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Martínez-Almeida: El buen capitán bajo la tormenta

Es la gran revelación frente a la adversidad. Su lema es «experimentos, pocos. Trabajo, mucho»

Ha sido la gran revelación frente a la adversidad. Desde que llegó al Ayuntamiento de Madrid nada le ha sido fácil a José Luis Martínez – Almeida. Pero la tremenda crisis de la pandemia y la descomunal nevada como nunca se recuerda han puesto a prueba a este hombre que practica la política con mesura, diálogo y buenas formas sin renunciar a la crítica cuando es necesario. «Es un buen capitán en medio de la tormenta», dicen en su equipo y en Génova trece, dónde Almeida figura ya en la actual dirección como portavoz nacional del PP. A pico y pala, resbalones incluidos, con su apariencia menuda a la par que enérgica, el alcalde ha visitado hospitales y centros de salud, se ha pateado los barrios sepultados por la nieve, se ha montado a lomos de un furgón de la Policía Municipal y ha logrado la intervención de la Unidad Militar de Emergencias (UME) en total cercanía con sus vecinos. “Alcalde, ¿Cómo usted por aquí”, le dijo uno de ellos al verle caminar a tumbos por las maltrechas calles del barrio de Bellas Vistas y combatir el frío con un café en una típica taberna.

Este hombre simpático y socarrón cae bien a todo el mundo, incluso a sus rivales políticos de la oposición, con quien ha logrado aprobar los Presupuestos del Ayuntamiento de Madrid. Un coloso con más poder que muchos ministerios, que Martínez -Almeida gobierna con humildad y templanza. «Hay que ser cercano con la gente», repite una y otra vez a cuántos le rodean. «Alcalde, ¿Cuándo quitan el hielo?». «Alcalde, que estamos en la ruina». «Alcalde, ¿Cuándo abren los colegios?. Alcalde, que se han caído los árboles»….Así, una tras otra, retumban en los oídos de Martínez-Almeida las inquietudes de los vecinos. Por los barrios más afectados de Madrid, con su jersey «pulligan» de cuello alto y su «trench» abotonado a prueba de gélidas temperaturas, el regidor madrileño no para. A pesar de la tragedia sanitaria, económica y meteorológica, nunca pierde los nervios y tiene tiempo para el humor. «El buen humor siempre levanta el ánimo», afirma José Luis Martínez- Almeida ante el desolador panorama.

«La nevera de un soltero da miedo», dice con sorna el alcalde, quien juega a la ambigüedad con su vida privada. «Ni soltero, ni de oro», añade después para jugar al despiste, mientras algunos le sacan como pareja a la joven diputada Beatriz Fanjul, algo que los dos se lo toman «con vacile». Lo cierto es que a este peculiar personaje, que luce su baja estatura y su sonrisa ampulosa sin una pizca de presunción, es difícil hincarle el diente. Con su aspecto sencillo y bonachón, él mismo se ríe de su aspecto físico. «La guapura se lleva por dentro», advierte con sorna. Lo mismo se marca un cocido madrileño en alguna tasca de la ciudad, recibe a los Reyes Magos de Oriente como un fiel paje, o empuja un patinete por la pista de hielo en que se ha convertido Madrid. Nadie duda que el alcalde ha ganado muchos puntos y popularidad en medio de la catástrofe. Incluso cuando critica a sus adversarios políticos lo hace sin acritud, con un estilo que aminora las iras de la izquierda radical y provoca hasta un piropo de Felipe González.

Le encanta lo que hace y no lo oculta. José Luis Martínez-Almeida Navascués, un hombre muy preparado, abogado del Estado, nació en Madrid en una familia de abolengo jurídico. Sus dos abuelos fueron Abogados del Estado, el paterno, Pablo Martínez-Almeida y Nacarino, perteneció al Consejo privado del Conde Barcelona, y el materno, José Luis Navasqués, era dueño de los Estudios Chamartín. El menor de seis hermanos, fue en su día «fontanero» de Esperanza Aguirre y sombra de muchas cosas en la Comunidad. «Yo sería el mejor alcalde de Madrid», le dijo un día a Alberto Ruiz Gallardón con quien había coincidido en la Facultad de Derecho. Dicho y hecho. Así ha sido por obra del destino y decisión personal de Pablo Casado. Ha estado en todas las cocinas del poder regional, local y parlamentario, y quienes bien le conocen destacan su sagacidad y capacidad de pactos. Para sus compañeros hay dos clases de políticos, los que crean problemas y quienes los solucionan. Almeida es de los segundos y ejerció una auténtica oposición sibilina frente a la desastrosa gestión de su antecesora, Manuela Carmena.

Nadie daba un duro por él, entre bajo quinielas y rumores de todo tipo. Sabido es que el Ayuntamiento de Madrid es la auténtica «Joya de la Corona» del poder político. Todo el mundo apostaba por grandes nombres, pero al final, sea porque nadie se atrevió, sea porque Pablo Casado así lo decidió y prefirió moverse sobre seguro, Martínez -Almeida resultó el elegido. Hombre discreto y muy trabajador, lo sabía días antes de su designación, pero tenía el firme compromiso con Casado, y sobre todo con su gran amigo, Teodoro García Egea, de no decir una sola palabra. Fue la suya una elección que prima la lealtad y el trabajo bien hecho frente al caos de la administración municipal dejado por Carmena. Un hombre de aparato municipal, frente al desastre de una izquierda radical y letal para los madrileños.

«Experimentos, pocos. Trabajo, mucho». Es el lema de un hombre chiquito de estatura pero grande de cabeza. «Un empollón», dicen sus antiguos compañeros opositores a la Abogacía del Estado. Nacido en una familia de juristas, a quien se siente muy unido, padrino consentidor de sus sobrinos, católico practicante y colchonero fervoroso. «El Atlético de Madrid es mucho más que un club de fútbol, es un estilo de vida», dice con orgullo. Le encantan las motos y adora las playas de Cantabria, dónde pasa los veranos. Hoy, en su vida, tiene su ambición colmada: «De Madrid, al cielo».

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