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Formación del espíritu supremacista

Formación del espíritu supremacista

El grotesco espectáculo de desafío al orden constitucional en que degeneró la sesión constitutiva de las Cortes se alimenta de un vicio de origen. El hecho de que ya sean más los diputados catalanes partidarios de la ruptura con el Estado que el número de los leales a la Constitución -masivamente refrendada en su día en Cataluña- hunde sus raíces en un fenómeno denunciado por EL MUNDO desde su fundación: el perverso modelo de inmersión lingüística. Una poderosa herramienta de ingeniería social que impulsaron los socialistas catalanes en la esperanza de fomentar la integración de las clases trabajadoras, pero que pronto Pujol convirtió en una máquina de generar buenos catalanes: aquellos que pagaban el peaje de renunciar a su personalidad castellanoparlante, empezando por su lengua materna, para abrazar una identidad alternativa diseñada desde el poder. El que se negaba veía aminorada su proyección en el espacio público y menoscabados sus derechos.

La historia de esta gran discriminación culmina en una crisis política y social que hoy representa la principal amenaza para la supervivencia de la nación democrática instituida en 1978. Ni la experiencia de los tripartitos encabezados por el PSC sirvió para corregir el rumbo -antes bien aceleró la carrera hacia el choque con la Constitución, reforma estatutaria mediante- ni fueran obedecidas las sucesivas sentencias del Constitucional, que ampara el derecho de los castellanoparlantes a recibir un 25% de las asignaturas troncales en castellano. Sentencias nunca cumplidas.

El exhaustivo informe de la Asamblea por una Escuela Bilingüe al que ha tenido acceso este periódico no solo atestigua que la mayoría de los proyectos lingüísticos que rigen en las escuelas catalanas está fuera de la ley. Es que promueven la segregación, el apartheid de la comunidad castellanoparlante: se persigue el objetivo deliberado y sostenido de evitar a toda costa el uso del castellano en aulas, pasillos, patios, comedores o salas de profesores. Las consignas espigadas de un total de 2.214 centros (el 95% del total), están formuladas con el descaro que solo da la sensación de impunidad. “El catalán es la lengua propia de los Países Catalanes”. “No hablar en castellano delante del alumnado”. Hay multitud de ejemplos, tan incómodos para el PP de Méndez de Vigo que aplicó el 155 como para Isabel Celaá, recalcitrante negacionista de un evidente adoctrinamiento.

A los niños catalanes se les educa en el hábito de la exclusión identitaria. Se les está acostumbrando a sentir lo español como extranjero, abocándolos al choque cultural con otros catalanes y el resto de españoles. Se les forma en un espíritu nacional catalán, tan incompatible con el pluralismo como el franquista. Las consecuencias están a la vista de todos.

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