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Iglesias, un peligro para la democracia

Por mucho que nos estemos acostumbrando a la gravísima anomalía democrática que suponen los ataques a la Justicia de uno de los dos partidos que hoy conforman el Gobierno, no se puede restar importancia a la arremetida de Iglesias contra el juez del caso Dina, que ha denunciado ante la policía amenazas de muerte del entorno digital de Podemos. Lejos de asumir alguna responsabilidad o de dar explicaciones por los indicios que han llevado al magistrado a pedir al Supremo que le investiguen, el vicepresidente tiró ayer de argumentario victimista y volvió a arremeter contra el Estado de derecho. Sus palabras se tornaron dislates propios de Puigdemont cuando dio a entender que la Justicia le persigue por sus «ideas». No ahorró descalificaciones contra periodistas, jueces, servidores públicos o políticos, todos según él al servicio de «las cloacas del Estado». El líder populista va tan lejos en su huida hacia adelante que, poniendo en solfa la independencia judicial, comparó su caso con el de los golpistas del 1-O, de quienes insinuó que podrían estar indultados para Navidad. Y amenazó al Supremo: no concibe su imputación «ni como hipótesis».

Hay que decirlo claro. Iglesias se ha convertido en un peligro para el correcto funcionamiento del sistema y aun para la democracia, sustentada en el respeto real por la separación de poderes y la rendición de cuentas. No puede mirar el Gobierno para otro lado, comprometido en su conjunto por las sospechas de posibles delitos y los ataques de Iglesias a los poderes del Estado. No estamos ante «un asunto particular», como si un vicepresidente pudiera seguir en el cargo acusado de un montaje de denuncia falsa. El juez sospecha que delinquió para sacar la «ventaja electoral» que le permite hoy estar donde está. Si le asiste aún la presunción de inocencia que a tantos negó, es porque vive todavía en una democracia a pesar de él mismo.

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