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Ciencia

La nueva teoría de Avi Loeb sobre qué mató a los dinosaurios

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Judith de JorgeABC

La costa de la provincia mexicana del Yucatán esconde la huella de uno de los acontecimientos más trascendentales para la historia de la Tierra. Allí se estrelló hace 66 millones de años una enorme roca llegada del espacio. El brutal choque provocó una explosión equivalente a la de diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshima. El azufre expulsado a la atmósfera bloqueó la luz del sol, gigantescos incendios arrasaron los bosques y se produjo un escalofriante tsunami. El clima del planeta cambió durante años, lo que acabó con tres cuartas partes de las especies de plantas y animales que entonces existían. Pero, sobre todo, el evento es conocido por poner punto y final al reinado de los dinosaurios.

La naturaleza y el origen de la roca que provocó esta extinción ha sido objeto de un profundo debate, siendo hasta ahora un miembro del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter el principal sospechoso. Pero el astrofísico de la Universidad de Harvard Avi Loeb, famoso por sus polémicas teorías sobre el origen artificial del primer cuerpo interestelar jamás observado, cree que el culpable fue otro. Según explica junto al estudiante Amir Siraj en la revista ‘Scientific Reports’, se trata del trozo de un cometa llegado por una suerte de carambola cósmica de la nube de Oort, una esfera helada de escombros en el borde del sistema solar.

Una máquina de pinball

Utilizando análisis estadísticos y simulaciones gravitacionales, Siraj y Loeb calculan que una fracción significativa de cometas de período largo que se originan en la nube de Oort puede ser desviada por el campo gravitacional de Júpiter durante su órbita.

«El sistema solar actúa como una especie de máquina de pinball», explica Siraj. «Júpiter, el planeta más masivo, impulsa a los cometas entrantes de largo período a órbitas que los acercan mucho al sol». Durante ese acertamiento, los cometas, apodados «raspadores solares», pueden experimentar poderosas fuerzas de marea que rompen la roca en pedazos y, en última instancia, producen metralla cometaria.

«En un evento de raspado solar, la parte del cometa más cercana al sol siente una atracción gravitacional más fuerte que la parte que está más lejos, lo que resulta en una fuerza de marea a través del objeto», dice Siraj. Eso hace que un gran cometa se rompa en muchos pedazos más pequeños. «Y lo que es más importante, en el viaje de regreso a la nube de Oort, hay una mayor probabilidad de que uno de estos fragmentos golpee la Tierra», afirma. Sus cálculos aumentan las posibilidades de que esos cometen impacten nuestro planeta en un factor de aproximadamente 10 y muestran que el 20% de los mismos se convierten en raspadores solares.

Composición adecuada

Los investigores creen que sus cálculos son consistentes con la edad del cráter de Chicxulub, el enorme costurón de 149 km de largo y 19 de profundidad dejado en México por el golpe de la roca. «Estamos sugiriendo que, de hecho, si rompes un objeto cuando se acerca al sol, podría dar lugar a la tasa de eventos adecuada y también al tipo de impacto que mató a los dinosaurios», afirma Loeb.

Hay algo más que encaja. La evidencia encontrada en Chicxulub sugiere que la roca estaba compuesta de condrita carbonosa, lo que es raro entre los asteroides del cinturón principal, pero posiblemente sí muy común entre los cometas de períodos prolongados, lo que proporciona un apoyo adicional a la hipótesis del impacto cometario.

Otros cráteres similares muestran la misma composición. Esto incluye un objeto que golpeó hace unos 2.000 millones de años y dejó el cráter Vredefort en Sudáfrica, que es el cráter confirmado más grande en la historia de la Tierra (hay uno supuestamete más grande en Groenlandia), y el impactador que dejó el de Zhamanshin en Kazajstán, el más grande en el último millón de años. Siraj y Loeb señalan que su hipótesis puede probarse estudiando más a fondo estos cráteres, otros como ellos e incluso los de la superficie de la luna para determinar la composición de los impactadores. Las misiones espaciales de muestreo de cometas también pueden ayudar.

Futura amenaza

El nuevo Observatorio Vera Rubin en Chile, que entra en funcionamiento el próximo año, también puede ayudar. «Deberíamos ver fragmentos más pequeños que llegan a la Tierra con mayor frecuencia desde la nube de Oort», dice Loeb. «Espero que podamos probar la teoría teniendo más datos sobre cometas de períodos prolongados, obtener mejores estadísticas y tal vez ver evidencia de algunos fragmentos», señala.

Loeb dice que comprender esto no solo es crucial para resolver un misterio de la historia de la Tierra, sino que podría resultar fundamental si un nuevo choque espacial amenazara al planeta. «La imagen debió de haber sido increíble –dice en referencia al impacto de la roca que acabó con los dinosaurios– pero no queremos volver a verla».

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