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España, ante el millón de contagios de coronavirus: de tragedia lejana a hecatombe nacional

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Ainhoa Iriberri

El 31 de enero se detectó el primer caso de Covid-19 en España y menos de nueve meses después la cifra ha crecido hasta el millón de infectados.

A finales de 2019, el mundo recordaba “los felices años 20” y especulaba con la posibilidad de que la década entrante se asemejara al periodo de prosperidad económica que, un siglo antes, había protagonizado una de las mejores épocas de la Historia reciente.

Pero el 31 de diciembre de ese año, la oficina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la República Popular de China recogía un comunicado de prensa de la web de la Comisión Municipal de Salud de Wuhan, que hablaba de algunos casos de neumonía viral en esa ciudad, desconocida hasta entonces por la mayoría.

Sin embargo, la nota llamó la atención de esa delegación de la OMS, porque se lo notificó al comité de Regulación Internacional de la Salud de la oficina regional de la OMS en el Pacífico. Otro organismo de la OMS detectó un informe en un programa de la Sociedad Internacional de Enfermedades Infecciosas que hablaba de un grupo de casos de una “neumonía de origen desconocido” en la ciudad china.

Ese pequeño cúmulo de casos en la ciudad china pronto empezó a crecer, pero siempre dentro de las fronteras de la ciudad. Sólo un diario internacional, The Wall Street Journal, informó del asunto antes de mediados de mes. Había 57 enfermos en Wuham y siete de ellos en estado crítico.

El 22 de enero -un día después de que se detectara el primer caso en EEUU, importado desde la ciudad china-, EL ESPAÑOL publicaba la primera noticia en profundidad sobre un nuevo patógeno llamado entonces virus de Wuhan. Si no fuera dramático por lo que ha pasado desde entonces, el titular podría hacernos reír: “Virus de Wuhan: todo sobre la nueva amenaza de pandemia que ya ha matado a 17 personas“.

Cuando van a cumplirse 10 meses desde ese fecha, el coronavirus Sars CoV-2 ha matado oficialmente en el mundo a 1,1 millones e infectado a 39,5 millones de personas.

En España, las cifras oficiales hablan de 33.735 fallecidos y de 936.560 infectados este viernes. Si todo sigue igual [spoilerlas cosas van mal], alcanzaremos la cifra del millón antes de mediados de la próxima semana.

Situación controlada

El 31 de enero, cuando la idea de los nuevos felices años 20 todavía no se había disipado del todo, el coordinador del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), el epidemiólogo Fernando Simón, afirmaba en rueda de prensa: “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado“; y añadia: “Se espera que no haya  transmisión local y en ese caso sería muy limitada y muy controlada”.

Pero, ¿por qué falló Simón? ¿Por qué lo hicieron muchos otros expertos? ¿Por qué se vio como país tras país parecía que nadie se creía lo que le estaba pasando a su vecino? Este diario ha contactado con varios expertos que han vivido la pandemia en primera línea de fuego y lo primero que llama la atención es que los relatos no coinciden, algo que explicaría cómo la pandemia ha supuesto un cataclismo para todos los países del mundo, aunque España sin duda figura en los primeros puestos del siniestro ranking de infectados y fallecidos.

El jefe de Sección del Servicio de Medicina Interna del Hospital Germans Trias i Pujol, Bonaventura Clotet, recuerda perfectamente cuando escuchó hablar de lo que entonces ni siquiera se llamaba Covid-19. “Lo que más me llamó la atención es que hubiera una especie de protección y silencio por parte de las autoridades chinas y que inclusó el médico que lo detectó por primera vez y que acabó falleciendo fuera castigado… esto me hizo pensar que esto iba a convertirse en una importante epidemia”.

Para Clotet el primer error fue que las autoridades no pensaran que con la globalización actual, la enfermedad pudiera llegar a Europa y España. “Lo ignoramos por protección subjetiva, pero fue un craso error“, subraya, aunque da una explicación para ello: otros dos coronavirus que habían causado epidemias importantes -el SARS y el MERS- no habían llegado a nuestro país.

