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¿China, EEUU, Rusia? Quién gana y quién pierde en la nueva geopolítica energética

El poder va a pasar de estar en manos de gigantes del petróleo tradicionales como Rusia y Arabia Saudí a las de innovadores como China (y tal vez EEUU)

Hace dos años, el consejero delegado de una compañía petrolífera de Oriente Medio paró en Washington DC en su vuelta a casa de una visita a Silicon Valley. Lo que quería debatir conmigo mientras tomábamos una taza de café no era el precio futuro del petróleo ni la actividad de Irán en Oriente Medio, sino lo que le había dejado boquiabierto en California. “No me podía creer el número de Teslas”, declara. “Estaban por todas partes”.

Lo que vio en todos esos coches eléctricos fue una amenazadora transición que en las próximas décadas provocará una transición mundial que dejará atrás el petróleo, el gas natural y el carbón. La transición tendrá un enorme impacto económico en todo el planeta, pero también traerá cambios importantes en el mapa global del poder. China está preparada para ser la gran vencedora, y los exportadores de petróleo de Rusia y Oriente Medio los grandes perdedores. EEUU probablemente se quedará en el medio.

Enormes esfuerzos están ya en marcha para lograr ese cambio, pero seguramente lleve más tiempo, sea más caro y requiera más innovaciones técnicas de lo que muchos ahora anticipan. Para EEUU también está el problema de qué pasará con los más de 10 millones de puestos de trabajo que ofrece ahora la industria del petróleo y el gas estadounidense.

En 2015, 195 países se comprometieron en el Acuerdo de París a evitar que la temperatura global crezca dos grados centígrados por encima del nivel preindustrial y a hacer todo lo posible por limitar el aumento a cerca de 1,5 grados. Desde entonces, las palabras ‘transición energética’ no son ya más que una abreviatura para referirse a la discusión sobre el futuro de la energía.

El objetivo para llegar ahí es “cero emisiones de CO2” en 2050 o poco después —objetivo ya asumido por la Unión Europea, Gran Bretaña y Japón, entre otros—. El candidato demócrata Joe Biden también se ha comprometido a colocar a EEUU en un “camino irreversible hacia… emisiones netas cero”. En julio, presentó su idea de ‘un Futuro Equitativo de Energía Limpia’, un plan climático de dos billones de dólares, respaldado por un ‘mecanismo de aplicación’ que pretende eliminar las emisiones de CO2 procedentes de la electricidad para 2035 y, en la economía general, sustituir el petróleo, el gas natural y el carbón (que en 2019 produjeron el 80% de la energía de EEUU) por energía solar y eólica (que proporcionaron el 3,7%) y otras tecnologías para llegar a las “cero emisiones de CO2 a más tardar en 2050”.

El número de adeptos está creciendo. Las empresas, incluidas algunas compañías petroleras, de gas y eléctricas, están prometiendo conseguir ‘cero emisiones netas de CO2’, grandes fondos de pensiones están añadiendo los ‘objetivos de París’ al criterio por el que evalúan las inversiones, los bancos están recortando sus préstamos a proyectos de energías tradicionales y los fabricantes de coches están planeando volverse totalmente eléctricos en la próxima década.

Sin embargo, la historia muestra que las transiciones energéticas no se producen de la noche a la mañana. El momento clave de la primera gran transición —de la madera a carbón— se produjo en enero de 1709, cuando un metalurgista inglés llamado Abraham Darby descubrió la forma de utilizar el carbón para, según explicó, “poder conseguir una manera más eficaz de producir hierro”. Pero llevó dos siglos que el carbón se impusiera a la madera y a los residuos como el combustible número uno del mundo. El petróleo se descubrió al oeste de Pensilvania en 1859, pero no fue hasta un siglo después, en los años sesenta, cuando sustituyó al carbón como el principal recurso energético.

Naturalmente, no había nada en esos siglos que se pueda comparar con el actual poder que tienen las políticas gubernamentales, el dinero, el activismo y las maravillas tecnológicas que hoy impulsan la transición energética. Pero esos motores de cambio tienen que lidiar con la magnitud y la complejidad de un sistema energético que sostiene lo que era, antes de la pandemia, una economía mundial de 87 billones de dólares. El mundo depende actualmente de combustibles fósiles para el 84% de su energía. Y, en los años venideros, los presupuestos de los gobiernos que promueven la transición se verán limitados por la inmensa carga de deuda acumulada en la lucha contra el covid-19.

Aun así, sea cual sea el marco temporal, el cambio climático y las presiones políticas empujarán al mundo hacia fuentes energéticas con bajas emisiones de CO2, y ya se puede decir que es probable que este cambio afecte a la balanza de poder global.

China se posiciona para ser el país que más puede ganar con la futura transición energética, a pesar de tener una sólida industria petrolera

China se posiciona para ser el país vencedor de la futura transición energética. A pesar de que tiene una sólida industria petrolera y es, de hecho, el quinto productor de petróleo del mundo, su producción no alcanza ni de lejos lo que necesita para alimentar a la segunda economía más grande del planeta. China importa alrededor del 75% de su petróleo y se ha convertido, de lejos, en el mayor importador de petróleo del mundo.

