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Eduardo Inda: «El odio a Inda mató al tridelincuente Iglesias»

Lo que pretendía esta chusma no era desprestigiarnos sino algo mucho más grave, encarcelarnos con pruebas falsas

Si hubiera leído a Truman Capote o a Agatha Christie, cosa que dudo porque es un profundo iletrado, Pablo Iglesias sabría que hasta para convertirte en un buen malo-malísimo hay que ser extraordinariamente listo, astuto y, sobre todo, frío.

Vamos, que hay que ser muy fino para que no te trinque la Policía ni la diosa Justicia te lleve por delante.

El vicepresidente segundo del Gobierno pensaba igualmente que el miedo que le tiene prácticamente toda la prensa, parte de la Justicia y toda la oposición —hay que ver lo duros que han estado con él Casado, Abascal y Arrimadas, juajuajua— también invadiría ese Juzgado de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional al que él llevó un caso Dina que intentó convertir falsariamente en caso Inda y que, finalmente, ha degenerado cual bumerán en caso Iglesias.

Todo comenzó cuando el 22 de julio de 2016, estando yo por cierto en Estados Unidos, Miguel Ángel Ruiz Coll publicó una noticia que revolucionó España, las redes sociales y, por supuesto, un partido como Podemos que ha hecho del feminismo una de las marcas de la casa.

“Iglesias sobre Mariló Montero: ‘La azotaría hasta que sangrase, soy un marxista convertido en psicópata’”, rezaba la información en la que se incluían los pantallazos de Telegram de la cúpula de Podemos en la que su caudillo hablaba en estos repugnantes términos.

 

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La que se montó en la opinión pública fue de las que hacen época. Eso sí, las asociaciones feministas callaron cómplices cuando hubieran matado civilmente, y con razón, al protagonista de haber sido del PP, Ciudadanos o Vox.

Así se las gastan nuestros imparciales progres. Por supuesto, la salvajada no le costó el puesto al salvaje como habría sucedido en democracias de calidad como la sueca, la danesa, la alemana, la francesa o la británica.

Este descomunal scoop se unía a un informe Pisa (Pablo Iglesias Sociedad Anónima) que demuestra que el pájaro estaba a sueldo de esa República Islámica que ahorca homosexuales y lapida mujeres, Irán, y a la revelación sobre esa cuenta de Granadinas a la que Maduro le transfirió 272.000 dólares coincidiendo casualmente con las primeras elecciones a las que concurrió, las europeas de 2014. Iglesias rabió en aquel verano de 2016, Montero no dejaba de vomitar bilis y ciscarse en la madre de un servidor.

Pero no les quedó otra que aguantarse porque ahí estaban las incontrovertibles pruebas en forma de pantallazos.

Rabiaban, rabiaban y rabiaban cuando la Policía certificó a principios de 2019 que entre la documentación intervenida al comisario encarcelado Villarejo se encontraba una copia de la tarjeta sim de la ayudante de Iglesias, Dina Bousselham.

 

Tarjeta sim que teóricamente había sido sustraída (hay quien apunta que la difundió su novio en un ataque de celos) a la marroquí en un centro comercial de Madrid y en la cual había desde intimísimas fotos de ella como, al parecer, de Iglesias, además de material probatorio contra el partido del narcodictador Nicolás Maduro en Europa.

“Ésta es la mía”, debió de sopesar el vicegolfo que, acto seguido, le dio al on de las campañas de linchamiento personal de Eduardo Inda. Era la enésima, cierto es, pero ésta fue la más virulenta de todas.

Dicho y hecho: la gentuza de la guerrilla internauta de Juanma del Olmo, imputado en el caso Neurona de financiación ilegal de Podemos, se puso manos a la obra a amenazarme, injuriarme y calumniarme. Los ¿periodistas? de estricta obediencia podemita se sumaron como un solo hombre al agitprop. El caso era asesinarme civilmente y, si alguien me partía la cara por la calle, pues miel sobre hojuelas.

 

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