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Pablo Iglesias asalta el Gobierno y Pedro Sánchez sigue durmiendo

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El despelote en el Gobierno Sánchez no es sólo el reflejo de la falta de coordinación entre ministerios.

Es, sobre todo, la consecuencia de una ineptitud sideral. No han llegado al Ejecutivo la mayor parte de los personajes que hoy lo integran para gobernar, sino sólo para estar. Para disfrutar.

Y lo están haciendo a lo grande, indiferentes a la ‘peste china’, la catástrofe que se avecina en el sistema de pensiones, el rampante independentismo catalán, la salida de los golpistas de la cárcel o cualquier otro tema relevante para la ciudadanía española.

Del desastre que estamos viendo estos día es máximo responsable Pedro Sánchez, pero hay que subrayar que la pifia auxiliado por la vicepresidenta Carmen Calvo y por el presunto coordinador del Ejecutivo, Iván Redondo, quien ha aglutinado tanto poder que parece que no sabe a qué atender.

Queda claro que aquella reunión de coordinación en Quintos de Mora no fue más allá de pasar un agradable sábado de enero aparentando que trabajaban.

Los enfrentamientos, pues como tal han de calificarse, de Pablo Iglesias y su gabinete personal con ministros socialistas revelan un proceso político endógeno que amenaza con la desaparición ideológica del PSOE en el propio gobierno que preside su secretario general.

Desde que comenzó su mandato, el guión político del Ejecutivo está impuesto por Iglesias y sus ministros, que actúan como si fueran los custodios de las esencias ideológicas del pacto de gobierno.

La subida del SMI se precipitó al inicio de la legislatura y quedó anotada en el marcador de Iglesias, quien a partir de ahí tomó buena nota de que su hiperactivismo en el seno del gobierno no sólo no estaba encontrando serias resistencias, sino que contaba con el apoyo del tándem Sánchez-Redondo y la consiguiente postergación de Calvo.

La situación es tan absurda para el sector socialista del gabinete que hasta la crisis del «Delcygate» pasa factura a un ministro señero del PSOE, y no a los hooligans de Maduro sentados en el Consejo de Ministros.

Resulta llamativa la osadía con la que el sector comunista del Gobierno, las chicas de la ‘banda de la tarta’ y afines, se permite afear la conducta a dos de los ministros con más talla del ejecutivo, Fernando Grande-Marlaska y Juan Carlos Campo, por asuntos, además, de extraordinaria importancia para la orientación del mandato.

Al primero, que manifestó su aquietamiento a la sentencia europea que convalida las «devoluciones en caliente», los forofos de Maduro le dieron lecciones de derechos humanos.

Y al segundo, por remitir desde Justicia un informe justificadamente crítico con el anteproyecto de libertad sexual, lo tacharon de «machista frustrado», con la carga de descalificación que tal etiqueta implica en la enardecida izquierda española de hoy en día.

La integración de Iglesias en la comisión de control del CNI no ha sido más que un revés de Sánchez a los ministros desairados por su vicepresidente comunista, porque revela una muestra de confianza suficiente para callar ante los agravios infligidos a Calvo, Marlaska y Campo.

La canibalización ideológica que está protagonizando Podemos en el Gobierno demuestra que el PSOE sólo es el andamio del poder personal de Sánchez y que este lo quiere callado y sumiso, mientras Iglesias campa a sus anchas con descalificaciones y bodrios legislativos.

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