Portada » El EEUU del que no sabemos nada y que pocos medios cuentan
Actualidad

El EEUU del que no sabemos nada y que pocos medios cuentan

¿Cuándo fue la última vez que leyó algo positivo sobre Donald Trump? Y sin embargo, hay más de un 40% de EEUU que lo vota. ¿Por qué no escuchamos nada sobre ellos?

Este blog nace con una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que leyó algo positivo sobre Donald Trump? Probablemente hace mucho tiempo, o puede que nunca. Y la mayoría de ustedes dirán: normal. Un tipejo tan vulgar, narcisista, peligroso e incompetente solo puede inspirar la crítica y el desprecio. Lo que sucede es que, a pesar de este ejército de adjetivos y ataques vigorosos, una gran porción de Estados Unidos confía en él y lo ve como un líder solvente. Estamos hablando de más de 60 millones de norteamericanos de todas las condiciones y latitudes. Un 40% de la población cuyas creencias, pese a que dominan la Casa Blanca y se proyectan al mundo, nos suelen resultar ajenas en el mejor de los casos.

La razón fundamental de esta paradoja es que solemos mirar EEUU a través de una lente muy pequeña, muy concreta: la lente de las élites progresistas de las grandes ciudades costeras. Los alumnos ricos o aplicados de España, Francia o China estudian en sitios como Harvard o Columbia, y los profesionales globales, aquellos ‘anywhere’, que decía David Goodhart, leen a diario los periódicos que escriben los licenciados de estas universidades. Los corresponsales extranjeros también somos parte de la trama. Vivimos en Nueva York o en Washington, admiramos estas instituciones y entrevistamos a los analistas de su selecta red de sabiduría cosmopolita.

Este no es un alegato populista. En estas universidades se cocinan altos niveles de pensamiento; tienen prestigio y dinero para atraer a las luminarias más brillantes del mundo, y qué decir de los periódicos. A pesar de la huella cada vez más profunda del identitarismo, nadie hace reportajes como ‘The New Yorker’ y los reporteros del ‘Washington Post’ siguen trayendo exclusivas a diario. Las ‘newsletters’ del ‘New York Times’ son pequeñas obras artesanales, precisas, variadas y bien escritas. Su dirección es capaz de contratar a dos reporteros durante un año para rastrear, verificar y publicar dos décadas de impuestos de Donald Trump, con todos sus papeles fiscales desplegados en un reportaje de 10.000 palabras.

Aun así, es casi seguro que este trabajo denodado tendrá muy poco impacto electoral, porque solo una parte de Estados Unidos lee y confía en ‘The New York Times’, o en ‘The Atlantic’, o en ‘The New Yorker’.

Autocomplacencia y endogamia

Todos estos faros del progreso tienen una visión muy específica, muchas veces envuelta en los espesos ropajes de la autocomplaciencia y la endogamia. Los mismos ropajes que, como una venda sobre los ojos, impidieron que sus más afilados analistas entendieran lo que sucedía en muchas regiones de su propio país, especialmente en el interior. Como si se tratara de un continente inexplorado.

Ahora que estamos a poco más de un mes de las elecciones presidenciales, es habitual volver a las encuestas de 2016: a aquello de que daban como ganadora a Hillary Clinton, etcétera. Lo interesante, en cambio, es ir un poco más atrás: a la primavera de ese año e incluso al otoño de 2015. A cuando la red de sabiduría cosmopolita se reía de Donald Trump, y lo hacía muy alto y todos los días: en los pasillos de las universidades y en los platós de televisión, en las redacciones de los periódicos y en las conferencias del Council of Foreign Relations.

Como fenómeno sociológico, fue sencillamente extraordinario. Uno ponía la televisión, leía el periódico o entrevistaba a un profesor emérito de Ciencias Políticas, y le quedaba claro que Donald Trump se estaba suicidando políticamente. Solo era un payaso, un bufón que hacía todo lo contrario a lo que dictaban los manuales: empezar una campaña con insultos xenófobos, atacar a un veterano de guerra, cultivar la antipatía de los grandes medios y dar mítines con una gorra de visera. Todo mal, todo al revés. Entonces, ¿cómo es que lideraba las encuestas?

En ese momento, nos dimos cuenta de que, más allá de la red de sabiduría cosmopolita, de los artículos bien escritos, las conferencias con su ‘coffee break’ y los monólogos de Fareed Zakaria en la CNN, había otros Estados Unidos. Una porción de país tan alejada de Nueva York y Los Ángeles como Argel lo está de Madrid. Una mezcla borrosa de iglesias, Walmarts y fábricas abandonadas; el ‘fly over country’, como lo llaman quienes viajan a menudo entre las ciudades de las dos costas.

Las ocurrencias que escandalizaban en Washington y Nueva York, en las regiones rurales se recibían con vítores y aplausos

Las ocurrencias que nos escandalizaban en Washington y Nueva York, en las regiones rurales se recibían con vítores y aplausos. Por fin alguien que dice verdades. Por fin un campeón que nos representa y que va a meter en cintura a esos progres que se pasan la vida escuchándose la voz y mirándose de reojo en los espejos. Por fin alguien que se preocupa por las minas, que les dice cuatro cosas a los tacaños europeos y que no tiene miedo a decir “Feliz Navidad” en diciembre.

Pero la red de sabiduría cosmopolita llevaba tantos años apoltronada, con sus ‘briefings’ y sus ‘papers’ y sus cenas de entrega de premios, que no vio nada de esto. Y lo que es peor: aún hoy sigue sin verlo. Y, como ellos no lo ven, nosotros, que miramos el mundo a través de su lente, tampoco. Cada vez que abrimos un periódico, solo nos llega una visión de Estados Unidos. Una visión incompleta.

Una manera útil de analizar esta situación es pensando en dos salas de cine: dos habitaciones en las que se proyectan dos películas distintas sobre los mismos hechos. La sala 1 sería aquella en la que estamos metidos: la sala donde transcurre una película en la que Donald Trump es el villano, un demagogo racista y misógino, decidido a plantar fuego a todo lo que se ponga por delante, incluida la democracia, con tal de preservar su poder. En la sala 2, por el contrario, la película pinta a Donald Trump como un emisario del pueblo llano, un gladiador que lucha contra las élites globalistas que lo difaman y el ‘Estado profundo’ que no lo deja gobernar.

Ya que solemos ver a menudo la película de la sala 1, este blog se va a centrar en reflejar lo que cuenta la película de la sala 2. Sus políticos, sus representantes en la cultura o las redes sociales y sus medios de comunicación. Cada capítulo tratará un asunto concreto desde el punto de vista conservador, con dos reglas en mente.

Uno, que esto no va de buscar una simetría o una equivalencia. Rescatar la visión de la sala 2 no significa apoyarla, ni desmentir la visión de la sala 1. Solo es un análisis. Un intento de ofrecer una versión más completa de lo que piensa EEUU, no solo sus grandes ciudades. Y dos: los hechos que se expongan, naturalmente, serán verificados. Como ejemplo de estos dos puntos, sirve este artículo que publicamos en junio a raíz de las protestas raciales y de cómo las trataron los medios conservadores. Bienvenidos, pues, al blog de la sala 2: la película de la que casi nunca se habla.

Etiquetas
----