Desde la Guerra de Corea, Beijing ha considerado la dependencia de las importaciones de petróleo como una gran debilidad estratégica. En los últimos años, ese riesgo se ha denominado el ‘Dilema de Malaca’, haciendo referencia al estrecho que cruza Singapur y llega al Mar del Sur de China. Para Beijing, el riesgo es que, en caso de un enfrentamiento con EEUU por Taiwán o el Mar del Sur de China, la Marina de EEUU cerraría el estrecho a los petroleros que transportan el petróleo importado de China desde Oriente Medio y África, inmovilizando grandes secciones de la economía y el ejército de China. Reducir la dependencia nacional de las importaciones de petróleo sería una ventaja estratégica para China.

Pero China ganará todavía más de la transición energética, habiéndose ganado una posición de liderazgo mundial en lo que llama ‘nuevas energías’. Se venden más coches nuevos al año en China que en EEUU y, si son de gasolina, significa que tanto las importaciones de petróleo como la contaminación aumentarán. Como dijo Wan Gang, exministro de Tecnología, China necesita aprovechar “la ventana estratégica del desarrollo de coches eléctricos”, y lo ha hecho, en parte a través de sus propios esfuerzos. Gracias a una promoción gubernamental agresiva, China ahora posee la mitad de los vehículos eléctricos de todo el mundo.

Pero no es solo cuestión de reducir las importaciones de petróleo y la contaminación urbana. Beijing reconoce que es demasiado tarde para alcanzar a las compañías de automóviles globales en la venta de coches alimentados por motores de combustión interna. Pero si utiliza los coches eléctricos para dar un salto hacia adelante, puede superar a los fabricantes de automóviles consolidados y conseguir el liderazgo en los mercados globales.

China ya es líder en litio, el ingrediente necesario para las baterías de los coches eléctricos. A pesar de que el litio se extrae en muchos países, China está por encima en toda la cadena de suministro, con el 80% de la capacidad de fabricación mundial. Y un mundo que cada vez confía más en la energía solar se moverá en gran medida por productos hechos en China. La gigantesca producción solar de China ha reducido los costes drásticamente durante la última década y ha convertido a China en la fuente de casi el 70% de los paneles solares del mundo.

Si se espera que China sea la gran ganadora de la transición energética, su vecina del norte, Rusia, puede ser una gran perdedora. “Nunca me he referido a Rusia como una superpotencia energética”, dijo Vladimir Putin en una ocasión, “pero tenemos más posibilidades que casi cualquier otro país del mundo. Eso es un hecho evidente”. Y es cierto que hoy en día es evidente, por la enorme magnitud y abundancia de los recursos energéticos rusos. Rusia es uno de los tres mayores productores de petróleo y en el mercado de gas natural es el segundo mayor productor y el primer exportador del planeta.

Las armas nucleares y su herencia de superpotencia de la Unión Soviética ayudan a explicar cómo Putin ha posicionado a Rusia —con un PIB menor que el de Italia— como una gran potencia. Pero su poderío energético, construido sobre el gas y el petróleo, es clave para su presencia global y un factor importante en sus crecientes vínculos con China. Esos recursos convierten a Rusia en un actor principal en la economía global.

La dependencia de Rusia de los beneficios de exportar petróleo y gas natural es también, sin embargo, una vulnerabilidad estratégica. Los ingresos proporcionan la base financiera del Estado y el poder de Rusia —en condiciones normales, el 40% o 50% del presupuesto del gobierno, entre el 55% y el 60% de los beneficios de exportación y una estimación del 30% del PIB—.

Durante dos décadas, la necesidad del país de reformar, diversificar y reducir su dependencia del petróleo y el gas ha sido un tema recurrente. Pero parece que las reformas nunca llegan, poniendo a Rusia en peligro si hay un cambio en la balanza de la energía global.

Del mismo modo, el fantasma del surgimiento de una potencia petrolera de Oriente Medio tan buscado en las décadas anteriores se ha desvanecido con el desarrollo de recursos en otras partes. Especialmente en los últimos años con el auge de EEUU como el mayor productor de petróleo del mundo. Aun así, el crudo sigue siendo fundamental para el poder energético de los regímenes de la región, y una transición energética socavará dicho poder.

Las exportaciones de crudo suponen el 70% de los ingresos gubernamentales de Arabia Saudí, además del 40% del Producto Interior Bruto nacional

Las exportaciones de petróleo suponen el 70% de los ingresos gubernamentales de Arabia Saudí y el 40% del PIB nacional, según el Fondo Monetario Internacional. Además, según el FMI, “la actividad no petrolera depende en gran medida de inversiones gubernamentales financiadas por los ingresos del petróleo”.

