España

Patatas fritas en Navidad

Patatas fritas en Navidad

Patatas fritas en Navidad

En una mesa navideña el equilibrio es tan frágil como una fontanela. Quien más y quien menos sabe de lo que hablo, porque en esta crónica negra que toca cada diciembre, muchas Nochebuenas derivan en trifulca.

Detrás de un cuñado cerril o de un solomillo que se hace bola, late un Fukushima. Las minas cainitas acechan por todas partes, como los ‘charlies’ en Vietnam. No digamos cuando en los entrantes sale a relucir la herencia de la abuela. Si tal desatino acontece, es imposible que esa velada llegue al turrón. Dada la necesidad perentoria de no alterar un ápice el pH de las reuniones familiares, yo prefiero callar y atizarle al reserva, qué carajo, que ese estrés no es para pasarlo con vino barato.

Esas noches, decía, ando yo con los nervios hilvanados por los pelos, y cualquier contratiempo me resulta trágico. Prefiero que se fundan los plomos en plenas campanadas (o que la tía Reme no lleve su Tena Lady sentadita toda ella sobre mi chester nuevo) a que los niños la líen parda por el besugo. O por el pavo. O por las cigalas. O por la lombarda. O por el consomé.

Cuentan que hay criaturas que comen de eso. Perdonen ustedes, pero me creo antes lo del demogorgon de ‘Stranger Things’. Mis hijos no degluten cosas con huesos. Ni cosas con espinas. Ni cosas muy blandas. Ni cosas muy verdes. Ni sopa con cosas. Y no es no. Son milindres pero muy asertivos, faltaba más, como ordenan los nuevos cánones del empoderamiento infantil.

Pero yo, que soy una ‘outsider’ y transito a veces por el lado oscuro, he utilizado herramientas de policía política, o sea, de las chungas. He probado la inanición, método clásico donde los haya, pero no funciona. He probado a tirar las bicis, ‘quicir’, a escenificar el paripé de bajarlas al trastero, y tampoco resulta. He probado a requisar la Wii y he visto el pánico en sus ojos, pero nada. Esta es la realidad en mi casa.

Luego en los menús del comedor del cole leo estupefacta que les ponen ventresca en salsa verde y ensalada diaria. Y se lo comen, por lo visto. Mis hijos. Ya. Claro-claro. Pues o yo estoy baja de litio o aquí hay gato encerrado. Exijo documento gráfico que lo atestigüe o no me lo trago. Un día, hasta vi judías verdes rehogadas de primero, qué extravagancia. Sostener que mis vástagos, los que parió servidora, han ingerido vainas de cualquier tipo es un ejemplo de posverdad, eso que tanto se lleva.

Pero entiendo que los monitores mientan. Como bellacos, incluso. No seré yo, conociendo a mi prole, quien los critique. Al contrario, los venero. Prefiero vender seguros puerta a puerta por las mañanas y ejecutar desatrancos por las tardes antes que currar de lo suyo. De igual modo que no me llegan las meninges para ser física cuántica y andar por ahí persiguiendo neutrinos (sepa Dios qué cosa son), tampoco me alcanzan los chacras para tan sufrida profesión. A ellos les digo, a corazón abierto: no sé cómo anda vuestro convenio, pero desde la ignorancia afirmo con la rotundidad de Azaña que, sea cuanto sea, cobráis poco.Poquísimo. Sé que yo, si la fatalidad me condujese a trabajar en un comedor, explotaría como el titadine al quincuagésimo ‘no-me-gusta’ y acabaría mis días en una celda de aislamiento, lejos de los presos comunes. Por loca. Por peligrosa.

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