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Fernando el Católico no murió por un brebaje para mejorar su potencia sexual: desmontan el mito

David Barreira 

Un estudio rechaza que el monarca aragonés muriese por ingerir sustancias para combatir su impotencia y propone como diagnóstico el fallo cardíaco.

La salud de Fernando el Católico comenzó a empeorar a principios de marzo de 1513. El día 10, coincidiendo con su cumpleaños número 61, el rey aragonés se encontraba indispuesto, con náuseas. El monarca, supuestamente, había ingerido un brebaje de afrodisíacos —testículos de toro— que le había proporcionado su segunda esposa, la reina Germana de Foix, con la intención de mejorar su potencia sexual. El matrimonio real llevaba años entregado a la misión de engendrar un heredero varón que le arrebatase la herencia de la Corona de Aragón al futuro Carlos V, pero ni recurriendo a recetas mágicas lo lograría.

Tras un continuo periodo de deterioro, la muerte golpearía al viudo de Isabel la Católica el 23 de enero de 1516. El diagnóstico de los cronistas contemporáneos fue tajante: las patologías del rey habían comenzado con la ingesta de la pócima para combatir su impotencia. Así lo describe el consejero Lorenzo Galíndez de Carvajal: “En este año [1513] por el mes de marzo adolesció el Rey Católico en Medina del Campo viniendo de Carrioncillo, tierra de Medina del Campo que se habia ido a holgar con la Reina Germana su muger, de un potage frio que le hizo dar la dicha Reina, porque le hicieron entender que se haria preñada luego; (…) de la cual enfermedad al cabo ovo de morir el dicho Rey Católico (sic)”.

Más de cinco siglos después, un estudio elaborado por el historiador Jaime Elipe y la médico Beatriz Villagrasa rechaza esta sentencia histórica. Con el sugerente título de El fin de un mito: causas clínicas de la muerte de Fernando el Católico, los investigadores concluyen que los afrodisíacos —concretamente la cantaridina o mosca española, la viagra de la época— no pudieron estar detrás de la enfermedad del rey y proponen el fallo cardíaco como “la opción más plausible” de su deterioro físico absoluto y, en consecuencia, de su fallecimiento.

Su diagnóstico, a falta de un análisis de los restos óseos del monarca, se basa en las descripciones del Epistolario de Pedro Mártir de Anglería, un clérigo de origen lombardo que desde 1487 y casi de forma ininterrumpida estuvo deambulando a la estela de los Reyes Católicos. Sus cartas registraron los males físicos y psicológicos que abordaron a Fernando II de Aragón, sobre todo entre enero de 1513 y el mismo mes de 1516, periodo del cual se conservan una veintena de noticias referidas a la salud del monarca.

El humanista italiano no no era médico, pero se revela en una fuente bastante precisa para describir la evolución de Fernando el Católico. Dejó constancia de sus fiebres, delirios y mejorías. En octubre de 1513, por ejemplo, empezó a mostrar su preocupación porque el rey no tenía ni “el mismo semblante, ni la misma atención para escuchar ni la misma amabilidad”. Al mes siguiente comenzó a mencionar dificultades respiratorias —que lo atribuyó a algo consumido el marzo anterior— y un año más tarde hablaba de edemas: “Progresa la hidropesía, y ni con el movimiento ni con el reposo disminuye el mal, que poco a poco se va extendiendo”.

El 18 de julio de 1515 Fernando el Católico padeció un episodio agudo de disnea que estuvo a punto de costarle la vida. La escena la registró también Pedro Mártir: “Casi quedó ahogado mientras dormía. Un síncope y el catarro le obstruyeron las fibras del corazón (…) sintió al soberano atragantarse y dar unos horribles ronquidos (…). Acudió al estrépito que formaba el Rey, casi a punto de expirar. Entró en el aposento y lo encontró medio muerto, con la cabeza colgando fuera de la cama. (…) Friccionan sus miembros y sacuden todo su cuerpo. Traspuesto con el habla perdida, torcía los ojos. Le rocían el rostro con agua fría. Por fin volvió en sí”. Desde ese momento, el rey aragonés sintió un auténtico “horror a vivir bajo techado”, por lo que prefirió siempre andar por bosques y al aire libre sin importar el tiempo.

