Portada » Los agentes que luchan contra el narco: “Nos jugamos la vida y los jefes se llevan las medallas”
Actualidad

Los agentes que luchan contra el narco: “Nos jugamos la vida y los jefes se llevan las medallas”

Agentes de la Guardia Civil, durante una operación contra el narcotráfico. Guardia Civil

Cristian Campos 

Los narcotraficantes aumentan el nivel de violencia a medida que la presión de las Fuerzas de Seguridad y los ataques de otros narcos ponen en riesgo su negocio.

“¿Qué vas a hacer? ¿Pegarle un tiro a un tipo que trafica con hachís? No es un terrorista. Ni siquiera trafica con heroína o cocaína. El tráfico de hachís es un delito menor”.

Así responde un agente de la Guardia Civil destinado a la costa andaluza, por supuesto bajo condiciones de estricto anonimato, cuando le pregunto por los protocolos de actuación con los que debe hacer frente a los narcotraficantes. “Cuando tocan tierra las gomas [las lanchas en las que se transportan los fardos desde Marruecos a España], movilizamos el dispositivo para cerrar las vías de escape de los vehículos que sacan los fardos de las playas. Y lo que tenemos para parar esos coches son unos simples pinchos”.

“Plomo”, pedía hace unos días el diputado y secretario general de VoxJavier Ortega Smith. Una charla con los agentes de la lucha contra el narcotráfico destinados a Huelva, Cádiz y Málaga muestra sin embargo una realidad bastante más compleja que ese cliché que habla de unos narcotraficantes envalentonados por los complejos de un Gobierno débil frente al delito.

“Embiste y huye”

Hace diez días, dos agentes de la Policía Nacional fueron heridos al ser embestido su coche patrulla por un BMW X5 que había sido robado en Marbella y que estaba siendo utilizado por dos narcotraficantes para transportar 16 fardos de hachís de unos 800 kilos de peso en total. Uno de los dos agentes embestidos sufrió la amputación del brazo a consecuencia del choque.

Sólo un día después, otro vehículo conducido por narcotraficantes intentó arrollar en Estepona (Málaga) a una patrulla de la Guardia Civil. Dos agentes resultaron heridos. Poco después, fueron detenidas cuatro personas, a las que se requisó tres armas de fuego.

La coincidencia en sólo 24 horas de dos choques con un modus operandi muy similar reveló algo que es un secreto a voces entre aquéllos que conocen la realidad del narcotráfico en la costa andaluza. Los traficantes están incrementando el nivel de violencia y no dudan en embestir a los agentes con vehículos que doblan el peso de los utilizados por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

“Ahora, al menos, podemos utilizar todo lo confiscado a los narcos para la lucha contra el propio narcotráfico”, dice otro agente de la Guardia Civil. Y todo es todo. Desde los vehículos de alta gama utilizados por los narcotraficantes, con precios que superan los 100.000 euros en el concesionario, hasta sus lanchas, con precios que rondan los 300.000 euros, e incluso sus neveras.

“Yo he visto cosas increíbles” continúa uno de los agentes. “Se trata de gente que teóricamente está en paro, pero que vive en unas mansiones que sólo se ven en las películas. Vas a detenerlos y ves esculturas, televisores como mesas de ping-pong, coches de lujo en los garajes. Son gente acostumbrada a un ritmo de vida de 100.000 euros al mes“.

Un ritmo de vida que está viéndose amenazado cada vez con mayor intensidad por la actuación de unos agentes que se juegan la vida noche tras noche.

“No miente el ministro Marlaska cuando dice que están desesperados. Algo de razón tiene en el sentido de que esta gente ha hecho lo que ha querido durante 15 años. Pero desde hace 3, estamos golpeándoles fuerte. Y ahora se ven cosas que no se veían antes. Le vuelan la cabeza a uno, hay un tiroteo en Marbella… Eso demuestra nervios. Pero no van a parar. Si hay demanda, seguirá habiendo oferta“.

La Segunda División Narco

Ninguno de los agentes consultados considera la situación de la costa andaluza siquiera remotamente comparable a la del narcotráfico gallego en sus momentos más tensos.

“Se están profesionalizando, sí, pero lo del hachís sigue siendo otra liga”, dice un agente. “El hachís es la segunda división del narcotráfico. La cocaína es droga dura y se castiga con penas muy altas. El hachís está castigado con penas de 3 a 5 años. Así que les da igual que les cojan con un kilo o con 100 en el maletero. Van a ir a la cárcel tres años. Hemos detenido gente con 500 kilos sin antecedentes y sólo les obligan a ir a firmar cada mes. Ni siquiera van a la cárcel”.

Pero que las penas sean relativamente leves no quiere decir que todos los narcotraficantes se dejen apresar mansamente. De hecho, cuanto mayor es la presión de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, más se tensa el ecosistema del narcotráfico.

