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Adiós al oasis europeo del covid: una segunda ola ‘de vértigo’ se abate sobre Alemania

Alemania se le está escapando la excepcionalidad entre los dedos. Ese oasis frente a la pandemia que parecía la primera economía del continente entre finales de verano y principios de otoño se está esfumando a pasos agigantados. Aún lejos de cifras como las de Bélgica, República Checa, Francia o España, Alemania lleva días marcando máximos consecutivos de nuevos contagiados y ha reconocido que es incapaz de rastrear el origen del 75% de los casos que detecta.

La situación es “dramática”, ha afirmado la canciller, Angela Merkel, que ha advertido que si la tendencia se mantiene, el sistema sanitario podría alcanzar el límite de sus capacidades “en semanas”. Este lunes entra en vigor un nuevo paquete de restricciones a la vida social y la actividad económica que busca, en solo un mes, atajar la propagación de la pandemia con el mínimo daño al tejido productivo. Pero su puesta en marcha ha generado dudas y críticas.

Hace apenas unas semanas se viralizó en las redes sociales un mapa de Europa. Era uno de los gráficos que semanalmente elabora el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) para reflejar el estado de la pandemia. En él aparecía la inmensa mayoría del territorio continental de un rojo intenso por la Incidencia Acumulada a 14 días, la tasa de testeo y la tasa de positivos. Y en el centro, destacando como casi el único territorio en amarillo, Alemania. El país parecía ajeno a la segunda ola que se estaba cocinando entre sus vecinos con el regreso a las rutinas y la llegada del frío. El 1 de octubre Alemania apenas identificó 2.503 positivos por covid-19 para una población de 83,2 millones de personas. Ese día, Francia contaba 13.970 casos y España, 9.419.

Pero la situación ha cambiado drásticamente en el último mes. Este pasado sábado Alemania registró su máximo desde el inicio de la pandemia, con 19.059 nuevos casos en las últimas 24 horas, cifra a la que llegó tras ocho récords consecutivos en dos semanas, desde que el 15 de octubre superó el mayor número de contagios diarios de la primera ola (los 6.294 del 24 de marzo). La escalada da vértigo: 6.638 (15 de octubre), 7.334 (16), 7.830 (17), 11.287 (22), 14.714 (24), 14.964 (28), 16.774 (29), 18.681 (30) y 19.059 (31). La cifra de nuevos contagios diarios se ha multiplicado por siete en apenas cuatro semanas.

Pero no solo eso. El número de personas hospitalizadas y el de enfermos de covid en unidades de cuidados intensivos (UCI) se ha doblado en los últimos diez días. Además, el pasado viernes la Incidencia Acumulada en los últimos siete días superó por primera vez los 100 infectados por cada 100.000 habitantes. El valor promedio para todo el país se situó en los 104,9, según el Instituto Robert Koch, el centro epidemiológico de referencia. Cuatro semanas antes apenas estaba en los 15,3. Este lunes, está a 205,9, según cifras del ECDC.

La realidad supera las expectativas

Merkel había advertido de que esta escalada podía suceder ya en septiembre. En una rueda de prensa el 30 de ese mes, la canciller explicó que había comprobado que desde julio cada mes se duplicaban los casos. Y que por eso se podía llegar a finales de año con 19.200 casos diarios, una cifra añadió que pondría en aprietos al sistema sanitario. Ella pidió entonces prudencia y cumplir con las reglas de higiene y distanciamiento. Pero su advertencia no cuajó entre los alemanes, que veían muy lejanas esas cifras de alarma. Sin embargo la realidad ha superado sus cálculos. Alemania ha alcanzado esa cota y dos meses antes del cierre de 2020.

La situación en el entorno europeo tampoco invita al optimismo. Bélgica y Francia acaban de anunciar sus segundos confinamientos. España, de nuevo en estado de alarma, ha instaurado toques de queda y muchas comunidades han decretado cierres perimetrales. Italia, Polonia, República Checa (en estado de excepción), Austria, Portugal, Reino Unido y Países Bajos han impuesto de nuevo severas restricciones. Europa experimentó la semana pasada un repunte de nuevos casos del 33% con respecto a la previa, con un total de 1,3 millones de infecciones.

