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El reino del comunista Gordillo se desmorona: la rebelión en Marinaleda tras 41 años de alcalde

El delicado estado de salud de salud ha propiciado que vecinos disidentes se atrevan a alzar la voz contra él, desafiando a los seguidores más radicales de Gordillo

En el Ayuntamiento de Marinaleda (Sevilla) han instalado una mampara transparente anti-covid sobre la mesa de su alcalde desde 1979, Juan Manuel Sánchez Gordillo. Pero la barrera sirve de poco, porque hace meses que el histórico líder jornalero y referente de la izquierda radical en España no sale de su casa ni pisa su despacho. Afectado por el ictus que sufrió en 2018, que le limita el habla y la movilidad, Sánchez Gordillo, de 71 años, está ausente.

Y esa ausencia (reflejada en el vacío de su mesa, presidida por la escultura de dos puños en ademán de romper sus cadenas ante la que posaba en las entrevistas) está acelerando el ocaso del poder casi unánime que ha tenido durante más de cuarenta años en este microcosmos de 2.600 habitantes que es su feudo en la Sierra Sur de Sevilla.

Su estrella roja declina mientras crece la división de su familia política en el pueblo. La oposición, nacida como disidencia interna, da cada día pequeños pasos que debilitan su “régimen” y acercan el fin de su hegemonía.

Y, aunque aún sean sólo unos pocos, cada vez hay más particulares (en especial, mujeres) que se atreven a dar la cara y a que los más extremistas entre los seguidores del alcalde los señalen como traidores.

Sánchez Gordillo, pese a su infarto cerebral, se presentó a las elecciones municipales de 2019 como cabeza de cartel por Adelante Andalucía, alianza electoral de Podemos y de Izquierda Unida (IU), donde se integra su partido, la Candidatura Unitaria de Trabajadores, CUT.

Retuvo la Alcaldía por apenas 44 votos de diferencia, con 891 sufragios frente a los 847 de la nueva lista opositora de Avanza Marinaleda, agrupación independiente salida en gran parte de sus propias filas.

Sus apoyos cayeron del 72,54% de las elecciones de 2015 al 48,53% cuatro años después. El pleno municipal de Marinaleda es de izquierdas cien por cien y se reparte entre los seis concejales de Sánchez Gordillo y de su teniente de alcalde y regidor de hecho, Sergio Gómez, y los 5 de Avanza. En 2019, el PSOE obtuvo 63 votos y el PP, 27.

Sánchez Gordillo, que empezó como maestro del colegio local y ha sido también parlamentario andaluz por IU de 1994 a 2000 y de 2008 a 2014 (tuvo que renunciar al escaño por incompatibilidad), ha ganado siempre en las urnas con limpia legitimidad democrática, pero sus mayorías absolutas de antaño han dejado de ser aplastantes, y eso se nota en el día a día.

Por ejemplo, septiembre ha arrancado con dos episodios que han llamado la atención de los medios de comunicación nacionales y han revelado la tensión social que vive el municipio, con una división política que se traslada al interior de muchas familias, dicen los consultados por EL ESPAÑOL.

Margarita Pradas, antigua devota del alcalde, se encerró aquí con su marido y su hija durante seis días, en el vestíbulo del Ayuntamiento, frente al despacho vacío, para reclamar la apertura de la bolsa de trabajo de ayuda a domicilio, cerrada desde 2016, de la que su hija, según denuncia, fue apartada irregularmente tras una baja médica.

La familia ejercía así una medida de presión y lucha laboral, el encierro, que Sánchez Gordillo y sus compañeros y compañeras en las filas del Sindicato de Obreros del Campo (el SOC, luego Sindicato Andaluz de Trabajadores, SAT) han practicado durante décadas, tanto al final de la dictadura y en la Transición como en democracia, en nombre de la justicia, progreso y libertad de un campo andaluz hundido en la represión y la pobreza.

La Guardia Civil de entonces los detenía y desalojaba a porrazos; ahora, paradójicamente, el gobierno local de Sánchez Gordillo es el que ha denunciado por la vía penal a los encerrados y ha llamado a la Guardia Civil para desalojarlos del consistorio.