Un ecosistema que nació cuando la invasión soviética de Afganistán y la posterior estadounidense a raíz de los atentados del 11-S convirtieron a Marruecos en el principal productor mundial de hachís a principios del siglo XX.

Marruecos produce hoy aproximadamente el 65% del hachís mundial y se estima que el narcotráfico supone entre el 10% y el 25% de su PIB. De ahí la vista gorda de las autoridades marroquíes, que alcanza niveles de ceguera absoluta en los valles de Ketama, donde se produce el 95% del hachís que exporta el país.

Cuando el hachís empezó a fluir desde Marruecos hasta España a principios de la década de 2000, la costa andaluza se convirtió en la puerta de entrada de la droga a Europa. Y durante 15 años, como ocurrió también durante los primeros años del tráfico de cocaína en Galicia, los narcos locales pudieron disfrutar de una relativa tranquilidad que les permitía operar sin demasiados quebraderos de cabeza.

El contrabando de hachís no era en aquel momento una prioridad del Gobierno español. Demasiado minoritario, demasiado amateur, demasiado leve.

Todo eso cambió a partir de 2018, cuando el trapicheo en la región empezó a adquirir categoría de narcotráfico a gran escala y el Gobierno decidió enviar a unidades de elite de la Guardia Civil para luchar contra él.

El punto de inflexión fue la fuga de un narco del Hospital de la Línea de la Concepción, donde había sido internado, con la ayuda de 20 encapuchados que arremetieron a puñetazos y patadas contra los policías que lo custodiaban. La humillación del Gobierno pudo verse incluso en los telediarios de otros países europeos. España corría el riesgo de ser visto como el México europeo: un país incapaz de imponer el orden frente a las mafias de la droga.

“Nunca nos fuimos”

“Se les fue de madre”, dice otro de los agentes. “Sacaron a ese narco del hospital, atropellaron a dos agentes y el Gobierno dijo ‘vale, hemos perdido el control’. Ocurrió lo mismo con la cocaína en los años 80. Así que nos bajaron a nosotros para reinstaurar el principio de autoridad“.

No para acabar con el problema, sino para reinstaurar el orden. El detalle es importante. “No nos bajaron para terminar con el narcotráfico”, puntualiza ese mismo agente. “Nos bajaron para estabilizar la situación, hacer detenciones e irnos cuando todo estuviera todo más o menos controlado. Pero nunca nos hemos ido. Y llevamos tres años aquí”.

“A las autoridades lo que les interesa es ‘se ha detenido a tantos, se ha pillado tanto’. Pero no hay un interés real por acabar con esto. No le interesa ni al Estado ni a nadie”, dice otro de los agentes, muy crítico con lo que ve como una lucha sin fin contra un problema con el que no se acaba por la vía policial.

“Mientras haya demanda, habrá oferta. ¿Es que no aprendimos nada de la Ley Seca americana? Estamos más vendidos que la leche. El tráfico de hachís no es importante para el Estado. Algo importante es Cataluña, que te jode la estabilidad del país. Pero… ¿el contrabando de hachís?”.

“¿Qué interés tiene entonces el Gobierno en que estéis aquí?”, le pregunto a los agentes. “Una flota de coches cojonudos, dinero sin justificar confiscado al narco y operaciones de vez en cuando que quedan bien en el telediario. ‘Han detenido a este, han detenido a este otro’. Y si de vez en cuando ocurre una tragedia, pues mala suerte para el agente, pero eso te garantiza el respaldo de los ciudadanos. Nosotros nos jugamos la vida”.

“Y medallas para los jefes” añade otro. “Los jefes te dicen ‘bueno, bueno, no te pongas rojillo’. Pero es que, ¿qué les interesa a ellos? Pues las intervenciones, las detenciones, las fotos. ¡Si van con unos carros que no me sé ni la marca de lo brutales que son! Haces una entrada y está el equipo de intervención, el equipo de información y el equipo de seguimiento, todos con sus respectivos jefes y tenientes, y según entran se rifan los coches entre ellos“.

“Joder, que ves gente alijando en la playa, a plena luz del día”, puntualiza otro. “Lo que habría que hacer es legalizarlo. ¿Qué pasaría si se legalizara el hachís? Pues nada. Las primeras semanas habría más gente en los hospitales con un colocón, porque los españoles somos así. Pero nadie se muere de un colocón. Luego se normalizaría todo y no pasaría nada. Y el Gobierno se llevaría una pasta en impuestos”.

Cofradías de pescadores

El perfil del narco no es siempre el mismo. Pero algunos patrones se repiten con regularidad. “Hay de todo. El perfil del tío de la lancha es alguien de allí de toda la vida, que se conoce el lugar, que ha empezado con el contrabando y se ha acabado metiendo en esto por dinero“.

