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Carmen Sevilla, los 90 años de nuestra Marilyn del recato

Ángel Antonio Herrera

La más bella de las folclóricas, artista del disparate, pervive entre el silencio y el olvido

Guarda Carmen Sevilla un deneí donde se escribe María del Carmen García Galisteo y en el que, en cinco días, figurará que alcanzó los 90 años de edad (nació el 16 de octubre de 1930). Pero de todo esto ella ya no se acuerda. Como ella ha perdido la memoria, ya no recuerda lo que nosotros sí recordamos. Resultó un monumento de belleza, un mérito de ahínco profesional. Carmen ha sido la hermosura a la que le has puesto el visonazo de cóctel, que viene a ser el otro mercedes de las que han triunfado, el mercedes que te dejas aún puesto para ir paseando la fiesta, cuando ya has dejado en la calle el mercedes propiamente dicho, y con chófer.

Casó dos veces, la primera con Augusto Algueró y la segunda,con Vicente Patuel. Del primero se divorció. Del segundo, enviudó. Tiene con Algueró un hijo, Augusto, que ha sido su alma, y aún lo es.

A Carmen la resucitó para la tele Valerio Lazarov, y ha sido la musa del error, porque cada vez que se equivocaba le brotaba un hallazgo. Ha sido la pesadilla de cualquier guionista, el candor con formas de pastora. Aquellos errores suyos, luego prorrogados en «Cine de barrio», resultaron, de pronto, lo más disparatado, espontáneo y creativo del panorama de la tele, y de fuera de la tele, cuando estábamos cercados de analfabetas de trimestre, momias de los mares de primetime, y trinconas en general de la fama efímera.

No quiere uno hacer el retrato de una popular tocada por un mal irrebatible, sino levantar el homenaje a una vida, la suya, y también de otras parecidas como ella, una vida bajo el foco de folclórica, que es una estirpe ya en vías de extinción, o casi. Hablo de Sara Montiel, de Rocío Jurado. Hablo de Concha Márquez Piquer, o de Marifé de Triana. Hasta acabar o empezar en Lola Flores, que enseguida lo ponía todo perdido de lunares.

Folclóricas, lo que se dice folclóricas, ya van quedando pocas, o ninguna. La palabra folclórica se usa a veces bajo aires peyorativos, incluso insultivos. Pero están en la folclórica los volantes de la rebeldía, la poesía de las ganas de lo prohibido. Han sido mujeres de valentía, y han llevado una vida con copla de desacato, en el escenario, y más allá del escenario, remontando una España negra y adversa, que es la que les tocó, en principio. Hay cierto feminismo, poco buceado, en nuestras folclóricas de siempre. Han logrado vivir de artistas, una profesión de mala o pésima fama, sobre todo cuando eran jóvenes. Ganaron sus cachés, se casaron y descasaron. La que se hacía artista es que iba para distraída, o lo parecía. Pero, en rigor, estas mujeres bravas solo querían el aire de la libertad, durante la vida dura, y difícil, y de mucho escaparate.

A veces, en las fiestas, Carmen pedía un programita. Le dieron la Medalla de Oro al trabajo, llamaba «muchacho» a algún ministro, y mantenía el tipo de viuda que baila sevillanas, si se terciaba. Hoy está pero no está. Ha sido una Marilyn con recato, una Marilyn de lo nuestro.

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