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Alfonso Ussía: «Marisco»

Conocí el Coto Doñana cuando era de los Borghetto, los González y los Noguera.

Tres familias que se dejaron las pestañas para mantener ese paraíso del sur de España y de Europa. Como eran familias a la antigua, no abusaban de su privilegio. Se cazaba y lanceaba el jabalí como en tiempos de Alfonso XIII.

Se equilibraban con descastes las especies. Se tiraba en el cerro de los ánsares la llegada de los visitantes más numerosos del norte de Europa, huyendo de los fríos. No había lujos, y los invitados de los González, los Borghetto y los Nogueras eran maravillosamente tratados, sin derroche, por los propietarios. No por el Estado.

No por la fabulación mental de los nuevos ricos con el dinero de todos, como ahora sucede. Atravesar el Guadalquivir para comer langostinos de Sanlúcar se consideraba una horterada. Una cosa de turistas.

Y si alguna vez lo hacían, la gente de siempre no deslucía su gesto ante la visión de los mariscos, y optaban por los salmonetes, las acedías o las lubinas. Estos son de exclusivo marisco, como los dirigentes sindicales de la UGT y CCOO que se pulieron en mariscos y putitas lo que correspondía por los ERE a los parados de la Baja Andalucía. Lo escribió el Duque de Bedford.

«El que suspira ante una langosta no puede sentarse en la mesa de un noble inglés. Un noble inglés jamás ofrece langosta a los invitados”.

Los mariscos denuncian al hortera. Una buena cigala hay que degustarla con la misma expresión que una tortilla francesa con chorizo, gloria de la gastronomía popular. Nadie que come una tortilla francesa comenta “qué buena está la tortilla”. Se da por hecho.

El que se mete una ración de langostinos, o de cigalas o de gambas, y cada bocado lo ilustra con frases de gozo, por mucho dinero, privado o público del que disponga, es un pordiosero anímico.

Los amigos de los Sánchez que viajan con dinero público a Doñana, que pasean por las dunas, la retuerta, las pajareras o los lucios de la marisma del Coto siempre vigilados y custodiados, no por los guardas de Doñana, sino por sufridos guardias civiles, son de los que comentan lo fresco y bueno que están los mariscos.

– Pedro, no he comido mejores langostinos en toda mi vida-.

Y Pedro se remueve de placer, porque él, hasta la presidencia gorrona que ejerce, tampoco los había comido.

Se puso de largo en San Sebastián la hija única de un millonario reciente enriquecido con el acero inoxidable. Contrató a un experto en Sociedad e invitó a mil personas, entre donostiarras, veraneantes y el Alcalde de Biarritz, que se apuntaba a todos los saraos.

Un malvado invitado, Duque él, comentó que en lugar de puesta de largo aquello era una puesta de ancho, dado el volumen perimetral de la protagonista del evento.

El momento culminante llegó cuando, cumplido el trámite del primer vals danzado entre risas contenidas porque los brazos del padre y la hija apenas se alcanzaban por los obstáculos de sus barrigas, la madre, micrófono en mano anunció que se podía cenar.

“No se me aglomeren, que se sirve langosta en cinco comedores diferentes”.

Al oír semejante advertencia, muchos invitados abandonaron la casa avergonzados, y abarrotaron el cercano restaurante Chomin para cenar su incomparable menestra de verduras y un chuletón de tronío.

Quedaron disponibles 200 langostas, que fueron devoradas por el personal contratado para el evento, y el Alcalde de Biarritz, que se llevó seis ejemplares a la elegante ciudad francesa con el fin de invitar al día siguiente a un grupo de españoles.

Sánchez, Begoña, los suegros de Sánchez, las hijas y los amigos de las hijas, y los amigos de Sánchez que viajan hasta Las Marismillas con cargo a nuestras famélicas cuentas corrientes, son – y nada hay de clasista en este comentario-, horteras del marisco.

Hay horteras de bolera, horteras de mueble bar, horteras de Rólex de oro con brillantes, horteras de camisas a medida con las iniciales en los puños, y horteras de mariscos.

Y el grupete de Sánchez pertenece a este último apartado.

Escrito lo cual, me parece bien. Siempre que no tenga que pagarle los mariscos el creciente número de españoles que hacen cola en los comedores de la Caridad .

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