La ruptura del independentismo

Las divergencias internas siempre han estado presentes en el independentismo, aunque, desde que estalló el “procés”, nunca se habían hecho tan evidentes como en esta legislatura, que se ha convertido en un escenario de choques y enfrentamientos continuos. En este sentido, el giro de Esquerra hacia una estrategia mucho más posibilista y alejada de la crispación y el órdago permanente al Estado ha chocado con la apuesta de JxCat por mantener la confrontación, alimentada por el propio Carles Puigdemont. Las disputas entre ambas formaciones ha ido carcomiendo a todo el independentismo y polarizando a todos los actores, que han escenificado varios desencuentros directos a lo largo de estos últimos tres años. «El supuesto independentismo práctico no tiene nada de práctico. (…) Los auténticos éxitos han venido desde el exilio», señaló en febrero Elsa Artadi, dirigente muy cercana al expresident de la Generalitat, marcando el camino a seguir contra ERC.

El Parlament ha sido el escenario de muchas otras de estas batallas con la investidura fallida a distancia del expresident fugado en Waterloo; la retirada del acta de diputado a Quim Torra; y el rechazo a publicar las resoluciones íntegras contra la monarquía y el TC, todo por parte de Roger Torrent, el máximo responsable institucional de Esquerra. La incapacidad para pactar una respuesta conjunta y unitaria a la sentencia del “procés” y las pugnas por la gestión diaria del Govern han hecho el resto.

Desmovilización de la calle

Después de ocho años de “procés” tras la manifestación de la Diada de 2012, el independentismo ha ido perdiendo fuelle en la calle al margen de la pandemia. A modo de ejemplo, el 11-S de 2019, el último antes del coronavirus. La manifestación congregó a 600.000 personas, 1,2 millones menos que hace justo un lustro. El punto álgido corresponde a 2014, dos meses antes de la consulta del 9-N, con Artur Mas ocupando la presidencia de la Generalitat y Carme Forcadell exigiendo las urnas. Entonces, 1,8 millones de participantes llenaron las calles de Barcelona para formar una V de Victoria. Más allá de las movilizaciones de las entidades, la respuesta a la sentencia del “procés” estuvo protagonizada por el estallido de disturbios y altercados en las calles por parte de los Comités de Defensa de la República (CDR). Y ya en época del coronavirus, una estampa reciente evidencia de nuevo la desmovilización de la calle: la inhabilitación de Quim Torra ratificada por el Supremo este lunes y su salida a pie del Palau de la Generalitat congregó a centenares de personas en la plaza de Sant Jaume, una cifra muy alejada de la afluencia de manifestaciones anteriores.

El coronavirus

La gestión de la pandemia de coronavirus también ha puesto frente a frente a Esquerra y Junts per Catalunya, socios en un Ejecutivo dividido en tiempos de confinamiento. En esta legislatura, los republicanos buscaban presentarse por fin ante su electorado como un partido solvente en la gestión y se adueñaron de las principales consejerías sociales al inicio del mandato. Una circunstancia que ha llevado a ERC a estar al frente de los departamentos cruciales en la contención del coronavirus: Salud, Educación y Asuntos Sociales, que soportaba la parcela de las residencias, además de Economía, responsable de elaborar los presupuestos de la mano de Pere Aragonès. Ambos socios se han vigilado de cerca durante los últimos meses, hasta el punto de que Torra llegó a criticar la gestión en los geriátricos de los republicanos -con miles de casos en pocas semanas- y trató de adueñarse del nombramiento del secretario de Salud Pública del Govern, Josep Maria Argimon.

Fuera del Ejecutivo, la gestión del coronavirus ha sido duramente criticada por parte de la oposición por la tardanza en aplicar medidas como el confinamiento en el Segrià -tras días de aumento sostenido de los contagios-, la polémica por el contrato con Ferrovial sobre los rastreadores o la posición de bloqueo constante de la Generalitat en las conferencias con el resto de presidentes autonómicos. Declaraciones fuera de tono -la portavoz del Govern, Meritxell Budó, aseguró que “con la independencia” se habría actuado “antes” y “no tendríamos tantos muertos ni tantos infectados”- y las diferencias en materia social en el eje izquierda-derecha entre los dos socios del Ejecutivo han conllevado a un declive acentuado con la pandemia.