentar a su población. Es, exactamente, el mismo mecanismo económico que caracteriza a Burkina Fasso, pero… con armas nucleares. En este sentido, que Rusia defienda valores como la familia, el orden, la cohesión social o el patriotismo no tiene demasiada relevancia, ya que se trata de una sociedad fallida, desesperanzada y empobrecida en la que la esperanza de vida se ha desplomado, sobre todo, entre los varones.

– Ser conservador, ¿es lo más revolucionario que se puede ser hoy en día?

Yo creo que sí. Yo creo que lo más límpido que se puede hacer es creer en las imperfecciones del hombre, pero también en el carácter sagrado y único de los individuos. Hay que creer en la libertad, y solamente puedes creer en la libertad si crees en el individuo. Ciertamente, defender este tipo de principios, y los valores de ellos emanados, no se hace gratis, ya que hay que enfrentarse a un ambiente hostil, ante un enemigo muy fuerte y sin escrúpulos que no duda en acallar cualquier tipo de discrepancia. Hoy no nos meten a todos en un sótano para darnos un tiro en la nuca, como se hacía en las checas comunistas de antaño, pero hoy, en Europa, hablar de ciertos temas, oponiéndose al Sistema, te convierte en una persona socialmente liquidada y marginada. Te buscan enseguida la muerte civil y, en este sentido, podemos terminar como empezamos: recordando a esos exiliados rumanos que en 1947 llegaron a París huyendo de la represión implacable de los estalinistas y se encuentran con que en Francia, si decías ciertas verdades, eras social y culturalmente aniquilado. De una forma implacable. Como ahora.

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