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La corta, pero imborrable, huella española en Taiwán

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Apenas conocida, España tuvo en el siglo XVII una colonia al norte de esta isla asiática, como atestiguan los restos hallados de una iglesia dominica

Pablo M. Díez

Aunque cada día más olvidada, es conocida la presencia española en Asia, que duró de 1565 a 1898 en Filipinas y sentó las bases del comercio global con el Galeón de Manila, que unía el Lejano Oriente con Europa a través de México. Además, destacó por la labor evangelizadora de san Francisco Javier en Japón durante el siglo XVI y del misionero Diego de Pantoja en China en el XVII. Pero hay una huella que, casi desconocida por su corta duración, se sigue conservando en otro país asiático: Taiwán. Al norte de esta isla reclamada por China, la Armada española fundó una colonia en 1626, durante el reinado de Felipe IV, el «Rey Planeta». Ubicada en la pequeña isla de

Heping, frente a la ciudad portuaria de Keelung, se llamaba San Salvador de Quelang (conocida también como Santísima Trinidad) y fue uno de los últimos intentos de expansión por el Lejano Oriente. Pero coincidió con el inicio del lento declive de la Corona española y solo duró hasta 1642, cuando fue conquistada por las tropas holandesas que se habían asentado al sur de Taiwán.

A pesar de que no estuvieron ni dos décadas y no serían más de 200 entre soldados y misioneros, los españoles construyeron en piedra un fuerte, destruido siglos después, y una iglesia dominica, llamada Todos los Santos, cuyos restos han aparecido en una excavación arqueológica que empezó en 2011. Desde entonces, se han encontrado seis tumbas en el interior de la iglesia y una veintena de enterramientos en el cementerio de alrededor, así como la mitad de una hebilla europea y un fragmento de una cruz de Caravaca.

Pruebas de ADN

«Por las pruebas de ADN efectuadas en el Instituto Max Planck de Jena (Alemania), pensamos que uno de los cuerpos hallados en el interior de la iglesia es de un europeo del norte, seguramente de un holandés que fue enterrado allí tras expulsar a los españoles pese a que estaba prohibido tanto por el catolicismo como por el protestantismo», cuenta por teléfono a ABC María Cruz Berrocal, de la Universidad de Cantabria, directora del proyecto junto a Tsang Chenghwa, de la Universidad Nacional Tsinghua en Taiwán. Tal y como explica Cruz Berrocal, «creemos que dentro de la iglesia hay misioneros españoles enterrados y alguien prominente de la comunidad, como un oficial del Ejército, porque están cerca del altar y en ataúdes. En cambio, a los nativos del pueblo se les daba sepultura en el cementerio de alrededor, envueltos en sudarios que han permitido conservar sus huesos muy bien o, como en el caso de una niña local de cuatro años, en una vasija y con ajuares indígenas».

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De la iglesia, que quedó enterrada en el siglo XX por una zona residencial de unos astilleros cercanos y sobre la que hoy se levanta un aparcamiento, ha aparecido el ábside y se ha definido su planta rectangular, que tenía unos 40 metros de largo y se parecía a las de España y Latinoamérica. Con anchos cimientos y consistentes contrafuertes al exterior, el templo fue levantado con un tipo de piedra cuya cantera no se ha localizado en la isla de Heping, por lo que es probable que viniera de otros lugares de Taiwán. «Su construcción fue un trabajo enorme y se nota que los españoles estaban invirtiendo mucho pensando que iba a perdurar», observa Cruz Berrocal, quien destaca la gran cantidad de información que se puede extraer de este rico yacimiento. Además de arrojar luz sobre la presencia española, hay vestigios prehistóricos y otros posteriores de la Dinastía Qing (1644-1912) y de la ocupación japonesa (1895-1945).

