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¿Por qué las elecciones se deciden en el “cinturón de óxido”?

Como en 2016, los Estados industriales de Pensilvania, Michigan y Wisconsin pueden dar la suma de los 270 votos electorales

Los demócratas han revivido en esta cita electoral histórica la pesadilla de los anteriores comicios, cuando su candidata a la Presidencia, Hillary Clinton, perdía contra todo pronóstico habiendo ganado casi 3 millones de votos populares más que su adversario, el republicano Donald Trump. La mínima diferencia de 78.000 votos populares en los tres Estados industriales conocidos como «el cinturón del óxido» (Pensilvania, Michigan y Wisconsin) fueron suficientes para alcanzar la suma de los votos electorales que Trump necesitaba para ganar las presidenciales de 2016.

Cuatro años después, la historia se repite sin que los demócratas aprendieran la lección. Antes de que la victoria de Trump convirtiera a Pensilvania en nuevo campo de batalla electoral, los liberales contaban con la confianza y el voto del Estado durante las últimas dos décadas.

Pero lo cierto es que hablar de Pensilvania es hacerlo también de sus contrastes. Las grandes ciudades como Filadelfia o Pittsburg, incluso su desconocida capital, Harrisburg, no representan para nada el estilo de vida del resto del Estado. Dentro del núcleo urbano hay mezcla de raza, género y diversidad. Fuera de él, sin embargo, no existe. En esas zonas aisladas convive más del 80% de su población blanca, que compone la América profunda, con un estilo de vida estadounidense fiel a ideales conservadores y extendido por los rincones más remotos de su amplia geografía.

Allí, el estadounidense trabaja en tradicionales zonas industriales de un pasado esplendoroso, pero que enfrenta un futuro incierto. Sus habitantes viven principalmente de la agricultura, pero también del sector energético y del polémico «fracking», una técnica de extracción de hidrocarburos mediante la facturación hidráulica.

Temas controvertidos que dividen al país como el uso de las armas, la religión o el aborto le dan votos a Trump en esta parte del país. Y ahora, en plena pandemia y con más de 9 millones de infectados por covdi-19 y 230.000 víctimas mortales, también el rechazo al uso de mascarillas.

Solo había que presenciar uno de lo mítines electorales del presidente Trump durante esta campaña en alguno de esos Estados decisivos para darse cuenta de que, en las zonas industriales, sus votantes responden a un perfil muy concreto y, sobre todo, muy convencido.

Trump «no es un político, no está en el bolsillo trasero del resto de los políticos. Hace lo que dice que va a hacer, lo ha hecho hasta ahora y continuará haciéndolo. No tengo fe en Biden», aseguraba con convicción para LA RAZÓN un vecino de la pequeña localidad de Lititz, Jean Morio, en Pensilvania.

Disfrazado con propaganda trumpista de los pies a la cabeza, presenció uno de los mítines maratonianos del presidente durante la última semana de campaña. Trump llegó a visitar una docena de poblaciones de siete Estados distintos en menos de 48 horas a la conquista de los indecisos.

Una estrategia electoral muy rentable que Donald Trump ha sabido rentabilizar al máximo. El republicano ha conseguido conquistar el voto de los que viven aislados y se sienten abandonados. Hasta los amish se han vuelto fieles seguidores del presidente estadounidense, a quien siguen con interés en su campaña y le votan en las urnas.

En Detroit, cuna del la industria automovilística, Trump supo apelar al orgullo de los trabajadores automotrices. Desde que llegó a la Casa Blanca, insistió en la necesidad de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte con Canadá y México, en vigor desde 1994.

Tras dos años de duras negociaciones, el mandatario logró sellar un nuevo pacto que refuerza las protecciones para el sector automovilístico de Estados Unidos y se anotó un tanto que no se cansa de recordar.

Las encuestas auguraban unos resultados ajustados en los tres Estados decisivos del «cinturón del óxido», pero con una ligera ventaja que favorecía al demócrata Joe Biden. Por ahora, con el recuento de los votos emitidos, Trump mantiene sobre su rival demócrata una ventaja de cerca de 700.000 votos en Pensilvania, aunque todavía quedan cerca de 2.800.000 votos por correo por contabilizar. Y el plazo para hacerlo es de tres días.

Los tres Estados decisivos de esta zona industrial del país son el termómetro de una América polarizada. La sociedad, con toda probabilidad, más dividida que nunca. Aquí no sorprende que el trumpismo haya ganado tanto terreno político y social. Su campaña se enfocó en lanzar mensajes nacionalistas entre la clase trabajadora, a quienes la información llega con cuentagotas y en buena parte a través de la publicidad, apoderándose del lema de revitalizar la industria estadounidense. Y venció. Pero aún con Pensilvania, Michigan, Wisconsin y Georgia por confirmar, las opciones de ambos candidatos presidenciales siguen abiertas todavía. Aunque poco tiempo le faltó a Trump, fiel a su estilo, para declararse ganador. El equipo de Biden calificó de «escandalosas» las palabras del presidente y aseguró estar dispuesto a llegar a los tribunales.

Si en algo han acertado los pronósticos y las encuestas previas a la contienda electoral es en que Pensilvania se ha convertido en más decisivo de todos. El sexto Estado más grande del país que determinará, con sus 20 votos del colegio electoral que representan al total de trece millones de sus habitantes, quién vivirá en la Casa Blanca durante los próximos cuatro años. Pero el deselance puede tardar en llegar.

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