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Así compra China el favor del mundo en vías de desarrollo para ganar la nueva Guerra Fría

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La creciente tensión con EEUU desata una carrera para forzar la alineación de los países que dudan en tomar partido. El modelo chino avanza y muchos lo ven como alternativa para el desarrollo

Mentar la Guerra Fría está de moda. Y no por capricho. En una entrevista con The Economist, el propio secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, reconoció que el mundo camina rápidamente hacia una bipolaridad similar a la que marcó el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La principal diferencia es que, ahora, el bloque comunista está liderado por China, uno de los pilares de la globalización, y que sus aliados no se limitan a los de la esfera geográfica e ideológica más cercana y mantienen complejas relaciones de interdependencia con países del bloque rival.

“Las tres principales potencias [Estados Unidos, China y Rusia] tienen una relación muy disfuncional, y eso dificulta que el Consejo de Seguridad tome decisiones adecuadas para afrontar las crisis a las que nos enfrentamos”, comentó Guterres. “En la Guerra Fría, las dos superpotencias se enfrentaban en un conflicto que, a pesar de todo, era predecible. Pero, ahora, la situación es mucho más complicada y resulta más difícil lograr que los países respeten las reglas”, añadió el exprimer ministro de Portugal, quin incidió en la necesidad de reformar la ONU para evitar que viva en un eterno bloqueo.

En Pekín tienen claro que el culpable de todo es Donald Trump. “Algunas fuerzas extremistas en Estados Unidos han creado conflictos ideológicos y están forzando a los países a tomar partido en un nuevo Macartismo. Su objetivo es provocar tensión e inestabilidad”, afirmó el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, en una conversación con su homólogo vietnamita, Pham Binh Minh. “Estados Unidos ha perdido la cabeza, la moral, y la credibilidad”, había dicho anteriormente Wang en otra conversación telefónica con el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov.

En Washington, la misma historia se cuenta de forma muy diferente. No en vano, allí su secretario de Estado, Mike Pompeo, pronunció el pasado día 23 uno de los discursos más críticos con China, a la que considera la mayor amenaza para la democracia. “Si hincamos ahora la rodilla, los hijos de nuestros hijos estarán a merced del Partido Comunista de China”, afirmó después de hacer un llamamiento a la unidad del “mundo libre” para hacer frente al gigante asiático, con el que cada vez tiene más conflictos: desde el rifirrafe diplomático provocado por el reciente cierre recíproco de consulados en Houston y Chengdu, hasta las batallas comercial y tecnológica, pasando por tensiones bélicas en las aguas del Mar del Sur de China. Incluso Ecuador se ha convertido en campo de batalla de las dos superpotencias por la presencia de cientos de barcos pesqueros chinos en el límite de su Zona Económica Exclusiva, que el gobierno norteamericano se ha ofrecido a proteger.

Apoyos en el ‘eje del mal’

Es evidente que las dos principales economías mundiales están tratando de sumar aliados entre quienes todavía no han tomado partido o dudan a la hora de hacerlo para ganar fuerza. Washington ya ha demostrado su poder de convicción con algunas victorias, como el veto al equipamiento 5G de Huawei en el Reino Unido y en otros países de su esfera de influencia, pero la actitud de Trump y la creciente influencia de Pekín impiden que la Unión Europea se decante claramente por su gran aliado tradicional. Mientras tanto, China continúa sumando apoyos entre el antiguo ‘eje del mal’.

El mejor ejemplo es el acuerdo económico y de seguridad alcanzado con Irán. Según el borrador de 18 páginas acordado por ambos países, China invertirá nada menos que 400.000 millones de dólares en el país persa -280.0000 millones en el sector energético- en el próximo cuarto de siglo, período en el que Teherán venderá a Pekín petróleo a un precio de ganga. Y ambos países colaborarán en asuntos de Defensa, lo cual ofrece a China un punto de anclaje en una región clave y a Irán un escudo disuasorio frente a Estados Unidos.

Una vez más, los líderes comunistas aseguran que se trata de un trato ‘win-win’, término utilizado a menudo en la retórica empresarial para referirse a un beneficio mutuo: Irán encuentra una válvula de escape para librar presión en una economía lastrada por las sanciones americanas, y China se asegura suministro energético y un importante aliado político a lo largo de la Nueva Ruta de la Seda, el megalómano plan del presidente Xi Jinping para vertebrar el mundo de forma alternativa a la planteada por los tradicionales poderes coloniales de Occidente.

De forma paralela, China también está impulsando su siempre compleja relación de amor y odio con Rusia. Y lo hace con otro plan estratégico, el de la Ruta de la Seda Polar: es otra vértebra global que descansa sobre un oleoducto de 3.000 kilómetros y 400.000 millones de dólares de inversión para asegurar suministros y apuntalar la presencia china en el Ártico, una región a la que geográficamente no tiene acceso pero que gana importancia en las rutas marítimas debido a que el cambio climático facilita la navegación.

“China ha cerrado acuerdos con empresas energéticas rusas, ha abierto una gran Embajada en Islandia, ha financiado la construcción de una línea ferroviaria hasta Finlandia, ha mejorado las relaciones con Noruega, y está invirtiendo en Groenlandia para que sea más independiente de Dinamarca”, explica Matteo Giovannini, financiero del banco ICBC, en un artículo publicado por el diario oficial China Daily.