El infectólogo de su equipo Oriol Mitjà advirtió también de lo que podía venir -previamente, como la gran mayoría, vaticinó pocos casos- y aconsejó a las autoridades catalanas que prohibieran la celebración del Mobile World Congress por riesgo para la salud. Finalmente, fue la propia organización del congreso la que decidió cancelarlo.

 El epidemiólogo y jefe de Medicina Preventiva del Hospital Clínic de Barcelona, Antoni Trilla, fue uno de los expertos que se pronunció en contra de esa cancelación pero, sin embargo, uno de los que primero alertó en Twitter de lo que estaba pasando.

Sin embargo, el especialista -uno de los miembros del Comité Científico Técnico Covid-19 a los que el Gobierno pidió asesoramiento- tampoco se imaginó “la magnitud de esta pandemia”. “Los datos de Wuhan no apuntaban en esta direccion. Lo empezamos a temer al ver la evolucion del brote en Lombardia”, explica a EL ESPAÑOL.

Hasta marzo

La epidemióloga del Hospital del Mar Andrea Burón también recuerda bien cuando escuchó hablar del virus por primera vez. “Fue muy a principios de enero en un grupo de WhatsApp de la Sociedad Española de Salud Pública, en el que Ildefonso Hernández [catedrático de Salud Pública en la Universidad Miguel Hernández de Elche] nos puso en alerta, pero no fue hasta entrado marzo que empecé a ver la posible magnitud del tema“, comenta.

El jefe de Infectología del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, Benito Almirante, es tajante: “Era imposible imaginar antes de marzo que la pandemia tendría esta dimensión”.

Pero igual de tajante es el director científico del Instituto de Investigación del Hospital Universitario de La Paz (IdiPAZ), Eduardo López Collazo, quien supo desde el principio “que esto iba a pasar”, lo que le llevó a tener problemas con amigos y en las redes sociales, porque no daban crédito a sus predicciones.

Ildefonso Hernández, el que mandó aquel primer WhasApp de alerta a especialistas españoles, explica que “las expectativas incluían la posibilidad de que el número de infectados fuera muy alto”, pero reconoce que no imaginó que la letalidad también lo fuera. “Seguramente sesgado por la pandemia de la gripe A [era director general de Salud Pública en España en aquel entonces], pensé que a medida que avanzara la pandemia irían bajando las estimaciones”.

Así, distintos investigadores de excelencia en sus campos tuvieron una percepción diferente de lo que el mundo estaba a punto de enfrentar. Y las cosas siguieron así semanas.

¿Agoreros o previsores?

Unos pocos -a los que entonces se tachaba de agoreros- advertían de que había que tomar medidas ya y se nombraba por primera vez la palabra confinamiento, que en Wuhan se había decretado sin mucho debate -es lo que tienen las dictaduras- y se había prolongado dos meses y medio con una bajada indiscutible de los casos.

Otros, miraban la situación con prudencia acompañada de calma y muchos se aferraban al “aquí no va a llegar” que había servido para epidemias previas.

Lo curioso es que ni siquiera cuando el virus llegó a Europa y a España –el primer caso se detectó el 31 de enero en La Gomera– cambió esa percepción generalizada. Lo empezó a hacer cuando la pandemia se cebó con Italia y, aún así, España seguía sin tomar medidas.

El 14 de marzo, todo cambió: el Gobierno decretaba el estado de alarma y los españoles eramos puestos en cuarentena. Los casos estaban disparados y no parecía haber otra forma de “doblegar la curva”, el término con el que todos nos familiarizamos y que dio resultado para todos, excepto para los 28.000 fallecidos de la primera oleada.

Cuando parecía que nada podía ir a peor, cuando España había bajado las cifras de casos notificados a cifras casi ridículas, se levantó el confinamiento, se acabó el estado de alarma y el país se echó a las calles.

