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El socialismo tiene un récord de 100 % en fracasos y aún así tiene defensores

Los socialistas insisten en que los ejemplos anteriores de socialismo no eran “realmente” socialistas, pero ninguno de ellos puede decirnos qué es exactamente lo que harían de manera diferente.

El socialismo está muy de moda. Los artículos de opinión que nos dicen que dejemos de obsesionarnos con los fracasos del pasado del socialismo, y que empecemos a entusiasmarnos con su potencial futuro, casi se han convertido en un género en sí mismo.

Por ejemplo, Bhaskhar Sunkara, el fundador de la revista Jacobin, escribió recientemente un artículo en el New York Times, en el que afirmaba que el próximo intento de construir una sociedad socialista será completamente diferente:

«Esta vez, la gente tiene derecho a votar. Pues bien, debata, delibere y luego vote, y tenga fe en que la gente puede organizarse para trazar nuevos destinos para la humanidad. Despojado de su esencia y devuelto a sus raíces, el socialismo es una ideología de democracia radical. […] Busco facultar a la sociedad civil para permitir su participación en las decisiones que afectan a nuestras vidas».

Nathan Robinson, el editor de Asuntos de Actualidad, escribió en esa revista que el socialismo no ha «fallado». Simplemente nunca se ha implementado correctamente:

“Es increíblemente fácil estar tanto a favor del socialismo como en contra de los crímenes cometidos por los regímenes comunistas del siglo XX. Cuando alguien me señala a la Unión Soviética o a la Cuba de Castro y dice -Bueno, ahí tienes tu socialismo-; mi respuesta es que estos regímenes no tienen absolutamente ninguna relación con el principio por el que estoy luchando. La historia de la Unión Soviética no nos dice mucho sobre el «comunismo»… Puedo hacer distinciones entre los aspectos positivos y negativos de un programa político. Me gusta la parte de permitir que los trabajadores obtengan mayores beneficios de su trabajo. No me gusta la parte de poner a los disidentes frente a los pelotones de fusilamiento».

Más cerca de nosotros, Owen Jones escribió que la versión actual del socialismo de Cuba no era el socialismo «real», pero que aún podía convertirse en el verdadero:

«El socialismo sin democracia no es socialismo. El socialismo significa socializar la riqueza y el poder. Cuba podría democratizar y conceder libertades políticas que actualmente se niegan, así como defender las conquistas de la revolución. El único futuro del socialismo es a través de la democracia. Eso significa organizar un movimiento arraigado en las comunidades populares y en los lugares de trabajo. Significa argumentar por un sistema que extienda la democracia al lugar de trabajo y a la economía».

Y la columnista del Washington Post, Elizabeth Bruenig, escribió un artículo con el título auto-explicativo Es hora de darle una oportunidad al socialismo:

«No quiero que sea confundido con una nostalgia por el totalitarismo, pero apoyaría un tipo de socialismo que fuera democrático y que apuntara principalmente a la des-comercialización del trabajo, a la reducción de la vasta desigualdad provocada por el capitalismo, y a romper el dominio del capital sobre la política y la cultura».

A pesar de las diferencias de estilo y énfasis, los artículos de este género comparten una serie de defectos comunes.

Los socialistas insisten en que los ejemplos anteriores de socialismo no eran «realmente» socialistas, pero ninguno de ellos puede decirnos qué es exactamente lo que harían de manera diferente.

Argumentos erróneos

En primer lugar, por mucho que los autores insistan en que los ejemplos anteriores de socialismo no eran «realmente» socialistas, ninguno de ellos puede decirnos qué es exactamente lo que harían de manera diferente. En lugar de proporcionar al menos un esbozo de cómo funcionaría en la práctica «su» versión del socialismo, los autores escapan a la abstracción y hablan de elevadas aspiraciones en lugar de características institucionales tangibles.

«Trazar nuevos destinos para la humanidad» y «democratizar la economía» son bonitas frases de moda, pero ¿qué significa esto en la práctica? ¿Cómo gestionaría «el pueblo» su economía conjuntamente? ¿Nos reuniríamos todos en Hyde Park, y debatiríamos cuántos cepillos de dientes y cuántos destornilladores deberíamos producir? ¿Cómo decidiríamos quién se queda con qué? ¿Cómo decidiríamos quién hace qué? ¿Y si resulta que no estamos realmente de acuerdo en muchas cosas?