Por eso, la canciller y los líderes de los 16 Länder han acordado una nueva batería de restricciones a la vida social y la actividad económica para contener la propagación que entra en vigor este lunes. Bares, cafeterías y restaurantes, teatros y cines, spas, prostíbulos, piscinas, estadios y gimnasios deberán cerrar sus puertas durante todo noviembre. El comercio, minorista y mayorista, sin embargo, podrá abrir (como también los colegios y guarderías). Los viajes turísticos se han prohibido. El plan, denominado “rompeolas”, pretender reducir de forma sensible los contactos interpersonales centrándose en los ámbitos del ocio y el entretenimiento, de la gastronomía al turismo pasando por la cultura, y salvar al comercio para minimizar los efectos sobre el tejido productivo (el Ministerio de Finanzas ha diseñado además un nuevo plan de ayudas de hasta 10.000 euros para compensar estos cierres). Las medidas dejan abierta la puerta a la esperanza de cara a las navidades, con el señuelo implícito de que tras un mes de parón, las celebraciones puedan tener cierto aire de normalidad una vez que se aplane la curva.

Dudas y críticas

El nuevo plan, pese a la convicción con que se ha vendido desde la política y el consenso interadministrativo que lo respalda, ha tenido una tibia acogida. Por varias razones. En primer lugar, porque la población llega cansada a las nuevas medidas, tras ocho meses de pandemia y un confinamiento a sus espaldas. Aunque las encuestas apuntan a que una mayoría de los alemanes consideran adecuadas las restricciones, el grado de incertidumbre actual es mayor que durante el primer parón de la vida social y la actividad económica. Entre otras cuestiones, por el varapalo que han supuesto estas nuevas restricciones, tras un verano con la pandemia aparentemente domeñada y una primera ola leve en comparación con lo sucedido en otros países de Europa.

Luego están las críticas desde el sector privado. El presidente de la poderosa Federación de la Industria Alemana (BDI), consideró que el nuevo paquete de medidas contra el coronavirus, pese a ser “comprensible”, era “muy doloroso”. El gerente de la asociación Empresas Familiares, Albrecht von der Hagen, advirtió de que, pese a las ayudas, este segundo parón puede provocar una cadena de quiebras. Los sectores directamente afectados por los cierres han cargado contra el Gobierno alemán y los Ejecutivos de los Länder, argumentando que les hacen cargar a ellos exclusivamente con el coste de parar la pandemia, cuando el grueso de los contagios trazados se debe a reuniones privadas, de bodas a fiestas.

En tercer lugar están las dudas sobre la decisión de mantener las restricciones solamente un mes. Un punto sobre el que han incidido algunos virólogos y epidemiólogos, pero también economistas, con múltiples preguntas aún sin una respuesta clara: ¿Las medidas se retirarán seguro en un mes independientemente de su éxito? ¿O depende de lo que se logren reducir los contagios, las muertes y los ingresos hospitalarios? ¿A qué tasas se debe llegar? ¿No se estará iniciando una cadena de confinamientos parciales periódicos con sus subsiguientes rebotes epidémicos que no solventan la crisis sanitaria ni la económica? ¿No lastraría eso la confianza y dispararía la incertidumbre? ¿De cuántos fondos dispone el Gobierno alemán para seguir inyectando miles de millones en empresas en estado de coma por la inactividad?

Por último están las críticas políticas. Más allá de las del Partido Liberal (FDP), que asimilan las de la patronal, están las del ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que lleva desde el inicio de la pandemia tratando de pescar votos en el caladero de quienes niegan la pandemia, buscando atraerse a los descontentos como lo hicieron tirando de xenofobia en la crisis de los refugiados en 2015. La mejor metáfora de su agresividad contra las restricciones fueron los abucheos de su bancada en la declaración de gobierno de Merkel del pasado jueves. La canciller, que acudió al Bundestag a explicar las restricciones, tuvo que alzar la voz en varias ocasiones para hacerse oír e incluso parar en dos ocasiones por los gritos de los diputados de extrema derecha, algo insólito en el parlamento alemán. Su líder, Alexander Gauland, en la réplica a la comparecencia de Merkel, habló de “dictadura del coronavirus”.

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