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Junts propone a ERC una coalición para derrotar a Illa

BARCELONA. 13/01/2021. PARLAMENT DE CATALUNYA. EL VICE PRESIDENT DE LA GENERALITAT, PERE ARAGONES, JUNTO A MIQUEL ICETA, HABLA CON VIDAL ARAGONES (CUP) Y JOSEP MARIA JOVE (ERC), SERGI SABRIA (ERC) EL DIA QUE SE DUDA SI AJORNAR LAS ELECCIONES DEL 14 FEBRERO. FOTOS INES BAUCELLS. ARCHDC

El Govern asume la suspensión del 14-F por pánico a votar en plena oleada de Covid

En su primer y único interés por mantenerse en el gobierno, y por retener la presidencia de la Generalitat, Junts per Catalunya se ha fijado como prioridad absoluta evitar la victoria del ministro de Sanidad, Salvador Illa, en las próximas elecciones al Parlament. Por ello el lema electoral con que su candidata, Laura Borràs, está trabajando, es «Ella o Illa». De igual manera, los convergentes quieren protegerse de cualquier tentación de ERC por reeditar el tripartito y han ofrecido a los republicanos aplazar las elecciones al próximo 19 de septiembre, después del verano y de la celebración de la Diada, para preparar una coalición electoral con la que de un lado se asegurarían volver a ser la

primera fuerza política y del otro sofocar el afán de Esquerra por ganarles y sustituirles.

Todos los partidos manejan las mismas encuestas: Illa ganaría hoy las elecciones, seguido de Convergència, y la gran derrotada volvería a ser Esquerra. Pere Aragonès, que no se ha atrevido a ejercer de presidente de la Generalitat por miedo a que los convergentes le acusaran de «ser cómplice de la represión española», tampoco se atreve a mantener las elecciones para el 14 de febrero, temiendo que le perjudique la tensión hospitalaria que pueda sufrir Cataluña dentro de un mes. Los de Puigdemont saben que el PSC tiene muchas opciones de ganar las elecciones, y aunque sería un indiscutible éxito electoral que con todo en contra volvieran a derrotar a los republicanos, piensan que una ERC humillada podría preferir encumbrar a Illa que mantenerlos a ellos en el poder, sobre todo después de las tensiones, golpes bajos y deslealtades que se han vivido en el Govern en los últimos meses.

El problema que tiene Laura Borràs es que lo que en el propósito inmediato sería una victoria —quedar por delante de ERC—, podría llevar a su partido a perder el gobierno y a tener que volver a la travesía del desierto que tuvo que afrontar Artur Mas mientras mandó el tripartito, de 2004 a 2010. Si ya entonces fue un transitar agónico, teniendo CiU estructura, recursos y medios de comunicación afines, estar hoy en la oposición sería mucho más duro, en tanto que Junts no cuenta con una estructura consistente ni con recursos propios, desmantelada la trama corrupta convergente en parte por la Justicia y en parte por los propios convergentes. Borràs insiste en público en que quiere que se mantenga la fecha electoral del 14-F, pero sabe que si todo continúa igual, su partido no sólo podría perder la presidencia, sino cualquier atisbo de poder (y de prebendas).

Presión convergente

La coalición electoral, o candidatura unitaria, ensayada en 2015, bajo el nombre de Junts pel Sí, tuvo unos pobres resultados electorales, y al depender la formación de gobierno de la CUP, Mas tuvo que retirarse y dejar paso a Carles Puigdemont. Esquerra, que no quería la lista única, acabó cediendo a la presión convergente, y así Junqueras desaprovechó su primera oportunidad real de convertirse en presidente de la Generalitat. El segundo intento fallido fue en diciembre de 2017, con una campaña de tan bajo perfil que volvió a Aragonès más pequeño y gris de lo que incluso a simple vista parece. También ha sido Aragonès quien ha desaprovechado estos últimos meses, tras la inhabilitación de Quim Torra, la tercera ocasión que los republicanos han tenido de hacerse de hecho con la presidencia; y pase lo que pase con las elecciones del 14 de febrero, o cuando se acaben celebrando, todas las encuestas sugieren que van a suponer el cuarto chasco consecutivo para los republicanos.

Las encuestas sugieren también que los catalanes han dejado de confiar en ERC como proyecto político ganador. Es de dominio público que, por contundentes que sean sus promesas, y por firme que sea su intención inicial de cumplirlas, al final, el partido no toma sus decisiones con criterios políticos o de lealtad a sus votantes sino por miedo a las críticas que van a recibir de los convergentes. Cuando Miquel Iceta aún era el candidato del PSC, almorzando con un importante representante de Esquerra, le dijo que a pesar de la sintonía personal y de la relativa cercanía ideológica —dejando a un lado el independentismo—, «la posición oficial de los socialistas es que no nos fiamos de vosotros, porque lo que en última instancia vais a hacer no tendrá que ver con vuestras ideas o con vuestro compromiso, sino con vuestro problema con Junts». Lo que Iceta hacía tiempo que había detectado, los catalanes en general lo van notando a medida que el día de las elecciones se acerca, y giran las encuestas, y siempre acaba por ganar Convergència.

Si ERC no cediera a la idea de Junts de esperar a septiembre, y lo lógico sería que no cediera, aunque la experiencia nos dice lo contrario, la fecha electoral en la que piensa Aragonès es el 30 de mayo, asumiendo que el programa de vacunación habrá dado ya sus primeros resultados y que las restricciones en la cotidianidad de los catalanes habrán podido relajarse.

«Radicalidad»

Esquerra, que ha renunciado a la unilateralidad, fía su éxito electoral a la gestión y a la capacidad de pactar con el Gobierno. Habiéndose negado Sánchez a conceder los indultos a los condenados por sedición, por no perjudicar las expectativas del candidato Illa, los republicanos dependen casi exclusivamente de su eficacia como gobernantes, ahora en entredicho por el descontrol de la crisis sanitaria.

Junts, que juega a reclamar elecciones, aprovechará el aplazamiento electoral para acusar a Aragonès de cobarde y de tener miedo de perder, a la vez que propondrá la coalición para quemar el «efecto Illa». Haga lo que haga, Aragonès tendrá en sus socios de gobierno a sus principales detractores. Ciudadanos se ha pronunciado a favor del aplazamiento por ver si mengua el inicial éxito del ministro de Sanidad y consiguen retener aunque sólo sea una porción de los votantes que hoy volverían a votar al PSC. La CUP también se ha mostrado partidaria de posponer la cita con las urnas.

Llama la atención que en una comunidad como la catalana, en que todo el mundo puede salir a almorzar, a hacer la compra y a pasear aunque sea con toque de queda, precisamente los partidos independentistas, que tan partidarios de la «radicalidad democrática» se proclaman, hablen sin apuro de cambiar la fecha de unas elecciones que ya han sido convocadas. Un alto cargo del PSC ha dicho que «se empieza diciendo que lo del 1 de octubre fue un referendo y se acaban suspendiendo unas elecciones cuando no te gusta el resultado».

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