Un solo viaje en lancha puede reportarle al piloto unos 15.000 euros. A veces, más. Un fardo de 30 kilos de hachís, que son los que suelen verse en los noticiarios de televisión cuando se produce una incautación, cuesta en Algeciras unos 30.000 euros. 45.000 si es de 45 kilos, otro de los pesos estándar utilizados por los narcos. Pero a medida que el hachís sube hacia el norte, su precio se multiplica. Cuando llega a la calle, su precio es 20 veces mayor al de origen en Marruecos.

“Muchas veces hemos detenido a chavales cuyos padres, pertenecientes a las cofradías de pescadores, ya estaban metidos en esto”, dice un agente. “No han visto otra cosa. Si estás en la zona con más paro de España ni siquiera te hace falta montarte en una lancha de hachís. Te puedes llevar 2.000 euros por recoger fardos en la playa y una carrera de 20 metros. O 300 euros por quedarte parado en una rotonda toda la noche para avisar de cuándo pasa la policía”.

“¡Pero si son chavalitos!”, responde otro. “A esos no les pueden hacer nada”.

“Cuando llegamos a Algeciras, el primer año, había alijos con gomas de hasta 3.000 kilos. Y hacían 6 o 7 alijos en una noche, que nosotros supiésemos. Ahora lo que hacen, gracias a toda la presión que les metemos, son 3 o 4 fardos. Los meten a través de las calas. ¿Conoces la zona de Tarifa? Son muchos kilómetros de costa. Entre una cala y otra son 5 minutos en lancha, pero tú a lo mejor tardas 40 minutos con el coche. No podemos competir con eso. No creo que pillemos ni un 10% o un 20% de todo lo que entra”.

Narco contra narco

Pero el incremento de la tensión y la competencia entre narcos ha sumado un peligro más al de la táctica del ’embiste y huye’ que los traficantes emplean ahora. La de los ‘palos’ entre los propios narcos.

“El principal riesgo es que se te lleven puesto con el coche. Que te embistan. Pero lo que no ha salido en ningún medio es que los propios narcos a veces se atacan entre ellos”.

El proceso habitual del tráfico de hachís es sencillo. La droga llega en lancha a una playa o a una cala, donde es recogida por una ‘colla’ [banda] de narcos que la transporta en coche hasta lo que ellos llaman ‘guarderías’ y que no son más que almacenes de hachís. Desde allí, la droga se distribuye en camión o por otros medios hacia su destino final.

“El problema es que los mismos narcos, cuando saben dónde tiene la guardería otro narco, se dan palos entre ellos. Incluso van disfrazados de policía. Nos hemos llegado a encontrar a gente esposada en el suelo con un palizón que te cagas porque otro narco se había metido en la guardería para robarle. Gracias a nuestra presión, a algunos les parece más fácil que otro meta la droga y ellos robársela luego”.

“El riesgo es que cuando entramos en las casas hemos de dejar muy claro que somos agentes porque el que está dentro ya no sabe si le estamos entrando nosotros u otros narcos. Y la reacción de él va a ser diferente en uno y otro caso. Algunos llevan una paranoia en la cabeza que no te la puedes ni creer. Y van armados. Así que mejor dejarles claro que no eres otro narco. Por eso les gritamos veinte veces “¡Guardia Civil!”. Ya ha habido algún que otro tiroteo que no ha salido en los medios porque no ha pasado nada. Pero podría haber pasado”.

“Otras veces descargan, los pillas y huyen”, dice otro agente. “Y si te quedas vigilando la droga aparece una ‘colla’ de 40 narcos y a ver qué haces ahí. A más de un compañero le han partido la cara yendo de verde y chillando ‘¡Guardia Civil!’. Ellos se juegan la cárcel y no van a arriesgar la libertad para nada“.

“El ritmo no baja. Y eso, después de tres años, no es bueno. Se ha detenido mucho, se ha incautado mucho y ya no es lo de antes. Lo dicen los jefes. Pero a nivel laboral, para nosotros es lo mismo. Siguen pasando desgracias”, dice uno de los agentes.

“Lo llamamos narcotráfico porque es una droga, pero es un delito menor”, añade otro.

“Ellos incluso se rinden muchas veces. ‘Bueno, voy a ir tres años a la cárcel. Aquí lo dejo’. Pero si van con un coche robado, cargado y demás, pues piensan ‘si me libro, me libro’. Y arriesgan, lo que es un peligro para ti. Se nos escapa la mayoría“, añade un tercero.

“¿Sabías que han caído policías y guardias civiles, e incluso jefes, por complicidad con el narco? Eso no se cuenta en los telediarios. Por eso, al Gobierno tampoco le interesa darle demasiado vuelo al tema del tráfico de hachís. Tanto dinero es malo para todo el mundo“.

Etiquetas
----