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La gran victoria de Pedro el Cruel en la guerra civil castellana (y el error que acabaría con él)

David Barreira 

El rey de Castilla derrotó de forma contundente a su hermanastro Enrique de Trastámara en la batalla de Nájera (1367), pero sería un triunfo ineficaz.

Un (aspirante a) rey, enfundado en una ostentosa armadura y sin soltar la espada, sube apresuradamente a lomos de su caballo con la ayuda de un leal escudero. A su alrededor la escena dibuja cadáveres y caballeros que escapan a pie, despavoridos ante la carga enemiga. Es la imagen de la derrota. El protagonista del lienzo, pintado por Juan Ángel Sáenz García a mediados del siglo XIX, es Enrique de Trastámara, y recoge el momento en el que abandona el campo de batalla de Nájera y claudica ante su gran némesis, su hermanastro: Pedro I de Castilla, conocido como el Cruel.

Aquel 3 de abril de 1367 la balanza de la guerra civil castellana parecía decantarse del lado del hijo legítimo de Alfonso XI. Hacía exactamente un año que su vástago bastardo, Enrique, nacido de su relación con Leonor de Guzmán, se había autoproclamado rey de Castilla y León en un lugar simbólico: el monasterio burgalés de las Huelgas. Fue el punto culminante de una rivalidad in crescendo que se había iniciado en 1350, desde el mismo momento en que Pedro se sentó en el trono.

La batalla en Nájera, acaecida en las inmediaciones de la localidad riojana, supuso un espectacular éxito militar para el rey cruel —la propaganda trastámara le definía como un tirano responsable de incontables asesinatos y protector de los judíos—. Sin embargo, en vez de verse sus posiciones reforzadas, su apoyo y su imagen comenzaron a declinar. Casi dos años más tarde, el 14 de marzo de 1369, Pedro I murió apuñalado al pie de la fortaleza de Montiel (Ciudad Real). Y quien empuñaba el cuchillo era aquel mismo hombre que había huido a galope de Nájera: su hermanastro Enrique. La venganza soñadaEl inicio de la nueva dinastía.

La guerra civil de Castilla (1366-1369), lejos de ser un conflicto local, se convirtió en una escisión de la Guerra de los Cien Años (1337-1453). Enrique de Trastámara, además de contar con el apoyo de Pedro IV de Aragón a cambio de amplias compensaciones territoriales, también se granjeó el soporte de Francia gracias al pacto alcanzado con Bertrand du Guesclin y sus muy entrenados y experimentados mercenarios de las Compañías Blancas. Y también se alineó con su causa, dentro del propio reino castellano, un movimiento trastamarista impulsado por muchos miembros de la nobleza.

Ante esta amenaza, a Pedro I, que había sido excomulgado por el papa Inocencio VI tras la ruptura de su matrimonio con Blanca de Borbón, no le quedó otra opción que buscarse aliados. Logró ratificar un acuerdo con el rey de Navarra, Carlos II, y otro con el heredero de la Corona inglesa, Eduardo de Woodstock, conocido como el Príncipe Negro y considerado el caballero más brillante de su tiempo. Además de dar diversas concesiones territoriales en el Señorío de Vizcaya y de brindar acceso a los ingleses a los puertos castellanos del Cantábrico, el rey de Castilla se comprometió al pago de cuantiosas cantidades a cambio de su colaboración militar.

Victoria contundente

A pesar del coste de la unión, el movimiento reportó beneficios inmediatos para Pedro el Cruel. Sus tropas derrotaron de forma aplastante en Nájera al contingente enemigo. Está considerada dicha batalla como una de las mayores del siglo XIV en Occidente y de la Edad Media hispana, sin duda la más sangrienta de la guerra civil castellana. El Ejército del Príncipe Negro —dirigía a entre 6.000 y 10.000 hombres, según los cronistas— constituía “una fuerza de tremenda efectividad y gran calidad en hombres y armamento y representaba lo mejor de Occidente en términos bélicos”, según el historiador Fernando Castillo Cáceres. Sobre todo por las letales descargas de los arqueros ingleses, que habían alcanzado especial reconocimiento frenando las embestidas de la caballería francesa.

La realidad del bando trastámara, por el contrario, era muy diferente: “Su reducido y heterogéneo ejército no estaba ni coordinado ni unido; no tenía un armamento como los arcos o armaduras, comparables al de los angloascones y no solo desconocían en su mayoría las tácticas al uso sino que las despreciaban, como era el caso de la nobleza castellana”, analiza Castillo en su estudio sobre la batalla. Ante este panorama, el triunfo de las fuerzas petristas, muy superiores en número, tardó un puñado de horas en confirmarse.

Como se atisba en el cuadro de Sáenz García, Enrique de Trastámara y sus caballeros incurrieron en una huida masiva hacia Nájera. Muchos de ellos cayeron presos —el propio Du Guesclin, por quien hubo que pagar un elevado rescate—, fueron acuchillados o se ahogaron con sus pesadas armaduras en el río Najerilla. Un testimonio relativo a aquella batalla, recogido por Julio Valdeón, afirma que “la mayor parte de los castellanos no peleaban de corazón contra el rey don Pedro porque sabían ya que había sido e era su rey e señor natural días havía e que si algunos yerros havía fecho que Dios se los havía de demandar que non castigar ellos”. Según informó el Príncipe Negro en una carta a su esposa, el choque se había saldado con unos 5.000 muertos y 2.000 prisioneros.

Pedro el Cruel, que había combatido en el cuerpo principal de su ejército, contempló su rotunda victoria con satisfacción desde primera línea, pero la expresión de su rostro mutó radicalmente al descubrir que su hermanastro no se encontraba ni entre los muertos ni entre los prisioneros. Enrique había logrado escapar a lomos del caballo de su escudero en dirección a Soria para refugiarse en Aragón y de ahí saltar a Francia. No poder capturar al pretendiente fue un error que a la postre se revelaría mortal para los intereses del rey castellano.

También serían decisivas las argucias de Pedro I para quebrantar los acuerdos con el Príncipe Negro: logró evitar el pago de la campaña aunque esto se tradujo en la ruptura del pacto militar y la salida de las tropas inglesas de Castilla. “El monarca castellano se ahorraba el cumplimiento de sus obligaciones —concluye Castillo Cáceres—, pero la realidad también dejaba entrever su aislamiento, revelado en toda su intensidad cuando al año siguiente el incansable Enrique de Trastámara regresase a Castilla con sus Compañías, de nuevo financiadas por Francia, para coronarse rey, esta vez definitivamente”.

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