Días después, a este pequeño pero representativo conflicto laboral (que en cualquier otro municipio no tendría apenas repercusión) se ha sumado otro también elocuente, cuando seis de las 11 trabajadoras municipales de la plantilla de ayuda a domicilio –que han cometido la osadía de afiliarse a otro sindicato, el anarquista CGT– han iniciado una campaña de protestas públicas, concentrándose ante el Ayuntamiento y haciendo huelga cada miércoles en demanda de mejoras laborales.

Este miércoles las trabajadoras volvieron a manifestarse, con el apoyo de la portavoz municipal de la oposición, la cabeza de lista de Avanza Marinaleda, Cristina Martín, una profesora particular de inglés de 43 años.

Martín es hija de una familia que ha participado siempre en las luchas jornaleras lideradas por Sánchez Gordillo, como las marchas a Sevilla con las que consiguieron que la Junta de Andalucía cediera al pueblo la finca El Humoso para instalar allí la cooperativa agraria que sigue dando trabajo a centenares de vecinos.

El día después de la protesta, la portavoz de Avanza describe el hostigamiento que recibieron de los partidarios más acérrimos del alcalde. “Se acercaban pequeños grupos para increparnos e insultarnos. Es muy característico señalar. Cuando no se está de acuerdo, te califican directamente de facha. Pero facha es señalar, facha es que las trabajadoras no tengan condiciones dignas, facha es no permitir la libertad de expresión. ¡Estamos en el siglo XXI, en una democracia, y aquí aún no hay libertad de expresión!”, exclama la concejala opositora.

Añade que a las trabajadoras de las protestas las están sancionando “por defender sus derechos”, y expone como prueba máxima de la parálisis y la falta de transparencia del equipo del alcalde el hecho de que no se haya celebrado ningún pleno ordinario desde el 31 de diciembre, pese a que la ley obliga a realizar al menos uno cada tres meses.

El último pleno, pero extraordinario, fue el 13 de marzo, convocado de urgencia para no perder una subvención. Desde entonces no ha visto a Sánchez Gordillo, al que tiende la mano: “Queremos sentarnos y hablar”.

Nadie habla

En el Ayuntamiento no está el alcalde, pero tampoco su brazo derecho, Sergio Gómez (que trabaja fuera de Marinaleda), ni ningún miembro del equipo de gobierno. No hay con quien hablar en persona. Es que “no cobran por sus cargos” y vienen sólo algunos días, justifica una funcionaria al preguntarle por la ausencia de responsables políticos.

La pared frente al mostrador de información está decorada con una galería monotemática de retratos del caudillo guerrillero de la revolución cubana Ernesto Che Guevara, el santo particular de Sánchez Gordillo, que bautizó con su nombre el polideportivo y una calle.

El callejero de Marinaleda es un mapa o prontuario de sus maestros ideológicos y culturales, desde el papa Juan XXIII a Salvador Allende, pasando por Boabdil –el rey del mitificado Al Ándalus que inspira el nacionalismo andaluz de su CUT– o Hugo Chávez, patrón del socialismo bolivariano en Venezuela.

Juan Manuel Sánchez Gordillo vive a pocos metros del Ayuntamiento, en una de las casas adosadas municipales de la Barriada Pepe El Gallo, a 15 euros el mes de alquiler, construidas con el trabajo personal de los vecinos, que se han convertido en una de sus medidas más populares y difundidas.

La iniciativa le ha merecido hasta un reportaje en el New York Times, como ejemplo de economía comunitaria que rescata la vivienda de la especulación del capitalismo salvaje. En un balcón con la persiana cerrada cuelga una bandera blanquiverde de Andalucía con la estrella roja comunista en medio (en lugar del escudo oficial) que caracteriza a la de su partido. La bandera está un poco rota y el agujero parte la estrella por el centro.

Una mujer vuelve a casa con su niño del cole. Es la compañera del alcalde, Carmen, una antigua trabajadora de la extinta Radio Marinaleda (el político es padre de otros dos hijos con su primera esposa). El periodista le pide poder hablar con el regidor, recluido dentro, y ella contesta amablemente que no es posible.

Al mediático Sánchez Gordillo se le recuerda como un gran agitador de multitudes en mítines, cortes de carretera (incluso el aeropuerto de Sevilla una vez) y ocupaciones de fincas de terratenientes y del ejército (el Tribunal Supremo lo salvó de la condena previa de siete meses de cárcel por la ocupación de la finca militar Las Turquillas de 2012).

