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Bienestar

El «hambre emocional» ha crecido: nos relacionamos peor con la comida

M. Alcaraz

El estrés o el agobio puede hacer que nos alimentemos de manera irracional

Encontrar el porqué de lo que comemos no siempre es fácil. Las elecciones van más allá de decantarnos por lo que nos apetece. Podemos elegir algo porque nos gusta su sabor, porque consideramos que es bueno para nosotros o, por ejemplo, porque «sentimos» que es lo que necesitamos en ese momento. Tras esto último se encuentra un término cada vez más presente en nuestro día a día: la alimentación emocional.

Belén Fontán, nutricionista del complejo hospitalario Ruber Juan Bravo, explica que, cuando elegimos un alimento no lo hacemos solo por nuestros gustos, sino también porque tenemos una intuición que radica en los momentos pasados. «Si elegimos un alimento de manera rápida, sin razonar y guiados por nuestro instinto, eso

suele ser una alimentación emocional», explica.

Continúa y explica que cuando nos alimentamos de esta forma, lo que buscamos, aunque sea de manera inconsciente, es recibir un placer instantáneo. «Si me encuentro mal, estoy agobiado, tengo mucho estrés… por ejemplo recurro al chocolate. El problema es que puede producirse un efecto rebote: me siento culpable por lo que estoy comiendo, y esto tiene una consecuencia física y emocional», apunta la nutricionista.

Cómo saber si como de manera emocional

«Detectar» cuándo comemos movidos por un impulso emocional no es fácil. «Darnos cuenta si solo lo hemos hecho un par de veces es imposible. O por ejemplo, si los viernes al terminar de trabajar, me bebo una cerveza y abro unas patatas fritas, no pasa nada. La comida está hecha para disfrutar, es un regalo», explica Belén Fontán, que añade que el problema llega «cuando esto ocurre todos los días».

El comer bien suele ir de la mano de una rutina bien asentada. Y de todas las cosas que han virado desde que comenzó la pandemia por la Covid-19, las rutinas son de las más afectadas. Por ello, durante el confinamiento muchas personas empezaron a apoyarse en la comida como un canalizador emocional. «La alimentación es una manera barata y cercana de darnos satisfacción. Cuando nos lo han quitado todo, muchos han recurrido a estos caprichos, y ahora es complicado volver a lo de siempre», comenta la profesional.

Las rutinas, nuestras aliadas

Aun así, el cambio no es imposible. La fórmula consiste en cultivar la disciplina y conseguir unas nuevas rutinas que nos permitan mantener todo en orden. «Al principio cuesta mucho, pero hay que ver si nuestra ansiedad es “la que nos ha dado de comer” y desde la consciencia empezar a cambiarlo», dice. La recomendación principal de la nutricionista es, cuando seamos conscientes de que vamos a comer algo movidos por nuestras emociones, cambiar este acto por una rutina nueva. Así, se puede salir a dar un paseo, leer un libro o el santo grial de las recomendaciones: hacer deporte. «Lo mejor es el ejercicio: liberamos endorfinas y nos sentimos en general mejor», afirma la nutricionista.

Por último, recuerda que lo mejor para comer bien y, por consiguiente, estar bien, es basar nuestra alimentación en la dieta mediterránea: proteínas magras y vegetales, hidratos, muchas frutas y verdura y, por supuesto, beber mucha agua.

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