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La noche en que el secesionismo radical covirtió Barcelona en un infierno: «Nos querían matar»

Dos antidisturbios rememoran con ABC la noche en la que el secesionismo radical convirtió Barcelona en un infierno

Alfredo relee aquellas líneas que escribió sobre las tres de la madrugada ya desde la habitación del hotel. Hacía pocas horas que se había dejado la piel, casi literalmente, frenando desde primera línea a los radicales que habían tomado la plaza de Urquinaona de Barcelona para vengarse por la sentencia del «procés». Con la relativa calma de verse, por fin, lejos de las barricadas, pero con el cuerpo y el corazón todavía calientes por los acontecimientos, Alfredo apuntaba: «Ha sido muy duro, muy duro. No me había visto en una situación igual, ni parecida, en mi vida. Hemos tirado absolutamente todo lo que teníamos, más todo lo que nos iban trayendo. Nos querían matar. Una cosa está clara, hoy buscaban un muerto».

Ahora, en el primer aniversario de los disturbios más graves en la historia reciente de Cataluña, este agente antidisturbios de la Unidad de Intervención Policial (UIP) de la Policía Nacional, en una charla con ABC, se ratifica en cada coma de unos párrafos que se hicieron virales entre los compañeros que esa noche pisaron el mismo infierno. «Ese nivel de odio hacia nosotros no lo había visto nunca; si llegan a conseguir aislarnos, nos hubiesen matado», resume a este diario.

Con cuatro lustros de experiencia en la Policía Nacional a sus espaldas, la mayor parte de ellos con el uniforme de la UIP, Adolfo –nombre ficticio, por razones obvias– formaba parte del vasto contingente que la Policía envió a Cataluña pocos días antes de la sentencia del «procés» –que condenó a los líderes independentistas– para apoyar a los Mossos d’Esquadra ante la amenaza de unas algaradas que, efectivamente, acabarían consumándose. La bautizaron como Operación Ícaro. Llegaron unos días antes de que el lunes 14 de octubre de 2019 el tribunal dictase penas de hasta 13 años de cárcel para los políticos secesionistas. Iban para poco tiempo, pero acabaron asentándose tres semanas en Barcelona ante un carrusel de jornadas de desórdenes que parecía no tener fin.

Los disturbios comenzaron el mismo lunes, con la convocatoria de la plataforma anónima Tsunami Democràtic para tomar el Aeropuerto de Barcelona. En noches sucesivas, y ya con los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR) capitaneando los ataques, se reprodujeron los incidentes con variadas intensidades. Martes, miércoles y jueves, parecidas secuencias en distintos escenarios del centro de Barcelona, donde los radicales representaron su violento espectáculo: barricadas de contenedores ardiendo; mobiliario urbano, público y privado, destrozado, y hasta media docena de coches en llamas componían el macabro decorado. Y la acción: una torrencial lluvia de objetos cayendo sobre los agentes, tanto de la Policía Nacional como de la Brigada Móvil (Brimo), los antidisturbios de los Mossos d’Esquadra. Aquellas noches los CDR no hicieron distinciones. A diferencia de lo ocurrido con el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017, esta vez los manifestantes no discriminaban entre «nuestra policía», los Mossos, y las «fuerzas de ocupación», Policía Nacional y Guardia Civil, que ahora protegía instalaciones críticas como el aeropuerto. Cualquier agente les servía como diana sobre la que descargar su furia y los adoquines.

Y llegó el viernes 18 de octubre, fecha de la que hoy se cumple un año. Con la plaza de Urquinaona como telón de fondo, los violentos multiplicaron su agresividad contra unos agentes exhaustos tras maratonianas jornadas de trabajo. La «batalla de Urquinaona», que el independentismo radical ya ha mitificado, relegó las hostilidades de las veladas anteriores a meros ensayos generales de la ola violenta que desplegaron esa noche. «En esta, el riesgo se multiplicó exponencialmente. Desórdenes públicos de una magnitud que no recordaba», resume ahora Alfredo para ABC. Si en los días previos lo que la línea policial trataba de repeler eran sobre todo piedras y botellas, ese viernes les arrojaron centenares de adoquines arrancados de la calzada –apreciables en la fotografía que encabeza este reportaje–, e incluso tapas de alcantarilla y cócteles molotov. Dos policías resultaron heridos de gravedad: uno de ellos, el gallego Iván Álvarez, todavía hoy sufre secuelas. Una piedra le reventó el casco, provocándole una fractura en la base del cráneo. Se desplomó sobre el asfalto.