También se le reconoce como un dirigente que sabe ser dialogante y noble en el trato personal, y más aún cuando se enfrenta a supuestos antagonistas de la clase obrera y jornalera, como con los señoritos Mario Conde o Cateyano Martínez de Irujo, de la Casa de Alba; a este último lo trajo como invitado al pueblo para que viera la cooperativa y el Ayuntamiento, después de haberle ocupado su finca de Carmona.

Pero el locuaz líder de Marinaleda se ha refugiado ahora en el silencio. Como cuando sufrió una grave depresión en 2013, uno de los peores trances de su vida junto al caso de una antigua limpiadora municipal detenida por robar cheques del Ayuntamiento que lo acusó en falso de acoso sexual en 2002. Las secuelas en el habla por el infarto cerebral de 2018 hace más difícil entenderlo, dicen quienes lo han escuchado en sus últimas intervenciones en los plenos o en asambleas del sindicato.

Aunque el antiguo maestro y también poeta no pueda o no quiera hablar, no falta quien lo defienda. A la salida de la guardería infantil municipal, una madre jornalera que viene a recoger a su niño, y que no quiere, como la mayoría, identificarse, descalifica a quienes “quieren machacar a Sánchez Gordillo y van a ir a por él” con la ayuda de “los medios de comunicación”, que a su juicio exageran las denuncias.

“Trabaja el que quiere”

“Votaré por él mientras viva. Somos humanos, y ha hecho cosas malas, buenas y regulares como todo el mundo, pero yo siempre le voy a agradecer sus luchas por este pueblo. Tenemos las casitas (aunque la mía no es del Ayuntamiento sino comprada), el instituto, El Humoso…”

¿Es cierto que a los disidentes no les daban trabajo en la cooperativa controlada por el sindicato y el alcalde? “Quien diga eso, miente. Todo el que quiere trabajar en El Humoso, trabaja, no importan las ideas que tenga”, responde.

Cuenta que tiene 35 años, es jornalera desde los 16 y estos días en la finca de la cooperativa trabajan recogiendo pimientos, quitando yerbajos de las alcachofas y sembrando brócolis, a unos 47,50 euros limpios el jornal, unos céntimos por encima del convenio del campo para la provincia de Sevilla.

Otro joven jornalero, que hoy descansa porque se reparten el trabajo en turnos, defiende también, sentado en la terraza de la Casa del Pueblo del sindicato, bajo el letrero de herrería ‘Otro mundo es posible’, que no hay discriminación ideológica en la cooperativa: “Tengo compañeros de Avanza y trabajamos juntos”. Admite que “hay tensión” y una fuerte división política en el pueblo, pero matiza que no ha llegado a extremos graves y cree que los medios de comunicación han magnificado el conflicto.

Cerca de las tres de la tarde, Leo Blanco, de 53 años, hace un alto en su trabajo de hoy arrancando yerbas secas en el parque municipal. Estaba parado hasta que lo han llamado del Servicio Andaluz de Empleo de Estepa, cabecera de la comarca, para darle quince días de trabajo.

Es significativo este cambio: antes, en los tiempos de apogeo de Sánchez Gordillo, los parados acudían a asambleas para que el Ayuntamiento repartiera las peonadas públicas disponibles. Ahora, de la adjudicación se encarga asépticamente la administración laboral de la Junta de Andalucía, por teléfono y desde fuera, lo que reduce también el contacto entre vecinos y alcalde y la posibilidad, real o imaginada, de la dependencia clientelar entre unos y otro.

Tampoco se hacen ya, debido a la pandemia, las asambleas en el salón de la Casa del Pueblo del sindicato adonde había que ir para apuntarse en las listas para trabajar en la finca El Humoso. Ahora las contrataciones se hacen a distancia, y puede que se mantenga el sistema, lo que rebaja la comunión entre trabajo y actividad política.

Cuenta Blanco que también se han dejado de hacer, desde antes de la pandemia, los míticos “domingos rojos” de antaño, cuando Sánchez Gordillo convocaba a la población a participar en trabajos comunitarios.

Él los añora y dice que deberían recuperarse, “aunque ya no se llamen ‘domingos rojos’”, porque “lo más bonito es el trabajo voluntario y trabajar juntos para que el pueblo esté bonito”.

El veterano jornalero no extiende un cheque en blanco al líder y dice que “ha cometido errores”, como, a su juicio, haber apostado más por ser parlamentario andaluz en detrimento de la Alcaldía. Observa además que el pueblo, sin el alcalde al frente por motivos de salud, ha entrado en decadencia. Pero lo defiende y confiesa que lo votó en 2019 porque, a pesar de todo, “lo bueno que ha hecho es muchísimo más”.