Eso explica la urgencia del programa de reformas ‘Vision 2030’ impulsado por el príncipe heredero a la corona Mohammed bin Salman. “Desde principios de los setenta, hemos tenido planes de desarrollo a cinco años —diversificar la economía, incrementar el sector privado y tener menos dependencia del petróleo…—, pero mirad los tres objetivos básicos no hemos conseguido cumplirlos”, aseguran fuentes oficiales saudís. ‘Vision 2030’ pretende arreglar eso y, en el proceso, crear un fondo soberano que sea, en palabras del príncipe heredero, “más grande que el mayor fondo de la tierra”, con un porfolio diversificado de inversiones fuera del país.

Reformar una economía tan arraigada en los ingresos del petróleo sería difícil bajo cualquier circunstancia. Es todavía más difícil durante el covid-19 y la actual recesión económica global. Al final, los ingresos del petróleo son esenciales para financiar las inversiones requeridas para alejarse del petróleo.

Abu Dabi, el emirato rico en petróleo que limita con Arabia Saudí, ha demostrado lo que puede hacer un país exportador de crudo para intentar aislarse de la transición energética. En 2007, mucho antes de que la transición del petróleo fuera ampliamente aceptada, expuso su ‘Economic Vision 2030’ para prepararse para una época en la que no podría depender del petróleo. “En 50 años, cuando es posible que extraigamos el último barril de petróleo”, declaró entonces el príncipe heredero a la Corona de Abu Dabi Mohammed Bin Zayed, “cuando se envíe al extranjero, ¿estaremos tristes? Si hoy invertimos en los sectores adecuados, os digo que lo celebraremos”. Un país en el que el petróleo suponía casi todo el PIB hace dos décadas, hoy representa un 40%.

Si Joe Biden gana en noviembre, su nueva administración tardará poco en volver a incluir a EEUU en el Acuerdo de París y poner al país a la vanguardia de la política climática global. EEUU ya está bien posicionado en un ámbito que será esencial para la transición energética —la investigación científica y el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas—.

Lograr el objetivo de cero emisiones de carbono en 2050 requerirá avances e innovaciones en química, física y ciencia de materiales, así como avances en la captura de carbono, el combustible de hidrógeno, la digitalización, la producción, la inteligencia artificial, la robótica, el ‘software’, el análisis de datos y otras tecnologías.

EEUU cuenta con grandes avances en estas áreas gracias a su ecosistema único y dinámico de innovación energética —que consiste en los 17 laboratorios nacionales del Departamento de Energía, las universidades e institutos de investigación del país, e innumerables empresas consolidadas y ‘startups’—. Añádase una cultura que anima a la gente a correr riesgos y un sistema financiero que puede movilizar capital. A día de hoy hay, por ejemplo, más de 60 proyectos avanzados de energía nuclear del sector privado en el país. El Departamento de Energía de EEUU gasta más de 6.500 millones de dólares al año en investigación sobre las ciencias clave que serán el fundamento de la tecnología del futuro —mucho más que cualquier otro país—.

EEUU también está avanzado en términos de su fuente de recursos existente, gracias a la revolución del esquisto (‘shale’) de la última década, también conocida como fragmentación hidráulica (‘fracking’). Esa revolución no se habría podido imaginar en 2008, cuando EEUU era el mayor importador de petróleo del mundo y su negocio de petróleo y gas nacional parecía destinado a desaparecer.

El ‘shale’ ha convertido a EEUU en el mayor productor de petróleo del mundo, por delante de Rusia y Arabia Saudí. EEUU también se ha convertido en uno de los mayores exportadores de petróleo y en el mayor productor de gas natural, y será uno de los mayores exportadores de gas natural licuado (GNL). La revolución del ‘shale’ ha ayudado a generar más de 200.000 millones de dólares de inversión en plantas nuevas, reducido el déficit comercial en varios cientos de miles de millones de dólares, creado millones de puestos de trabajo y contribuido considerablemente a los ingresos federales y estatales.

El consumo global de petróleo y gas empezará a crecer de nuevo en la recuperación económica que tendrá lugar después de la pandemia

Es más difícil entender que este rápido crecimiento de la producción de gas y petróleo ha otorgado a EEUU una nueva dimensión de influencia y flexibilidad en el mundo. Las exportaciones estadounidenses de gas y petróleo, por ejemplo, son uno de los fundamentos de la creciente relación entre EEUU e India. La revolución del ‘fracking’ también proporciona un sólido fundamento para la seguridad energética a medida que la transición energética se vaya desarrollando durante las próximas décadas.

Navegar por el nuevo mapa de energía mundial requerirá muchas elecciones. Si la campaña para ‘prohibir el fracking’ cobrara impulso —o, lejos de eso, si se impusieran nuevas restricciones importantes a la producción de gas y de petróleo— el resultado sería un rápido declive en la producción en EEUU, porque la mayoría de los pozos de petróleo y gas de hoy tienen algún elemento de ‘fracking’.

Y habrá consecuencias estratégicas. El consumo global de petróleo y gas empezará a crecer de nuevo en la recuperación económica pospandemia, y la pérdida del suministro de EEUU originaría una brecha de producción que otros países exportadores cubrirían con entusiasmo. Los mayores beneficiarios serían Arabia Saudí y Rusia, convirtiéndolos en beneficiados inesperados de la transición energética, al menos durante una o dos décadas.

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