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Sánchez o los límites de la vergüenza ajena

El anuncio de que el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, iba a comparecer para rendir cuentas de la gestión realizada «en un ejercicio de transparencia», levantó las normales suspicacias que afloran cuando el que va a rendir cuentas ha demostrado ser el presidente menos transparente de la historia de la democracia. Las suspicacias no fueron defraudadas y en una comparecencia que sólo pudo complacer a un sectario izquierdista, Sánchez ofreció un discurso que puso a prueba los límites de la vergüenza. Ajena, claro, porque la propia el doctor Sánchez no la conoce.

Con cifras objetivas, el Gobierno de España es el que peor ha gestionado la pandemia de covid-19 en todo el mundo. Esos datos —que el Gobierno niega hasta el punto de que Sánchez ofreció sus condolencias a «las 50.000 familias» que han perdido a algún ser querido, cuando la verdad desnuda de los datos es que la cifra está más cerca de los 80.000 muertos—, nos señalan la catadura ética del personaje que ayer se asomó a la televisión a realizar una autoproclamada ‘rendición de cuentas’ en un ejercicio, según el presidente español, inédito en democracia.

Inédito es ver a un presidente jactarse en televisión de los logros feministas, tránsitodigitalistas o ruralistas de una catastrófica gestión de la salud, de la seguridad y del bienestar de millones de españoles. Pero rendir cuentas no sólo no es inédito —se llama sistema parlamentario— sino que no tiene nada que ver con lo que hizo ayer el presidente.

Sánchez, el ignaro, desconoce que la rendición de cuentas en una monarquia parlamentaria se lleva a cabo todos los días e implica el sometimiento al escrutinio de los medios de comunicación, a la opinión pública, y, por supuesto el acatamiento del Ejecutivo a la acción fiscalizadora de la Justicia, además del control semanal del Parlamento y la acción moderadora de Su Majestad el Rey. Pero por encima incluso de estos poderes ahora en incuestionable peligro, la rendición de cuentas en ciencia política implica de manera irrefutable la responsabilidad personal de los actos.

En palabras sencillas: todo lo que no sea dimitir no es en rendir cuentas de una gestión objetivamente burda, improvisada, amateur, ideologizada e incluso fanática y que ha costado ya a España cerca de 80.000 muertos, una crisis económica excepcional, una crisis reputacional sin precedentes y una crisis de confianza nacional que va a costar mucho levantar.

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