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Alfonso Ussía: «El español»

Estos desalmados golpistas que nos gobiernan han decidido que el español ya no es el idioma oficial de España.

El idioma vehicular, dicen los cursis. Se trata, en verdad, de un modesto compendio de palabras que hablan y comprenden 600 millones de habitantes de este conflictivo planeta.

Como el catalán, inspirado en el viejo valenciano del Reino de Valencia, que se ha extendido desde la Franja aragonesa hasta la ciudad francesa de Perpiñán, si bien en Perpiñán lo que se habla es francés, que allí no son tan paletos. Y también ha salido beneficiado el “Batúa”, el novísimo idioma de los vascos, creado en los años setenta con una riada de voces españolas para unificar, al fin, los siete dialectos eusquéricos y sus centenares de subdialectos, todos dependientes de valles y accidentes de terreno.

El vascuence, idioma de la mar, el campo, la cosecha y el ganado, es un bellísimo acercamiento al lenguaje de los sioux, pero no ha logrado hasta el siglo XX reunirse en un esquema compacto, a pesar de los esfuerzos del sabio jesuíta, el padre Larramendi, maestro del lingüista de Durango y también sacerdote Pablo Pedro de Astarloa, a su vez discípulo del Coronel Perochegui, Teniente Provincial de Artillería y Comandante artillero del Reino de Navarra. El vascuence, ágrafo hasta el siglo XVI, se dividía en siete dialectos.

El vizcaino, el guipuzcoano, el alavés, el roncalés, el benavarro, el suletino y el laburtano. Y de esos dialectos, nacieron centenares de modismos diferentes, de tal modo que la fluidez del lenguaje dependía de las montañas. Un “cashero” de Igueldo y un pastor de Hernani, separados por cuatro kilómetros en línea recta, no compartían el mismo idioma porque las montañas que rodean San Sebastián impedían el flujo del entendimiento.

Y un pescador vizcaino de Bermeo o guipuzcoano de Guetaria, se entendían a la perfección con los marineros vasco-franceses de San Juan de Luz, por ser la mar el rumbo abierto de la comprensión.

No obstante, todo lo que he escrito ya ha sido borrado y se han inventado una fábula. La señora Celáa, que es de Guecho, sabe perfectamente que hasta el decenio de los ochenta, hablar en “batúa” en Las Arenas o Neguri era de paletos y aldeanos. En Guecho siempre se ha hablado en español e inglés , porque la influencia británica fue grande.

Tan grande, que una mujer nacionalista de una familia muy conocida, al ser preguntada por la ubicación de su preciosa casa respondió: “Muy fácil. Llegando de Southampton, la segunda calle a la izquierda”. Pichonera.

No se entiende esa absurda y perdida batalla contra el español o castellano, si bien Cela –no Celáa-, escribió que el castellano no es otra cosa que el bellísimo español que se habla en Castilla.

Le guste no al chulo de La Moncloa, al machista violento de La Navata o a la Celáa de Guecho, el español es el idioma culto que llegó por los océanos Atlántico y Pacífico – el Lago Español-, a América y Filipinas.

Idioma de los grandes poetas místicos, de los Siglos de Oro de nuestra Poesía, del Romanticismo, el Noventa y Ocho, el Veintisiete, y el de los grandes poetas y narradores de la América nuestra. América nuestra como España es de ellos.

Seiscientos millones de seres humanos hablan el español en el mundo, y sólo se combate al español en España a cambio de los votos de aldeanos indeseables y trileros de la Historia.

El español no es la lengua oficial de España, lo cual resulta sorprendente, cuando lo es en Mexico, Argentina, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Uruguay, Paraguay, Chile, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela , Ecuador… Cuando es el segundo idioma y el primero en muchos Estados de los Estados Unidos. Idioma oficial en Guinea. En la mitad del pacífico, a miles de millas entre Asia y América, en la chilena isla de Pascua, sólo se habla el español y el pascuense. Y aquí, unos imbéciles resentidos intentan por medio de una ley terminar con el español.

Y saben que es imposible. Un idioma no se extiende por dinero, ni leyes, ni decretos, ni emociones, ni resentimientos. El español seguirá creciendo mientras la historia reducirá a cenizas a estos enanos subculturales que hoy gobiernan en España.

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