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Cultura

La Biblioteca Vaticana recurre a la inteligencia artificial para bloquear los ataques informáticos

Debe proteger fondos digitales únicos frente a falsificaciones y secuestros

Tradicionalmente, los peores enemigos de las grandes bibliotecas eran los incendios y los ejércitos invasores, sin olvidar otros menos visibles como la humedad, los insectos o incluso la descomposición de tintas al cabo de los siglos. La Biblioteca Vaticana, la más valiosa del mundo por sus manuscritos antiguos, lleva más de quinientos años haciendo frente a esos enemigos, lo mismo que a depredadores como Napoleón, quien saqueó en 1809 parte de sus fondos, recuperados por fortuna en 1815 después de su derrota en Waterloo.

Ahora, en cambio, ha sido un inesperado enemigo invisible, llamado coronavirus, el que ha obligado a la Biblioteca a cerrar sus puertas el pasado nueve de noviembre por tiempo indefinido. Los Museos Vaticanos,

también cerrados por segunda vez, esperan reabrir el tres de diciembre, pero hay pocas posibilidades de que lo logren. Por fortuna, la página web de la Biblioteca sigue funcionando, lo mismo que su extraordinaria «galería» virtual, la Digital Vatican Library, que pone mas de quince mil manuscritos valiosísimos a disposición de los investigadores.

Amenazas

Pero hay otras amenazas que pueden entrar justo por esas dos puertas digitales, o bien por el correo electrónico, y causar tremendos estragos. Se trata, por ejemplo, de «hackers» muy malintencionados que intentan manipular los manuscritos para convertirlos en «fake news» del siglo III o del siglo IV, por mencionar los documentos más antiguos. A su vez, los virus encriptadores, que pueden entrar por la red telemática en cualquier momento, pondrían al Vaticano ante la alternativa habitual que ofrecen esos delincuentes: pagar inmediatamente un rescate («ransomware», generalmente en bitcoins) para recibir la clave de desencriptado, o bien sufrir daños que costarían bastante más.

Como la malicia y la sofisticación de esos agresores aumenta con rapidez, la Biblioteca Vaticana ha levantado una barrera de inteligencia artificial –que «aprende» nuevas defensas cada día o incluso cada hora–, en colaboración con la empresa angloamericana Darktrace, puntera en esas tecnologías.

Aunque no tiene la belleza arrolladora de sus salas de lectura, cuyos frescos en paredes y bóvedas distraen al visitante, la página web de la Biblioteca Vaticana es sólida. La ha diseñado NTT Data –una filial de Nippon Telegraph and Telephone–, que es la mayor empresa japonesa en tecnologías de la información. Pero la defensa de la Digital Vatican Library frente a docenas de ataques semanales requiere «bots» expertos en artes marciales informáticas que sepan aprender nuevos trucos cada día.

Un equipo curioso

Para esa misión, Darktrace ha instalado uno de sus sistemas de «ciberinteligencia artificial» creados por un curioso equipo que incluye desde matemáticos de la Universidad de Cambridge hasta antiguos colaboradores de la inteligencia militar británica (MI5) y de la CIA. Se trata, según explican, de programas que «aprenden» observando continuamente el modo en que interaccionan con la Vatican Digital Library los usuarios externos, los curiosos y los «hackers». De ese modo pueden detectar movimientos extraños y levantar barreras parciales para un usuario o un manuscrito, sin interferir el acceso de los investigadores legítimos ni las operaciones internas de mantenimiento.

El sistema creado para proteger la Biblioteca Vaticana mediante «inteligencia artificial» se inspira no solo en la inteligencia humana sino también en el sistema inmune humano, que responde a distintos tipos de virus o bacterias de modo específico y en una zona muy localizada del cuerpo.

La supervisión general de la «biblioteca de bibliotecas» esta en manos del cardenal portugués José Tolentino de Mendonça, un intelectual de talla, dramaturgo, ensayista, escritor y poeta. El trabajo práctico lo dirige, en cambio, el prefecto, monseñor Cesare Pasini, con trece años de experiencia en su cargo. Más discreto es el trabajo del director de los servicios informáticos, Manlio Miceli, encargado de proteger la parte digital de la Biblioteca Vaticana igual que otros directivos supervisan los sistemas de protección de manuscritos e incunables contra los ladrones e incluso contra el desgaste físico.

Cada uno de estos tesoros únicos está custodiado por un chip que registra su posición, y que permite incluso ver el índice y el contenido sin necesidad de tocarlo. Basta aproximar la tableta y se ve lo que hay dentro: desde diseños o poemas manuscritos de Miguel Ángel hasta dibujos de Botticelli. Las piezas más valiosas están en galerías subterráneas protegidas con sistemas de gas inerte para el caso de incendio.

En el siglo XXI, la inteligencia artificial es la heredera de una figura que se remonta al siglo XV, la del «famulus», encargado de proteger manuscritos y libros del polvo, de los insectos, etc. A su vez, la del restaurador aparece en el siglo XVI, y la Biblioteca conserva datos de los sueldos de entonces: cuatro bollos de pan y dos tazas de vino al día, amén de tres escudos al mes. Ahora todo es infinitamente más complejo y más caro.

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