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El gran mito del liberalismo: ni surgió en Inglaterra ni lo inventó John Locke

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David Barreira

Un atrevido ensayo cuestiona la tradición anglosajona de esta doctrina y señala que EEUU se apropió de ella, transformando sus principios originales, a mediados del siglo XX.

Uno de los primeros vestigios documentales que hacen referencia a la palabra liberalismo se encuentra en un ejemplar de un periódico gallego, El Sensato, publicado a principios de julio de 1813, cuando la Pepa llevaba vigente algo más de un año. El articulista anónimo, seguramente un clérigo, lo define como “un sistema inventado en Cádiz en el año 12 del siglo XIX, fundado en la ignorancia, absurdo, antisocial, antimonárquico, anticatólico y exterminador del honor nacional”. Más allá del alegato reactivo contra lo que la propaganda antiliberal consideraba una nueva forma de herejía, unas ideas subversivas procedentes de Francia, habitual durante toda la década, la mención constituye una valiosa prueba sobre las raíces de esta doctrina en España.

El partido liberal español, poco después de la invasión de las tropas de Napoleón, había instaurado las Cortes de Cádiz y promulgado una constitución que reconocía la soberanía nacional, la separación de poderes o el derecho a la libertad personal. Era un sistema enormemente radical para la época, y adelantó en el baremo democrático a países como Gran Bretaña o Estados Unidos, aunque poco después sería cercenado por la restauración —y la represión— fernandina. También en Suecia una formación de ideas similares había derrocado en 1809 al rey Gustavo IV Adolfo. La escritora Madame de Staël se mostraba jubilosa por el “impulso liberal” que estaba recorriendo Europa occidental.

Esta mujer y su marido, el político y filósofo Benjamin Constant, son según Helena Rosenblatt, profesora de Historia en el Graduate Center de la Universidad de Nueva York, los verdaderos padres del liberalismo. Un conjunto de ideas, dice en su obra La historia olvidada del liberalismo (Crítica), que buscaba consolidar y proteger los principales logros de la Revolución francesa, salvaguardándolos y protegiéndolos de las fuerzas extremistas, ya fueran de la izquierda o de la derecha, de arriba o de abajo. Sus esperanzas y “principios liberales” fueron truncados por el auge de Napoleón en Francia, pero prendieron en otros lugares, como el país vecino del sur.

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España jugó un papel central en la historia del liberalismo, pero rara vez se reconoce”, asegura Rosenblatt por correo electrónico a este periódico. “Los principios de su constitución no solo fueron discutidos en Europa, sino también en la India y Filipinas, mientras que en Sudamérica inspiró los movimientos independentistas. Cuando fueron anulados, muchos liberales españoles huyeron a Inglaterra y allí se unieron a una corriente internacional que continuó expandiendo estas ideas. Temerosos de los españoles, los tories más destacados intentaron estigmatizar a sus adversarios whig llamándolos ‘liberales británicos'”.

Entones, ¿qué sucede con la enseñanza canónica que identifica al liberalismo como una tradición angloestadounidense y a John Locke como su padre? “Esto es un mito inventado a mediados del siglo XX”, lanza tajante la historiadora. La versión más extendida señala que este sistema nació en Inglaterra y se expandió a Norteamérica en el siglo XVIII, donde sus principios fueron consagrados en la Declaración de Independencia y en la constitución de EEUU. Pero no es así: “A lo largo del siglo XIX, el liberalismo fue considerado, para bien o para mal, una doctrina francesa, asociada a los principios de la Revolución. En Inglaterra y EEUU la palabra liberal, en un contexto político, a menudo se deletreaba con una ‘e’ al final (‘liberale’) o en cursiva para indicar su extranjería y advertir de sus peligros”, explica Rosenblatt.

Los orígenes

En su atrevida y rompedora obra, la historiadora reconstruye la evolución del término “liberal” —además del de “liberalismo”— desde la Antigüedad hasta nuestros días. La palabra deriva del término latino liber, que significa tanto “libre” como “generoso”, y liberalis, “propio de una persona nacida libre”. Y quien primero escribió sobre la importancia de ser liberal fue el gran orador romano Cicerón, que describía este espíritu en Sobre los deberes (44 a.C.) como “el vínculo de la sociedad humana”, una ética fundamentalmente encomiable de la clase patricia y los gobernantes.

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En la actualidad el liberalismo se identifica con la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico, pero durante casi dos milenios el concepto “liberal” fue algo bastante diferente. Se había utilizado, según recoge la historiadora en su ensayo, para designar las generosas concesiones de un soberano a sus súbditos o el comportamiento magnánimo y tolerante de una élite aristocrática; y consistía en exhibir las virtudes de un ciudadano, mostrar devoción por el bien común y respetar la importancia de la conexión mutua.

Esa gran transformación ideológica, además de reivindicar al Locke como el padre fundador de la doctrina, sucedió a mediados del siglo XX. ¿Cómo y por qué? “El cambio se produjo a raíz del ascenso de EEUU al estatus de superpotencia durante las dos guerra mundiales y la Guerra Fría —responde Helena Ronsenblatt—, cuando se hizo imprescindible distinguir sus valores de cualquier variante de totalitarismo, bien fuese el fascismo, el nazismo o especialmente el comunismo. El liberalismo fue entonces reconfigurado: los derechos individuales y sobre todo los de propiedad se enfatizaron como nunca se había hecho. Todo lo que oliese a ‘colectivismo’ fue formalmente rechazado”.

El futuro

La palabra liberalismo, como revela el ejemplo introductorio, no comenzó a emplearse hasta principios del siglo XIX. Sus principios —libertad de pensamiento, separación del Estado y la Iglesia, divorcio, libertad sexual—, lógicos para el siglo XXI, fueron entonces calificados de provocativos. “Creo que nos hemos olvidado de lo peligroso que era ser liberal“, reflexiona la historiadora. “Fueron censurados, exiliados, encarcelados e incluso ejecutados por sus creencias. Cuando luchaban por la libertad religiosa les llamaban ateos; por la de prensa, anarquistas; y cuando defendieron el divorcio les acusaron de querer destruir la familia. La ideología fue tildada de veneno o incluso adoración al diablo”.

Rosenblatt, preocupada por la pérdida de confianza en la democracia liberal y el auge de su antítesis, la “democracia iliberal” —como la de Viktor Orban en Hungría, o incluso algunos rasgos de los EEUU de Donald Trump—, y los populismos, cree que se han perdido valores liberales esenciales: “Me temo que nos hemos vuelto demasiado individualistas. Hay demasiado énfasis en los derechos, opciones e intereses individuales y no tanto en la comunidad y la ciudadanía. El gran teorista liberal, Alexis de Tocqueville, dijo que el individualismo era otra palabra para el egoísmo. No estoy diciendo que los derechos individuales no sean importantes, pero se necesita un cierto equilibrio. El liberalismo tiene los recursos para salvarse y emerger más fuerte si aprende de su propia historia”. Su próximo reto: adaptarse a los cambios que provoque el coronavirus en nuestras sociedades.

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