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El submarino de Julio Verne hecho realidad

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El 3 de agosto de 1958, hace hoy 60 años, el USS Nautilus pasó por debajo del casquete polar. Navegando en inmersión, cruzó del Pacífico al Atlántico por la ruta más corta y hasta entonces impracticable: atravesando bajo el hielo el Polo Nortegeográfico, la ‘coronilla’ del mundo. Una hazaña inevitablemente asociada a otras similares en la tierra, el mar e incluso el espacio, que hablan de las capacidades humanas para superar obstáculos y desmentir límites.

El Nautilus, de numeral SSN 571, era un submarino de propulsión nuclear, la primera unidad naval de esas características, cuyo nuevo y revolucionario sistema permitía navegar sumergido a mayores velocidades y profundidades por tiempo casi indefinido. Desplazaba 4.000 toneladas y medía 98,65 metros de eslora, 8,45 de manga y 6,70 de calado. Lo servía una dotación de 13 oficiales y 92 suboficiales y marineros. Todos se beneficiaban de unas mejores condiciones de habitabilidad y trabajo, indispensables para resistir un ambiente particularmente claustrofóbico a causa de las prolongadas patrullas en las profundidades. Podía descender operativamente hasta unos 300 metros. Su velocidad en inmersión era de 23 nudos (unos 40 kilómetros por hora) y contaba a proa con seis tubos lanzatorpedos de 533 mm.

Amadrinado en su botadura por Mamie Eisenhower, la esposa del presidente, costó la considerable suma para la época de 40 millones de dólares, el doble que un destructor. Luego de numerosas evaluaciones técnicas y operativas en las que batió toda clase de récords de velocidad y cotas de inmersión, entró oficialmente en servicio el 30 de septiembre de 1954. Y emprendió su primer crucero el 17 de enero de 1955. Su oficial al mando, el comandante Eugene P. Wilkinson, pronunció, a las 11:00 h, una frase memorable para los anales de la navegación, la ciencia y la aventura: “Underway on nuclear power”. En camino con potencia nuclear. Quedaba abierto el futuro.

Bautizado en homenaje a la nave protagonista de la novela de Julio Verne ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’, el Nautilus era, ante todo, un barco de guerra y no de investigación oceanográfica. Sus potencialidades iban dirigidas en esa pragmática dirección. Por añadidura, la fisión nuclear permitía ampliar las posibilidades militares de estudio y, por consiguiente, de dominio del Ártico. Un área estratégica, especialmente cerca de la URSS y sus amenazas en la ferocidad incruenta de la Guerra Fría. Un conflicto hibernado, pero siempre al borde de cambiar de temperatura y alcanzar su punto de ebullición.

El Nautilus, ya bajo el mando del comandante William R. Anderson, zarpó de Pearl Harbor el 23 de julio de 1958. Emprendía el tercer intento de pasar bajo la banquisa boreal. Los otros dos habían fracasado al fallar los compases giroscópicos tradicionales en las condiciones magnéticas imperantes en la zona. El submarino, en esos casos, no sabía exactamente dónde se encontraba. Y, además, se había visto varias veces peligrosamente encajonado entre el hielo y el lecho marino. En una ocasión, sólo dispuso de dos metros de agua por encima de la vela (la superestructura que sobresale del casco) y seis bajo la quilla. En palabras de un tripulante, “éramos como un sándwich”.

Ahora, en ese tercer intento, llevaba instalados nuevos y modernos compases giroscópicos y un sistema de navegación inercial que no eran influidos por el magnetismo terrestre. Los hombres creían que se dirigían a efectuar maniobras con otras unidades de la Flota del Pacífico. El comandante les informó en alta mar del auténtico objetivo de la misión.

La embarcación se sumergió silenciosa y mansamente el 1 de agosto en aguas ya muy septentrionales. El día 3, el comandante Anderson se dirigió a la expectante dotación con una solemnidad desacostumbrada: “Dentro de pocos instantes, el Nautilus alcanzará una meta largamente ambicionada por la Historia. En este momento estamos a cuatro décimas de milla del Polo Norte. Mientras nos vamos acercando, guardaremos unos minutos de silencio dando gracias a Dios por habernos permitido realizar con éxito tan extraordinario viaje. Roguemos por la paz en el mundo y recordemos a aquellos que nos han precedido en el triunfo o en el fracaso.”

Luego, con la mirada puesta en el reloj de la corredera, el mecanismo que mide la velocidad de un buque y la distancia recorrida por éste, fue desgranando hacia atrás los segundos: “10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, 0. Hemos cruzado el Polo Norte”. Estalló el júbilo a bordo. Y allí donde se encontrasen, sonrieron Verne y el capitán Nemo.

El Nautilus, tras 96 horas y 1.590 millas (2.940 km) bajo las aguas, emergió al noreste de Groenlandia. Dado de baja en 1979, es hoy un museo flotante instalado en Groton (Connecticut), donde fue construido por la General Dynamics Electric Boat Division. Un cuarto de millón de personas lo visita cada año.

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