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La dirección republicana trata de pasar página a la «era Trump»

Cuando el vicepresidente Pence dijo que era inconstitucional anular los resultados de las elecciones, la masa asaltó el Capitolio para lincharlo

El miércoles, a los republicanos les llegó el momento de la verdad. Una turba violenta acababa de asaltar el Capitolio y se disponía a tomar el Senado, donde el vicepresidente Mike Pence acababa de anunciar que no podía invalidar los resultados de las elecciones porque sería ilegal. Desde fuera, los asaltantes gritaban: «¡Colgad a Pence!». Durante el saqueo, el presidente hizo algo que ya había hecho en numerosas ocasiones durante su mandato: dejó a otro republicano a los pies de los caballos. Mientras la masa enfurecida quería linchar a Pence, el presidente le llamó en Twitter traidor e ingrato. El Servicio Secreto se lo llevó al búnker.

Culminaban así cuatro años de ponerse de perfil, de tragar con otra provocación

de Trump con tal de facilitar, decían, la gobernabilidad y, al menos, asegurarse logros como tener una Corte Suprema de sólida mayoría conservadora. Fue el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, quien le arrebató el Partido Republicano de los brazos a Trump con un importante discurso que pasó desapercibido sólo porque lo pronunció minutos antes del saqueo. En él dijo: «Debemos respetar los límites de nuestro propio poder. No podemos imponernos y anular las decisiones de las cortes y de los estados en base a unos argumentos tan pobres».

La hora del vicepresidente

Trump le estaba pidiendo a su partido que anulara las elecciones en los estados que ganó en 2016 pero perdió en 2020. Cada vez más aislado y solo, exigía lealtad extrema para silenciar a Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Georgia y Arizona y a las cortes de justicia, por medio de una estratagema en el Capitolio que va en contra de todo lo que creen y defienden los republicanos. Según dijo el propio vicepresidente Pence, «tras meditarlo detenidamente, mi juramento de apoyar y defender la Constitución me impide reclamar una autoridad unilateral para determinar qué votos electorales deben contarse y cuáles no».

Aquel fue el momento en que los críticos con el presidente dieron un paso al frente para educar a su partido en lo que ellos llevan denunciando años. Fue sobre todo Mitt Romney, candidato a la presidencia en 2012 y senador por Utah, quien le explicó de una y mil maneras a sus compañeros de partido que lo que estaba haciendo Trump iba en contra del ADN mismo del partido. Él les abrió los ojos en un apasionado discurso pronunciado ya de madrugada, recuperada por la policía la sede del poder legislativo: «Lo que el presidente ha provocado hoy es una insurrección, no se puede llamar de otra forma».

Insurrección. Un presidente en ejercicio negándose a aceptar los resultados de unas elecciones, desoyendo a la Corte Suprema, queriendo invalidar la voluntad de los estados, en guerra con su propio partido. Trump no se estaba comportando como un republicano, sino como un tirano, como un mentiroso, como un egoísta.

Esa es la calificación de la senadora republicana Lisa Murkowski, de Alaska, que no se ahorró adjetivos al hablar del presidente en una entrevista concedida al día siguiente en la que pidió varias veces su dimisión. «Ha dejado a todas las personas que le han sido leales a los pies de los caballos, comenzando por el vicepresidente. No quiere estar donde está. Solo quiere quedarse allí por el cargo. Solo quiere quedarse ahí por su ego. Debe irse. Debe hacer algo bueno por una vez, pero no creo que sea capaz de hacer algo bueno», dijo Murkowski, que luego insinuó que considera irse del partido.

«[Trump] Solo quiere quedarse allí por el cargo. Solo quiere quedarse ahí por su ego. Debe irse. Debe hacer algo bueno por una vez, pero no creo que sea capaz de hacer algo bueno», declaró la senadora republicana Lisa Murkowski

Así quedaba Trump completamente aislado en la Casa Blanca, rodeado sólo por su familia y por una serie de asesores que no tienen relación alguna con su partido. Según han filtrado a la prensa varios asesores, el presidente no entendía cómo su partido no veía que la ira de aquella gente era buena, porque se negaban a aceptar el fraude electoral que él llevaba semanas denunciando. Sólo cuando sus abogados le dijeron que podría ser recusado, expulsado y enjuiciado por incitar a la insurrección, Trump aceptó grabar un comunicado en vídeo en el que aceptaba finalmente la victoria de Biden.

Para su partido era tarde. Estaba ya fracturado. La Cámara de Representantes es territorio trumpista, porque se renueva cada dos años y hay primarias constantemente. Allí, más de un centenar de diputados se opuso a aceptar los resultados de las elecciones. Pero el Senado ha quedado como el reducto de la mesura y la razón. Allí se encontraron los senadores más veteranos con el vicepresidente, y allí decidieron que era hora de dejar caer a Trump, ya que la República no aguantaría un solo momento más de aquellas provocaciones.

Por supuesto, para los demócratas no es suficiente. Ese distanciamiento llega para ellos tarde. El Capitolio ya estaba rodeado sin que Pence y otros veteranos republicanos hubieran salido a desmentir a Trump y sus falsas denuncias de fraude. Cuando lo hicieron, la masa enardecida por el presidente, estalló y asaltó la sede del poder legislativo. Por eso, la líder demócrata, Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, le pidió más al otro partido. Exigió que o bien el vicepresidente declare a Trump incapaz y lo destituya o a los senadores y diputados republicanos que se le unan en el juicio político del «impeachment». «Es la única forma», dijo, «de ahorrarnos que todo esto acabe como una película de terror».

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