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Eduardo Inda: «Torrente Sánchez»

Coinciden unánimemente los historiadores ingleses en que lo que salvó de la invasión del Satanás nazi a una isla perdida en el mapa, aislada de todo, más sola que la una, fue la determinación de un líder cuya clarividencia y firmeza frente a la adversidad fueron providenciales.

Sir Winston Churchill tuvo claro antes que nadie en Reino Unido que pactar con el diablo con la imbécil estrategia del apaciguamiento sería un desastre que acabaría como el rosario de la aurora.

“Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y ahora tenéis el deshonor y la guerra”, le soltó en 1938 al que luego sería su antecesor, Neville Chamberlain, en una memorable sesión del Parlamento británico.

El angloamericano nacido en el Palacio de Blenheim ganó no sólo porque el bien moral estaba de su lado.

También porque todas las decisiones que tomó, basadas en el sentido común y en la formidable ética protestante, las llevó hasta el final y porque su inconmensurable carisma levantó la moral de una nación que veía hasta su llegada a Downing Street cómo el enemigo, más fuerte y mejor preparado, avanzaba imparable.

Llevó sus ideas hasta el final y ganó siendo recordado como el británico más importante de todos los tiempos y como el político número 1 de la historia por haber librado al mundo de la tiranía.

Dios quiso que el hombre adecuado estuviera donde debía estar en el momento oportuno.

Pedro Sánchez se parece a Churchill en el blanco del ojo y poco más.

En talento es como comparar a una hormiga con un león. En carisma están a años luz: el uno va por la vida cual matón de discoteca y el segundo es el orador motivacional por excelencia.

El primero hace que sus conciudadanos entren en modo pánico, el segundo insufló moral en cantidades industriales a los suyos cuando parecía que el mundo, la libertad y su tan admirable como democrática historia se acababan de manera irremediable.

El madrileño robó su tesis doctoral y el londinense estudió en la Academia Militar más prestigiosa del planeta, Sandhurst, siendo el octavo de los 150 alumnos de su promoción.

El de allá siempre decía la verdad porque en el Reino Unido hay algo peor incluso que la corrupción: la mentira.

El de acá miente más que habla y no creo que sea por inmoralidad sino porque es un amoral de tomo y lomo. No conoce la diferencia entre el bien y el mal.

En la peor situación imaginable, los británicos tuvieron al mejor.

Salvando las distancias, nosotros tenemos al peor de la clase en el momento más grave desde esa Guerra Civil del 36 que se llevó por delante la vida de más de medio millón de españoles.

Sánchez es como ese Buster Keaton de El Maquinista de la General, un tipo alocado que no tiene pajolera idea de cómo se maneja el cuadro de mandos y que resuelve todos los incidentes sobrevenidos metiendo más carbón a la caldera. Un inútil integral que encima se cree el más listo del barrio.

Una suerte de José Luis Torrente, el celebérrimo policía de Santiago Segura, que unas veces es más malo que la quina, otras el más chapucero y siempre el más corrupto por acción u omisión.

Y que, además de todo eso, se le llena la boca de una palabra, democracia, que en el fondo detesta porque su único objetivo en la vida es imponer su sacrosanta voluntad.

Por las buenas o por las malas.

Había que llegar al 8-M como fuera al precio de provocar el contagio de decenas de miles de hombres y mujeres

La verdad es que todo está siendo una colosal chapuza modelo Torrente, lo cual invitaría a la carcajada si no se hubieran perdido ya más de 40.000 vidas.

Nada les sale bien. Además imparten casi a diario lecciones de maldad que harían saltar escandalizado al mismísimo Belcebú.

Malvado, y mucho, resulta un Gobierno que desoye las advertencias de la Organización Mundial de la Salud en enero y en febrero, que pone de patitas en la calle al jefe de Riesgos Laborales de la Policía por osar aconsejar la prohibición de aglomeraciones a principios de año y que pasó de hincarle el diente al drama que se nos venía encima porque había que celebrar el 8-M como fuera.

Al precio de provocar el contagio de decenas de miles de personas, incluida la mujer del presidente del Gobierno, su madre, su suegro, la vicepresidenta Calvo y las ministras Darias y Montero.

La maldad no acabó en esa suicida resolución de mandar a esparragar a los expertos y desoír las obviedades sanitarias que clamaban a gritos los que saben de la cosa.

Ahora estos fascistoides aprovechan para hacer de la necesidad del estado de alarma, vicio.

Vicio en la restricción de libertades civiles. La persecución a los “desafectos [general Santiago dixit]” en las redes sociales nada tiene que envidiar a la de los disidentes de Putin en Rusia o a los enemigos de Erdogan en esa Turquía que va camino de que no la reconozca ni Atatürk.

La detención de un analfabeto pobre hombre que había tildado de “hijo de puta” a Pedro Sánchez en Facebook indica el derrotero que está tomando todo.

Como decidan llevarse palante a todos los españoles que se acuerdan de la parentela del presidente tendrán que construir, como mínimo, 30.000 cárceles más.

Este sábado por la mañana la Policía, que cumple estas órdenes cagándose en todo lo cagable, multaba a todos los automovilistas y motoristas que circulaban por La Castellana portando una bandera de España con la excusa de que la manifestación contra el dúo Sánchez-Iglesias no había sido autorizada.

Por no hablar de la práctica desaparición del principio básico en cualquier Estado de Derecho que se precie: la presunción de inocencia.

En apenas 15 días, el Gobierno ha llamado “asesinos maltratadores” a dos hombres que luego han sido puestos en libertad sin cargos.

El primero acusado con el dedo índice de Grande-Marlaska fue un vallisoletano.

El segundo, natural de Corbera del Vallés, fue apuntado por la delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, la podemita Victoria Rosell, y el mismísimo presidente.

Finalmente, ha quedado en libertad sin una sola imputación por parte del juez.

Lo más grave de todo es que tanto el ministro del Interior como Rosell son ¡¡¡magistrados de carrera!!!

Lo cual incrementa exponencialmente el miedo a un Ejecutivo en el que el virus bolivariano avanza sin prisa pero sin pausa.

La chapuza y la chusquez también hermanan a Sánchez con el agente Torrente como se ha evidenciado este mismo sábado

José Luis Torrente es un corrupto y este Gobierno de España no le va a la zaga.

¿Me puede alguien explicar cómo se puede otorgar un contrato de 17 millones de euros para comprar test a una empresa que no tiene pajolera idea en la materia porque se dedica a fabricar e importar cremitas, óvulos vaginales, geles íntimos, productos anticelulíticos y vigorizantes sexuales?

¿Qué carajo tiene que ver esto con test para detectar un proceso viral tan grave como el coronavirus?

¿Por qué nadie ha ido al juzgado de guardia cuando se ha comprobado que los test que vendieron al Ministerio de Sanidad eran más falsos que Judas?

¿O por qué nuestro Ejecutivo adquiere batas para el personal sanitario en China a un precio 66 veces más caro —sí, han leído bien, 66— que el de los proveedores españoles?

Un cante jondo teniendo en cuenta que vienen del paraíso de los precios baratos y no de la tienda de Hermès en la milla de oro madrileña.

¿O por qué no actúa de oficio la Fiscalía Anticorrupción tras quedar acreditado que el señor Illa ha adquirido un millón de hisopos para la lucha contra el Covid-19 a una sociedad que, tal y como indica el BOE, tiene “dirección desconocida”?

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