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Preparados para el confinamiento

El sur de la capital vive un nuevo «marzo». Mientras unos desconocen si su calle está afectada, otros se han lanzado a comprar para varios días por miedo a posibles cierres

Mañana gris la de ayer en la calle Marcelo Usera. Y no solo por ese cielo encapotado que amenazaba con una lluvia que nunca llegó. Fue un día de nerviosismo, de confusión, de incertidumbre y, quizá no miedo, pero sí de tensión y respeto. Nos encontramos en una de esas 26 zonas básicas repartidas por el sur de la capital y que a partir de hoy vivirá su particular «reseteo», su retorno al pasado. Concretamente a mediados de marzo, cuando los madrileños añadimos el término «confinamiento» a nuestras charlas más coloquiales. Nadie podrá entrar ni salir del barrio de los Almendrales si no es por una causa justificada, tal y como figura en la Orden anunciada el viernes por la Comunidad de Madrid. ¿Cómo afrontan los vecinos esta nueva «nueva normalidad» que se prolongará al menos las dos próximas semanas?

Para empezar, con algún que otro malentendido. Apenas han pasado dos días desde que se anunciaron las nuevas medidas y no todos tienen claro si se encuentran en «zona prohibida». «¿Esta calle? Sí, de aquí se puede entrar y salir», dice Yolanda, titular de un puesto de la Once y que hoy repartirá suerte como todos los días. De hecho, ya cuenta con un certificado para evitar problemas ante las autoridades. De lo que no alberga dudas es de dos cosas: que su clientela «va a bajar un 50%», con la consiguiente «ruina», y que «se han hecho muchas cosas mal». Precisamente, en la plaza de Julián Marías, donde tiene su puesto, hace pocos días «estaba un grupo de 20 chavales, haciendo botellón, gritando, orinando… Hablé con la Policía y me dijeron que ni siquiera podían multarles», lamenta.

Luis Feito, propietario del Trasgu II, teme que las restricciones le hagan perder aún más clientela/Foto: Alberto R. Roldán/La Razon
En la mañana de ayer eran muchos vecinos los que daban por hecho que el confinamiento ya era efectivo. Sobre todo porque varios tramos perpendiculares a Marcelo Usera estaban cortados al tráfico por parte de la Policía Municipal y sus correspondientes coches patrulla. Sin embargo, una pareja de agentes lo aclara: «No, no es por el confinamiento. Hoy es el Día de la Bicicleta».

Las peluquerías, si bien no cuentan con restricciones, sí que creen que se verán seriamente afectadas. José, de The Brothers Shop, relata que muchos de sus usuarios son de fuera del distrito. «¿Cómo van a venir si tienen prohibida la entrada?», se pregunta. Estima que podrían perder ocho de cada diez clientes debido a lo que ellos mismos definen como un «toque de queda».

Quienes también se temen lo peor son los quiosqueros. Cada vez menos en la ciudad de Madrid, por cierto. A las dificultades propias de su negocio ven ahora «cómo mucha gente mayor, que sigue comprando el periódico todos los días, se va a quedar en casa», comenta Luis Manuel, dueño de un puesto en la esquina con la Avenida Rafael de Ybarra.

Los comercios. Al final, son la parte vulnerable, sobre todo en una calle, Marcelo Usera, eminentemente comercial. Con todo, este fin de semana sí se ha escuchado algún «eco» en el barrio procedente de marzo, cuando muchos se lanzaron al acopio de comestibles y papel higiénico. «Estos dos últimos días la gente está comprando más, como para mucho tiempo. Tienen miedo a que cierren las tiendas. Están muy preocupados», comenta Ismael, joven marroquí que trabaja en una frutería de Marcelo Usera. Ismael cuenta con un problema añadido: no solo trabaja en un barrio confinado, sino que él mismo vive en un municipio bajo vigilancia, en este caso Parla. Por eso, no se separará de un certificado laboral que, a buen seguro, le requerirán en los dos viajes diarios que tiene que realizar en tren para desplazarse.

Con todo, los que se llevan la peor parte son los hosteleros. No parece casual que muchos bares y restaurantes del barrio, que los domingos suelen tener lleno su aforo –al menos el permitido–, tuvieran echadas ayer las persianas. El límite horario hasta las 22:00 horas y la prohibición de servir en barra a partir de hoy puede ser la puntilla para muchos empresarios. «Ya estábamos en la mitad de gente, pero ahora…», dice Luis Feito, propietario del Trasgu II. «Pones la tele y solo oyes Usera, Usera, Usera… es normal, al final la gente tiene miedo de pisar la zona», añade. Ya lo hicieron durante la primera crisis y ahora no va a ser una excepción: las comidas a domicilio se antojan de nuevo como una clave a la hora de mantener a flote el negocio.

¿Y los vecinos? Dolores López, de 78 años, y vecina del barrio desde hace más de cuatro décadas, ve cómo otra vez su familia se preocupa por los efectos del coronavirus en la población mayor. Ella se resigna. Y tiene más de una reivindicación. «Lo que deberían hacer es limpiar el Metro y los autobuses, poner más vagones y que hubiera más espacio entre viajeros. Es por ahí donde está entrando el virus», opina. Por cierto, son cinco en casa. Solo por una persona, no incumplen el tope de seis impuesto por la Comunidad de Madrid.

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