Leo Blanco representa a esos votantes de Sánchez Gordillo que no lo abandonan, por fidelidad y respeto a su legado, pero que tampoco quieren entrar en el juego de los seguidores radicales de atacar a los que piden un cambio político a fondo en Marinaleda.

Afirma que esos fanáticos son una minoría. “El que ha querido ir a trabajar al Humoso, ha ido, y no se han metido con ellos [por no ser de la cuerda del líder]. Siempre hay tres o cuatro que los miran así de arriba abajo, ‘mira, ha venío…’, pero son los menos”.

Una participante de la oposición, que como la mayoría de los preguntados pide permanecer en el anonimato, lamenta que en el pueblo, después de tantos años de movilización, “está todo politizado” en el mal sentido.

“Hay fanatismo entre los seguidores de Sánchez Gordillo. Es todo ‘o estás conmigo o contra mí’. Me gustaría que viviéramos como en El Rubio, a tres kilómetros [gobernado por el PSOE], donde los políticos de los diferentes grupos hablan con normalidad. Aquí la mujer que te ha insultado en la protesta es tu vecina que viene al cumpleaños de tu hijo con un pastel. Se transforma. Es una situación muy desagradable”.

“Miedo a que pase algo”

No ha llegado la sangre al río y lo peor de momento es que le han rayado el coche a la trabajadora que protagonizó el encierro en el Ayuntamiento. Pero esta vecina refugiada en el anonimato asegura que tiene “miedo de que pase algo” más grave. En El Coronil, otro antiguo bastión del sindicato de Sánchez Gordillo, gobernado entonces por su compañero Diego Cañamero, a un concejal disidente lo atacaron hace una década tronchando ramas de sus olivos.

La portavoz de la oposición en Marinaleda posa en su casa sin quitarse la mascarilla. No por seguridad ante el coronavirus, sino para ocultarse su cara un poco y no exponerla demasiado, lo que ya es un indicativo del miedo que, dice ella, sigue aún coartando la libre expresión por temor a ser atacada verbalmente en las redes sociales o en la calle.

En los muros exteriores de la piscina municipal, cerrada este año por la covid, van perdiendo color los murales pintados años atrás por colectivos de izquierda o extrema izquierda, revolucionarios, nacionalistas o antifascistas de Cataluña, País Vasco, el barrio madrileño de Vallecas, Francia o Berlín, que visitaron Marinaleda para hermanarse con la “Utopía hacia la paz” (como dice el lema municipal) de Sánchez Gordillo y sus compañeros.

Otro, desconchado, clama “Por la reforma agraria”; uno más defiende “soberanía y socialismo” con una bandera andaluza con una estrella roja. Un tercero incluye el símbolo del mapa de Euskadi y las flechas que aluden implícitamente al acercamiento de los presos de ETA, lo que recuerda la buena relación del alcalde con la izquierda abertzale.

Salimos de la original Marinaleda y en el pueblo de al lado, El Rubio, a tres kilómetros, ya impera otro mundo, el habitual: el PSOE gobierna con mayoría absoluta, la única oposición es el PP y el partido de Sánchez Gordillo no tiene ni un edil.

Los equipamientos públicos son similares o mejores (aquí también tienen instituto, piscina, campo de fútbol) pero no hay consignas en las calles, ni utópicas ni de ningún tipo. La impronta del Mesías Rojo, como lo definió el periodista Carlos Mármol en su biografía, desaparece fuera de las fronteras municipales de Marinaleda.

Seguimos unos kilómetros hacia la finca El Humoso, donde funciona la cooperativa agrícola que es el mascarón de proa económico del longevo regidor. El Humoso está vacío por la tarde, después de que unos 200 hombres y mujeres, según calcula el vigilante, hayan terminado la jornada agrícola.

En el muro encalado luce en letras rojas el eslogan: “Este cortijo es para los jornaleros en paro de Marinaleda”. A su lado, el retrato de una pareja campesina, enmarcada por las palabras “Tierra-Utopía”, se ha desdibujado. Mañana, piensen lo que piensen, los jornaleros de carne y hueso volverán todos al tajo para seguir recogiendo pimientos o escardando malas yerbas en los campos de alcachofas, codo con codo.

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