La decisión de Sophie

Pero si bien puede resultar sencillo para China cerrar acuerdos con archienemigos de Estados Unidos como Irán, Rusia o Venezuela -a la que proporciona armamento-, más difícil es convencer a estados sin una afiliación clara. Y más aún lo es cuando Washington ha logrado forjar buenas relaciones con ellos. Filipinas es uno de los que mejor reflejan la batalla de las dos superpotencias por lograr la hegemonía mundial: tradicionalmente ha sido un aliado de Estados Unidos, con el que tiene un acuerdo de defensa mutua, pero, tras la llegada a la presidencia de Rodrigo Duterte -el Trump filipino-, el país ha comenzado a hacerle arrumacos a China.

Hasta el punto de que, aunque en 2016 la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya falló a favor de Manila en el contencioso que la enfrenta con Pekín en las aguas del Mar del Sur de China, Duterte no ha hecho valer ese veredicto. A cambio, Filipinas ha cerrado acuerdos de exportación para sus frutas tropicales y ha visto incrementar considerablemente el flujo de turistas chinos. “China no critica y es la única que nos puede ayudar”, aseguró Duterte en una entrevista con Xinhua. “Estados Unidos ha perdido. Me he realineado con la ideología china”, sentenció durante una visita de Estado a Pekín en 2018.

“Estados Unidos ha perdido. Me he realineado con la ideología china”, sentenció Duterte durante una visita de Estado a Pekín en 2018

Ahora, el controvertido presidente filipino, denostado en el mundo occidental por su cruenta guerra contra las drogas, espera que la amistad que ha forjado con China dé réditos en otro ámbito: “He suplicado a Xi Jinping: ¿Podemos ser de los primeros en recibir la vacuna [del coronavirus]? ¿Podemos comprarla?”, informó el pasado día 27 durante el discurso del Estado de la Nación, en el que también recordó la disputa territorial marítima. “China lo reclama para sí, y nosotros también. Ellos tienen armas, nosotros no. Es así de simple. Ellos tienen la propiedad. ¿Qué podemos hacer? Debemos declarar la guerra, pero no me lo puedo permitir. No hay esperanza, y lo tengo que admitir”, añadió. Así que, si no puedes vencer a tu enemigo, alíate con él.

Repliegue de EEUU

Algo parecido sucede con otros países del sudeste asiático que tienen conflictos territoriales abiertos con China. Vietnam, por ejemplo, cuenta con una afinidad ideológica que se resquebraja por culpa de rencillas históricas que ambos países están tratando de limar. En los mares orientales se libra una guerra de influencia y, tras el repliegue que ha protagonizado Trump en su política exterior, Pekín gana terreno. “En Europa también trata de dividir a sus estados miembros para debilitar la unión y evitar así que el bloque gane poder de negociación”, explica un miembro de la Cámara de Comercio Europea que prefiere mantenerse en el anonimato. “No tiene más que ganarse el favor de algunos de los estados más necesitados para que el consenso sea imposible y la UE tenga que bajar el tono de sus críticas o de sus amenazas”, concluye.

“No tiene más que ganarse el favor de algunos de los estados más necesitados para que la UE tenga que bajar el tono de sus críticas o de sus amenazas”

China ha tenido también un éxito considerable en su política de talonario. Lo ha demostrado con la estrategia, sobre todo en América Latina y en el Pacífico, para arrebatar socios a Taiwán, una isla cuya independencia cada vez reconocen menos estados. La fórmula es tan sencilla como eficaz: si te pliegas al ‘principio de una sola China’ y dejas de reconocer a Taipéi, haremos negocios y tu economía crecerá. Así ha ido logrando que países como Panamá, las Islas Solomon o Kiribati hayan decidido cortar sus relaciones diplomáticas con Taiwán para establecerlas con China, que, según la presidenta Tsai Ing-wen, “utiliza presiones políticas y financieras para reducir el espacio político de Taiwán en la esfera internacional”. Solo 14 países reconocen la independencia de la antigua Formosa, ninguno tiene relevancia global, y los analistas coinciden en que cada vez serán menos.

Las inversiones de Pekín y las infraestructuras que construye, aunque en ocasiones son polémicas, también han servido para escorar la balanza hacia sus intereses en África, el continente en el que más ha aumentado su presencia. Solo entre 2015 y 2018, Pekín invirtió 299.000 millones de dólares en la región subsahariana, y, en las dos últimas décadas, ha ofrecido préstamos a los gobiernos del continente por valor de más de 130.000 millones. China construye infraestructuras vitales para el desarrollo, pero también compra favores políticos. No es casualidad que la primera base militar fuera de sus fronteras esté en Yibuti.

Ante la creciente tensión con Estados Unidos en todos los frentes, todo apunta a que el Partido Comunista continuará estrechando relaciones con el mundo en vías de desarrollo, que ve con esperanza su modelo de desarrollo. “En Occidente a menudo se critica que China no anteponga asuntos como los derechos humanos a los negocios. Pero no deja de ser una actitud hipócrita si se tiene en cuenta que Estados Unidos cuenta entre sus aliados con países como Arabia Saudí. China mantiene su principio de no injerencia en asuntos internos de otros países, no se ha visto involucrada en ninguna guerra desde 1979 [en Vietnam], y no tiene voluntad colonial”, explica en Shanghái un profesor de Finanzas de la Universidad de Fudan que pide no revelar su identidad. “Es lógico que vele por sus intereses. Y, si en ese proceso logra que otros países desarrollen su economía, demostrará que otro modelo de gobernanza global es factible”, apostilla.

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