Verano sin control

El control lo tenían ahora las comunidades autónomas y, aunque teóricamente el Gobierno había pedido indicadores de que éstas estaban preparadas para prevenir una segunda oleada, claramente no fue así. Sólo algunas, como Asturias, pusieron en marcha medidas de salud pública, las ya avaladas por la ciencia: detectar casos, localizar a sus contactos, hacer pruebas y aislar a los positivos, algo que en otras regiones no parecían haber leído.

España está ahora inmersa en una segunda oleada que ha vuelto a demostrar que el virus está descontrolado y eso que estamos más preparados que en marzo: hay material de protección individual y se ha avanzado mucho en el conocimiento de la enfermedad.

Clotet cree que los principales avances científicos -en la mayoría han participado los distintos grupos que dirige- son haber demostrado que la Covid-19 hay que tratarla “precozmente”, averiguar que un 20% de infectados no desarrolla anticuerpos neutralizantes -lo que puede favorecer las reinfecciones- y que dos componentes de la sangre de los pacientes curados -suero e inmunoglobulinas superinmunes- podrían cambiar el manjeo de la enfermedad hasta que llegue la ansiada vacuna. “Es la enfermedad sobre la que se ha generado más información y se ha aprendido más en menos tiempo“, resume.

Avances científicos

Y apunta dos hechos también científicos que sin duda han influido e influyen en el curso de la pandemia: que el virus es “muy difícil de manejar porque es muy contagioso” -lo que, a su juicio, explicaría que “en todo el mundo esté sucediendo lo mismo”- y que contamos con una ventaja otorgada por el propio virus: “Hemos visto que muta, pero muy poco y hasta ahora no hemos observado grandes cambios”.

Almirante también se centra en los avances científicos: “Se ha aprendido a diagnosticar la infección y sus complicaciones con rapidez, a conocer sus mecanismos más importantes de transmisión y la manera de prevenirlos, a tener tratamientos que mejoran mucho el pronóstico y a saber bastantes cosas sobre la inmunidad. Queda mucho recorrido y quizás el más relevante tiene que ver con el desarrollo de vacunas efectivas y seguras”.

El resto de expertos consultados por este diario se centra más en otros aspectos de lo aprendido sobre la enfermedad. El más crítico es López Collazo, que sentencia pesimista: “Definitivamente en España y gran parte del mundo no se cree en la ciencia y en su poder para solucionar las cosas“.

Hernández, en la misma línea, señala: “Más allá de los indudables avances en la capacidad diagnóstica y en otros ámbitos, el virus sigue diciéndonos que: o reforzamos las capacidades de los sistemas de salud pública (epidemiología, prevención, reducción de las desigualdades sociales en salud, etc.) o seguiremos con desorden en el control“.

¿Y ahora qué?

Burón cree que una lección que se “está aprendiendo todavía” es que las medidas no se pueden tomar mirando sólo al corto y medio plazo. “Hay que planificar más allá de dos o cuatro semanas y no sólo tener en cuenta las cifras de infectados y la ocupación de la UCI”, añade.

Y aporta un interesante apunte que debería hacernos reflexionar. “Creo que falta también empoderar más a la población y que las medidas las hagan suyas, que no sean tan impuestas, porque tiene que ser un trabajo continuo y no cuando las cifras crezcan”, señala antes de apuntar también a lo que es un clamor entre los científicos de este país: la necesidad de una evaluación independiente.

Por su parte, Trilla señala algo que puede parecer una obviedad pero que, visto lo visto, no todo el mundo debe de tener claro: “Quizas lo mas importante ha sido aprender como una enfermedad infecciosa es capaz de alterar la vida de todos nosotros como lo esta haciendo la Covid-19″.

En menos de cinco días, España llegará al millón de infectados y nada indica que las cosas vayan a mejorar a corto plazo. Quizás escuchar la voz de los expertos serviría para revertir la situación y, sobre todo, para que no pase lo mismo ante la previsible tercera oleada que seguirá a esta segunda.

En cualquier caso, un apunte para los que piensan que nada puede arreglar estos infelices años 20. Los primeros, los de verdad, comenzaron en 1922.

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