En los párrafos que Alfredo se apresuró a escribir aquella noche en la habitación del hotel calificaba de «extrema» la violencia a la que sus compañeros y él se acababan de enfrentar. Habían ganado la batalla a los radicales, sí, pero «con mucho oficio y algo de suerte», según dejó anotado antes de dormir. Y aludía en concreto el vendaval de hostilidades al que, según su versión, fueron sometidos los seis agentes de su furgoneta: «Si no fuera porque el conductor estuvo echando viajes para que pudiéramos reponer y mantener la posición, nos destrozan».

El factor odio

La de Urquinaona fue una batalla diferente a cualquier otra, una función única. Con la perspectiva de las 55 semanas transcurridas, Alfredo no tiene duda de cuál fue el elemento diferenciador entre lo vivido esos días en Barcelona –en especial aquel viernes en Urquinaona– y otros disturbios violentos a los que se ha enfrentado en dos décadas de carrera. Lo denomina «factor odio». Y se explica: en huelgas de mineros o de trabajadores del metal, por ejemplo, estos defienden sus derechos «de forma salvaje», pero luego el enfrentamiento se disuelve. Incluso pueden encontrarse en los bares con los alborotadores y saludarse sin acritud. Pero en Urquinaona aquella noche, en la que Alfredo estuvo durante horas en primera línea, lo que sobrevolaba, al compás de una «lluvia de adoquines», era «mucho odio».

Esta valoración la comparte Fernando –nombre ficticio–, un agente de la UIP que conducía uno de los furgones policiales. Él también alude al «factor odio» como identificador de la «batalla de Urquinaona» respecto a otras jornadas de protestas violentas ajenas al independentismo. Fernando lo sabe bien, no solo por que, como Alfredo, lleve lustros vistiendo el uniforme de la UIP, sino porque además es catalán y conoce bien el terreno y el contexto sobre el que los radicales aquella noche exhibieron una hostilidad nunca vista en la historia reciente de esta comunidad autónoma. Fernando formó parte del operativo cada noche, y se reafirma en que ninguna fue tan violenta como la de Urquinaona: «El peor día de mi vida profesional y de mis compañeros de furgoneta. Yo pensaba que nos iban a matar». Había un «odio total», insiste. «Esa noche querían muertos».

A última hora de aquella tarde del 18 de octubre, mientras Alfredo y decenas de agentes se batían ya con los violentos en el escenario de Urquinaona y alrededores, Fernando era uno de los agentes que protegían la sede de la Delegación del Gobierno, a un kilómetro del epicentro de las hostilidades. Por la emisora llegaban noticias inquietantes de Urquinaona. «Nos estamos quedando sin munición», «no nos quedan pelotas» o «policía herido», fueron algunas de las alertas que escucharon. Les ordenaron acudir en su ayuda, pero no fue fácil. Las barricadas en llamas les entorpecían el paso. Querían llegar a Vía Layetana, donde a pocos metros de Urquinaona está la Jefatura Superior de Policía, pero les costó. «Nos quedamos encerrados», recuerda. Y mientras, los radicales se afanaban en destrozar el vehículo a pedradas: «Si la furgoneta se llega a quedar parada, nos matan. Era una guerra». Quedaron bloqueados, rodeados, sin salida y bajo una «lluvia de adoquines».

De la mano de los Mossos

La colaboración de la Brigada Móvil de los Mossos fue clave: consiguió abrirles el paso. Aquella noche la comunión entre policías nacionales y mossos fue total. En eso también coinciden Alfredo y Fernando. «Hubo momentos de hermanamiento y compañerismo puro», destaca el primero. «Aquella semana volvimos a ser hermanos», añade el segundo. Se refieren a la actitud diferente que percibieron en la Policía autonómica respecto a la supuesta complacencia –que investiga la justicia– que los Mossos mantuvieron durante el referéndum ilegal de 2017. «El 1-O se les echó en falta», resumen. En Urquinaona, en cambio, combatieron juntos «codo con codo». Este diario intentó, sin éxito, recabar el testimonio de agentes de la Brigada Móvil de los Mossos sobre los disturbios postsentencia.

Alfredo y Fernando no solo coinciden –en charlas por separado con ABC– en destacar la sintonía con los Mossos, el «odio» de los alborotadores de Urquinaona y en situar aquellos disturbios como los más graves a los que se han enfrentado en sus carreras. Además, comparten críticas a una «pésima gestión de recursos humanos y materiales en momentos críticos» por parte de sus superiores. «¡Nos ponen en peligro por cobardía política y falta de capacidad!», lamenta Alfredo. Y pese a ello, y «a base de asumir mucho riesgo», ganaron la batalla. Por eso, de madrugada en el hotel, antes de apagar la luz, Alfredo dedicó la última línea de su escrito a sus compañeros: «Me siento profundamente orgulloso de todos ellos». De todos, insistía. Pero algunos fueron condecorados, y otros no.

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