No son detalles técnicos triviales que podemos dejar para después de la revolución. Son las preguntas más básicas y fundamentales que un proponente de cualquier sistema económico tiene que ser capaz de responder. Han pasado casi tres décadas desde la caída del Muro de Berlín, tiempo suficiente, hay que pensar, para que los socialistas «modernos» lleguen a algunas ideas para un tipo diferente de socialismo. Sin embargo, aquí estamos. Después de todos estos años, todavía no han pasado de la etapa de las palabras de moda.

En segundo lugar, los autores no parecen darse cuenta de que no hay nada remotamente nuevo en las elevadas aspiraciones de las que hablan y en las frases de moda que utilizan. Darle al «pueblo» un control democrático sobre la vida económica siempre ha sido la aspiración, y la promesa, del socialismo. No es que esto nunca se le haya ocurrido a la gente que estuvo involucrada en proyectos socialistas anteriores. Al contrario: esa fue siempre la idea. Nunca hubo un momento en el que los socialistas comenzaran con la intención expresa de crear sociedades estratificadas dirigidas por una élite tecnocrática. El socialismo siempre resultó así, pero no porque se pretendiera que fuera así.

Los socialistas suelen reaccionar con verdadera irritación cuando un oponente político menciona un proyecto socialista anterior y fracasado. No pueden ver esto como otra cosa que un hombre de paja, y un golpe bajo. Como resultado, se niegan a abordar la cuestión de por qué esos intentos han resultado como lo hicieron. Según los socialistas contemporáneos, los anteriores líderes socialistas simplemente no lo intentaron, y eso es todo lo que hay que saber.

Están equivocados. El economista austro-británico Friedrich Hayek ya demostró en 1944 por qué el socialismo siempre lleva a una concentración extrema de poder en manos del Estado, y por qué la idea de que este poder concentrado pudiera ser controlado democráticamente era una ilusión. Si Hayek volviera de la muerte hoy en día, probablemente lucharía un poco con el iPhone, Deliveroo y los medios de comunicación social, pero instantáneamente comprendería la situación en Venezuela.

En tercer lugar, los socialistas contemporáneos fracasan por completo en abordar las deficiencias del socialismo en la esfera económica. Hablan mucho de cómo su versión del socialismo sería democrática, participativa, no autoritaria, agradable y cariñosa. Supongamos que pudieran probar que Hayek se equivocó y mágicamente hacer que eso funcione. ¿Y entonces qué?

La economía importa

Se podrían evitar los Gulags, los juicios hechos espectáculo y la policía secreta la próxima vez, lo que obviamente sería una mejora inconmensurable con respecto a las versiones del socialismo que existían en el pasado. Pero aún así nos quedaríamos con una economía disfuncional.

En última instancia, el argumento contemporáneo para el socialismo se reduce a: «la próxima vez será diferente porque nosotros así lo decimos».

Los socialistas contemporáneos parecen asumir que una versión democratizada del socialismo no sólo sería más humana, sino también económicamente más productiva y eficiente: reformar el sistema político, y el resto seguirá el camino de alguna manera. No hay razón para ello. La democracia, las libertades civiles y los derechos humanos son todos deseables por derecho propio, pero no hacen, por sí mismos, que los países sean más ricos.

Una versión de Alemania Oriental sin la Stasi, el Muro de Berlín y la brutalidad policial habrían hecho un país mucho mejor que el que realmente existía. Pero incluso entonces: la producción económica per cápita de Alemania Oriental era sólo un tercio del nivel de Alemania Occidental. La democracia, por sí sola, no habría hecho nada para cerrar esa brecha.

Una versión de Corea del Norte sin la policía secreta y los campos de trabajo hubiesen hecho un país mucho mejor que el que realmente existe. Pero incluso así: la brecha entre el Norte y el Sur en cuanto a nivel de vida es tan grande que el surcoreano promedio es 3-8cm más alto que el norcoreano promedio, y vive más de diez años más. La democracia no haría a los norcoreanos más altos, o más propensos a llegar a la vejez.

En última instancia, el argumento contemporáneo frente al socialismo se reduce a: «la próxima vez será diferente porque nosotros lo decimos».

Después de más de dos docenas de intentos fallidos, eso no es suficiente.

PanamPost

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