Análisis clínico

Los investigadores, siguiendo el relato cronológico del cortesano italiano, consideran que la disnea —dificultad respiratoria, lo que se denomina como “asma”— y los edemas —”hidropesía”— son los dos síntomas más relevantes de la salud del monarca aragonés, que estarían relacionados entre sí: primero comenzaría a fallar la función de bombeo de sangre del corazón, que se iría acumulando en los pulmones y entorpecería el tránsito de oxígeno al resto de órganos. Esta situación se traduciría en un fallo de las cavidades derechas del órgano torácico y en la consecuente formación de hinchazones blandos.

Tras repasar los efectos del tóxico tildado de afrodisíaco, Elipe y Villagrasa aseguran que “la cantaridina no pudo influir de ninguna manera en la muerte del Rey Católico”: “La literatura científica sobre este tema recoge que los efectos tóxicos de esta sustancia se manifiestan entre las 2 y 10 horas tras la ingesta. En el caso de Fernando II, Pedro Mártir de Anglería dejó escrito que cuando tuvo ese cuadro de vómitos había sido porque le habían administrado la mezcla afrodisíaca y que ‘nunca más volvió a sentirse en salud'”.

“No obstante —continúan en su argumentación—, pasaron unos ocho meses, entre marzo y noviembre hasta que el humanista apuntó el siguiente síntoma relevante en la evolución: la disnea, y más de un año y medio hasta que aparecieron los edemas. Es cierto que la intoxicación por cantaridina podría dar lugar a dificultad respiratoria y a la aparición de edemas —probablemente debidos al deterioro de la función renal y a la pérdida de proteínas por la orina— pero los efectos de la misma se habrían hecho patentes de una forma mucho más precoz en el tiempo”.

“Curiosamente, es Anglería de quien surge el rumor y también el que ha servido para desmentirlo”, explica a este periódico el historiador Jaime Elipe, quien considera, siguiendo la línea del académico Miguel Ángel Ladero Quesada que la figura de Fernando el Católico no está suficientemente estudiada, sobre todo sus últimos doce años de vida tras la muerte de Isabel en 1504.

En la carta que el humanista lombardo le escribe el 13 de noviembre de 1513 al hijo del conde de Tendilla, quien le había consultado sobre ciertos rumores de que al rey le habían sentado mal unos testículos de toro que el cocinero francés de Germana de Foix le había preparado para mejorar su potencia sexual, reconoce que en la corte también corrían esas habladurías. Pero los otros cronistas —Galíndez de Carvajal, Jerónimo Zurita o fray Prudencio de Sandoval—, que se basaron en las epístolas de Pedro Mártir, recogieron esta discusión sobre el supuesto brebaje y la dieron por buena.

“¿Se tomó el rey este preparado? Posiblemente sí. Ahora bien, ¿una indigestión puntual lo tuvo enfermo durante tres años y acabó por consumirlo? Claramente no, como demostramos en el artículo con los medios que tenemos disponibles”, señala el historiador. “Fue la explicación que se dio en su momento y se tomó como convincente; así ha sido repetida tanto por historiadores como por aficionados y divulgadores“.

Y concluye: “No ha habido una respuesta mejor hasta el momento de nuestra publicación; también hay que decir que es mucho más morboso creer que un rey falleció de un exceso de afrodisíacos que de un fallo cardíaco crónico… Aunque la historia tiene sucesos que superan cualquier trama de ficción, en ocasiones parece que si no hay un toque de romanticismo o misterio, el personaje pierde puntos ante el espectador. Por desgracia, en este caso, su deceso nada tuvo que ver con su activa sexualidad”.

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