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Peldaño 41: «Diez minutos de determinación pueden ser más poderosos que diez años de dudas»

En este capítulo de «Los 88 peldaños de la gente feliz» te explico cómo quitar del camino todo lo que te impide avanzar

Este Peldaño te va a relatar una historia real. Es la historia de mi amigo Manuel y describe cómo diez minutos de determinación pueden ser más poderosos que diez años de duda. Es una combinación de varios Peldaños anteriores, ya que aplica muchos de sus principios. El mensaje que hay detrás de esta historia tiene el poder de revolucionar tu vida, de motivarte a hacer algo que nunca has hecho o de hacer volar por los aires tu rutina. Es la historia del saxofón. Éste es el relato por boca de Manuel…

Hace unos años me prometí que ése era el último año de mi vida en que no sabría tocar el saxofón. Me equivoqué. Fracasé ese año, y el siguiente, y el siguiente. Durante diez años salí derrotado de una batalla que ya desistí de poder ganar. Pero pasé por alto una gran arma con la que todo ser humano cuenta: el poder de la determinación. Un día te levantas por la mañana, miras de frente a ese enemEGO llamado pereza, y le dices: «Lo siento, pero he decidido que hoy gano yo». Te pones en marcha como un tren sin frenos sobre una ligerísima pendiente. Apenas lleva velocidad, pero ya nadie puede detenerlo.

Cuando dices «basta» y tomas esa decisión que ni el universo entero podría frenar… todo tu cuerpo lo sabe.

Así es como sucedió… Era el día de Reyes y decidí regalarme un saxofón. Realicé la compra del instrumento online, y un par de días después lo recibía en mi casa a las 13.55. A las 14.00 me metí obsesivamente en internet para encontrar a alguien (fuese quien fuese) que me enseñase a tocarlo, ya que no tenía la menor idea. A las 16.00 hice una clase de una hora con un profe muy friki: un tupé de diez centímetros, zapatillas y camiseta de skater y edad por debajo de los veinte años. Fue el primero que encontré. «Tengo dos objetivos: el primero es aprender a tocar el saxofón hoy mismo. El segundo es tocar el solo de saxofón más famoso de la historia, “Careless whisper”. Ah, y conseguirlo antes de que pasen veinticuatro horas», le dije con toda la candidez del mundo en cuanto le abrí la puerta de mi casa. Más tarde me confesó que al oír mi primer objetivo, pensó que acababa de fumarme algo y que con el segundo directamente concluyó que yo estaba loco.

Me explicó cómo sellar la boca para que no escape el aire, dónde estaba cada nota, cómo colocar las manos, cómo sujetar el instrumento, cómo soplar, cómo forrar el diente con el labio. Yo presté atención a todo, y me puse a intentar hacer lo mismo que él hacía, pero sin éxito. ¡Ni siquiera conseguía producir un solo sonido! Ni a las cinco, ni a las seis, ni a las siete de la tarde… Sólo con él delante pude extraer un par de amagos de algo, si no ya de música, sí de ruido. El resto de la tarde, tras un sinfín de intentos por mi cuenta, sólo sentía frustración. Por fin, sobre las ocho de la tarde empecé a sacar los primeros sonidos medianamente decentes; y para mi sorpresa, una vez sonaron los primeros, el resto llegaron no con dificultad, sino con facilidad. Es como excavar diez metros sin hallar el oro y luego encontrar una mina entera sólo un centímetro más abajo. Lo que te da el tesoro es el último centímetro, pero su mérito no es mayor que el de los mil anteriores.

No me lo podía creer, pero había alcanzado mi primer objetivo. Al día siguiente continué tocando, y tras un altísimo número de grabaciones intentando obtener una sola toma sin fallos, por fin conseguí tener una toma buena de mi preciada «Careless whisper». ¿Estaba bien tocada? En absoluto. Sonaba horrible. ¿La conseguí tocar del tirón? Ojalá. Tuve que grabarla a trozos y luego ir pegando esos trozos para obtener la toma final, pero eso ya daba igual. Lo había conseguido y ya nadie podía quitarme el sabor de la victoria. Caí rendido en el sofá… y sonreí.

Un mes después estaba en una entrevista en Radio Nacional de España y me pidieron algo de música grabada por mí. No lo dudé. Era mi peor grabación… pero mi mayor proeza. Quizá te preguntes cómo logré poner fin a diez años de pereza. Aquí mis consejos:

– No te preguntes «¿por qué sí?». Di «¿por qué no?».

– Cuando quieras tocar el saxofón, el piano o la guitarra, no permitas que el cerebro piense. Sólo agarra el instrumento y ponte a ello.

– Lo único que te separa de hacer algo que nunca has hecho son… cinco minutos.

– Escribe en una hoja en letras grandes: «¿yo puedo?»; y luego borra ambos interrogantes.

Por cierto. Dos apuntes sin importancia sobre mi amigo. El primero es que, aunque la historia sí es real, él no se llama Manuel. El segundo es que… vive en mi espejo. (Si bien lo de menos es el protagonista).

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