Los primeros años de la investigación fueron impulsados por el historiador José Eugenio Borao Mateo, quien lleva en Taipéi desde 1989 e imparte clases en la Universidad Nacional de Taiwán. Autor de numerosos libros basados en documentos del Archivo de Indias y uno de los mayores expertos sobre la presencia española en Asia, atribuye la existencia de esta colonia a «la fuerte rivalidad que había en el siglo XVII entre España y Holanda, con continuos bloqueos a Manila para quedarse con el comercio asiático».

Ruta con Japón

Desde Macao, los portugueses habían establecido una ruta con Japón, que en ese momento no tenía contactos oficiales con China. Además, los marineros de Cantón (Guangdong) y Fuzhou llevaban a Manila seda, porcelana y otros productos, que intercambiaban por la plata que traía España desde América, muy necesaria en China por esta primera explosión del comercio global. Desde la isla indonesia de Java, los holandeses aspiraban a controlar esta ruta e intentaron tomar Macao en 1622, pero no lo consiguieron y tuvieron que retirarse a las islas Pescadores, en el estrecho de Formosa. Pasado un año, fueron expulsados de allí por la Administración imperial china, que les permitió marcharse a Taiwán porque en ese momento no tenía intereses sobre la isla, poblada solo por aborígenes y refugio de piratas y contrabandistas. Curiosamente, el interés de China por Taiwán, que hoy es su principal reclamación territorial, empezó entonces, entre otros motivos, por la presencia en la isla de españoles y holandeses.

Asentados desde 1624 en Tainan, al sur de Taiwán, los holandeses intentan cortar el comercio que va de China a Manila para expulsar a los españoles y tomar esta ciudad. «Eso fue lo que llevó a los españoles a ocupar el norte de Taiwán: protegerse de las incursiones holandesas que pretendían cortar el comercio entre China y Manila, base de la estabilidad de Filipinas», desgrana Borao en su despacho de Taipéi mientras ilustra sus explicaciones con mapas que dibuja en el cuaderno de este corresponsal.

Aunque los españoles intentaron echar a los holandeses de su base en el suroeste de Taiwán con importantes flotillas entre 1626 y 1627, se lo impidieron los tifones y tuvieron que acostumbrarse a convivir con sus enemigos. Además de la colonia de San Salvador de Quelang en la isla de Heping, las tropas españolas levantaron en 1628 el fuerte de Santo Domingo en la cercana zona de Tamsui y los dominicos establecieron pequeñas misiones por otros puntos del norte de la isla.

«La segunda razón de la colonia es misional, ya que Taiwán era una base intermedia para saltar a Japón, que se había cerrado, y China, donde era muy difícil entrar», detalla el historiador. Aunque otro motivo podría ser comercial, Borao cree que San Salvador no llegó a ser una plaza muy importante porque, ya en 1637, el gobernador de Filipinas, Corcuera, se plantea abandonarla.

Holandeses y españoles

Finalmente, los holandeses expulsan en 1642 a los españoles, que al parecer no pudieron oponer mucha resistencia ni obtuvieron los refuerzos necesarios de Manila. Cuando Corcuera terminó su mandato, su sucesor le reprochó en el Juicio de Residencia que hubiera perdido la isla de Formosa, nombre que los portugueses le habían dado a Taiwán sin haber puesto el pie en ella, solo de verla tan frondosa y «hermosa» en sus travesías. A los holandeses tampoco les duró mucho su ocupación porque el príncipe de la Dinastía Ming Zheng Chenggong, más conocido como Koxinga, los echó en 1662 tras refugiarse en Taiwán huyendo de los Qing en China.

Tras anexionársela en 1895, los japoneses destruyeron el fuerte de San Salvador para construir unos astilleros, a la vez que aplanaron el espacio cercano en el que se hallaban las ruinas de la iglesia de la isla de Heping. El otro fuerte, el de Santo Domingo en Tamsui, fue rehecho de piedra por los holandeses y es el bonito monumento que se conserva todavía al lado del antiguo consulado británico. Junto a las de Taiwán, Holanda, Australia, Reino Unido y Estados Unidos, el fuerte de Santo Domingo sigue manteniendo una bandera española y su nombre original como señal de una presencia corta, pero imborrable.

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