Portada » En la playa sola de noche’: el cine y el amor cuando beben
Cine

En la playa sola de noche’: el cine y el amor cuando beben

En la playa sola de noche el cine y el amor cuando beben

En la playa sola de noche’: el cine y el amor cuando beben

Hong Sang-soo completa una detallada, precisa y bastante borracha reflexión sobre el desamor

En ocasiones el mérito no reside tanto en enseñar como en sugerir; en hacer ver al espectador (hablamos de cine) lo que se esconde en el fuera de campo al otro lado de la pantalla. Y no se trata tanto de mística como de la mucho más simple, pese a su misteriosa complejidad, sabiduría. El cine de Hong Sang-soo (o, por lo menos, sus mejores trabajos) tiene algo de eso. En su supuesta sencillez, intriga, seduce y, llegado el momento, hasta cautiva. No se trata tanto de mostrar como de provocar. Apurando, la idea es hacer desaparecer la propia obra.

Pues bien, esto ocurre en En la playa de noche, quizá su más logrado trabajo en su prolífico derroche de los últimos meses (tres películas firmó en 2017). Y en este juego sencillo y deslumbrante de espejos y laberintos, el espectador queda atrapado en un virtuoso reflejo: se ve tanto la vida triste de una actriz abandonada como a cada uno de nosotros. La película es básicamente una cautivadora pieza de cine construido con elementos tan básicos y eternos como el cristal y el agua; el desamor y el Soju (la bebida nacional coreana).

La película cuenta lo que viene después de amor en primera persona. Les supongo más o menos informados y, por tanto, al menos tan confusos como la protagonista. La cámara sigue a la actriz Kim Minhee en el papel de la actriz Younghee. Su relación con un hombre casado es asunto del pasado. Vaga primero con una amiga por Hamburgo, sus parques y las casas de los allí residentes. Y luego vuelve a su tierra para seguir entregada al mismo ejercicio de desconcierto. Habla, discute, come, besa, se confunde y, lo más brillante, bebe hasta emborracharse con una claridad de ideas pocas veces contemplada.

De nuevo, como ya es ley en el cine del director de Ahora sí, ante no (su penúltima y más evidente obra maestra), el juego de zooms sirve para colocar a la audiencia a la vez fuera y dentro del río de la propia vida: la de la película y la otra. Cada una de las escenas se diría tan perfectamente improvisadas que más parecen teorías matemáticas filmadas. De puro calculado y medido cada segundo. Todos los personajes coreografían una extraña danza estática donde más que moverse, dejan que el propio movimiento pase por ellos.

Y en medio, como figura totémica, una actriz que da vida a una actriz, una intérprete que interpreta su desconsolado extravío. La historia, no lo duden, es la del propio director y la de la propia actriz; una intérprete tan pérdida y extrañada de sí misma que se diría desaparecida incluso. De alguna manera, y por volver al principio, toda la cinta aspira a transformase en cristal, a transparentarse hasta el momento justo en el que, en efecto, nos reconocemos todos y cada uno de nosotros. Magistral.

Mercedes-Benz