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La hazaña gaditana de la Poza de Santa Isabel: la desconocida primera paliza de España a Napoleón

La historiadora Lourdes Márquez Carmona recuerda que las tropas del emperador francés no sucumbieron por primera vez ante los españoles en la famosa batalla de Bailén, como suele creerse, sino en esta gesta de soldados andaluces en Cádiz durante la Guerra de la Independencia

Cuenta a ABC la historiadora Lourdes Márquez Carmona que, aún siendo gaditana, desconocía la existencia de la olvidada batalla de la Poza de Santa Isabel que tuvo lugar, entre el 9 y el 14 de junio 1808, en un antiguo fondeadero de la bahía frente al arsenal de La Carraca, en San Fernando. «Es extraño que no se le haya prestado la debida atención por parte de los historiadores y no sabría decirte la razón, la verdad, porque fue de alguna manera importante. Cuando se dice que la primera derrota de Napoleón en la Guerra de la Independencia fue en Bailén, en julio de 1808, no es del todo verdad. Fue aquí, un mes antes, cuando el almirante francés Rosily se rindió ante los

andaluces», asegura.

Márquez Carmona reconoce que llegó a este episodio un poco por casualidad, cuando el tataranieto de Michel Maffiotte –un marino francés que había participado como timonel del navío Indomptable en aquella batalla junto al jefe de la escuadra francesa, el almirante Rosily– le trajo el relato inédito de su tatarabuelo: «Mal designio. Memorias de Michel Maffiotte. El armero Maffiotte». Estaban escritas en francés y, después de ser traducidas, se conservan ahora en la Biblioteca Pública de Santa Cruz de Tenerife, la ciudad en la que el autor se quedó a vivir tras ser liberado por España y donde crecieron sus descendientes.

Tirando de ese hilo, la historiadora gaditana rescató también la desconocida historia de las cárceles flotantes que se establecieron en Cádiz en 1808 y en la que fueron hacinados miles de prisioneros franceses –«Recordando un olvido. Pontones prisiones en la Bahía de Cádiz. 1808-1810» (Círculo Rojo, 2012)– y escribió un artículo sobre este enfrentamiento: «Recuerdos de un timonel: Michel Maffiotte y la rendición de la escuadra de Rosily en la batalla de la Poza de Santa Isabel (1808)». «Es un hecho muy desconocido. Es verdad que, en 1987, el almirante Enrique Barbudo Duarte publicó un pequeño libro sobre el episodio, pero los documentos que usó para sacar su información se habían quemado ya en el incendio del Archivo Naval de San Fernando en agosto de 1976», recuerda.

«Más de 3.500 prisioneros»

Entre aquel 9 y el 14 de junio, apenas un mes después de que se produjera el famoso levantamiento del 2 de mayo de 1808, los restos de la maltrecha Armada Española junto a los soldados de tierra se batieron con la escuadra de Rosily frente a la costa oeste de la Real Isla de León –entre Punta Cantera y la Casería de Ossio–, en las conocidas como Pozas de Santa Isabel. Los gaditanos estaban hartos de las noticias que llegaban desde Madrid, que era una ciudad completamente tomada ya por las tropas de Napoleón y había saltado por los aires. «No se oían más voces que ¡armas, armas, armas! Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones. Y si la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos un momento antes, después de la aparición de la artillería todos fueron actores», contaba Benito Pérez Galdós en sus «Episodios Nacionales».

Daba comienzo la Guerra de Independencia y aunque, un año antes, Napoleón había jurado a sus generales que la invasión de España sería «un juego de niños», en la Poza de Santa Isabel recibió su primera lección, su primera advertencia. Aquella puede considerarse la victoria más notable de las pocas batallas que se libraron durante dicho período, un mes antes que la heroica victoria del general Castaños en Bailén. «Es verdad que lo de Bailén fue muy fuerte, pero en la bahía de Cádiz se capturaron cinco navíos de línea y una fragata que fueron anexionados a la Armada Española y se hicieron más de 3.500 prisioneros», subraya Márquez Carmona a este diario.

El origen de este episodio lo encontramos tres años antes, el 25 de octubre de 1805, cuando habían pasado cuatro días de la famosa batalla de Trafalgar. Rosily llegaba a Cádiz por orden de Napoleón para sustituir al almirante Villeneuve al mando de la escuadra combinada hispano-francesa. Desgraciadamente, no pudo llegar a tiempo. «Al parecer, se le rompió la rueda de su carruaje en Madrid», cuenta la historiadora, pero Villeneuve, sabiendo que iba a ser relevado, salió del puerto a enfrentarse a Nelson y sufrió una aplastante derrota. Tras la tragedia, permanecieron en la bahía de Cádiz sólo cinco navíos de línea y la fragata con bandera francesa: Herós (de 84 cañones), Algeciras (86), Plutón Argonaute (74), Neptune (92) y la fragata Cornelia (42). Por parte de la escuadra española, también diezmada, estaba al mando don Juan Ruiz de Apodaca. Y allí permanecieron ambas, juntas y tan amigas, durante tres años.

Física y moralmente derrotados

A su llegada a Cádiz en 1805, Rosily asumió el mando de una flota maltrecha, tanto por el estado material de los buques, como por el aspecto físico y moral de las tripulaciones. El desánimo reinaba en la mente de unos hombres que padecieron muchas calamidades desde que Villeneuve adoptó la equivocada decisión de salir al ataque contra Nelson a pesar de que Bonaparte le había ordenado lo contrario. Y a pesar, también, de la oposición de los mandos españoles.

Los franceses –todavía como aliados– no podían abandonar la bahía de Cádiz debido al bloqueo inglés del almirante Purvis y sus 12 navíos, que obligaron a la flota de Rosily a permanecer refugiados. «Durante esos tres años salían tranquilamente de los barcos y se juntaban con los gaditanos. Hasta se iban de fiesta a una zona de Puerto Real que actualmente se llama el barrio de Jarana precisamente por eso. Los oficiales eran los que más bajaban a tierra, a Cádiz, San Fernando y Puerto de Santa María. Tenían muy buena relación con la importante colonia francesa de comerciantes que había en Cádiz e, incluso, Rosily fue al entierro del capitán general Gravina, uno de los héroes de la Real Armada Española, en 1806, en la Iglesia del Carmen de Cádiz», relata la historiadora.

Pero al comenzar la Guerra de Independencia, de un día para otro, estos pasaron de ser amigos a ser enemigos. Los gaditanos no entendían cómo no rendían a los franceses tras las noticias del levantamiento de Madrid, mientras en Cádiz aumentaba el descontento entre los vecinos. Hubo asesinatos y encontronazos entre ellos y los galos. Fue entonces cuando Rosily prohibió a sus hombres desembarcar y el gobernador de Cádiz, el Marqués de Solano, puso algunas pequeñas embarcaciones para vigilar a los buques franceses por si se les ocurría levantarse en armas a la llamada de Napoleón.

El asesinato de Solano

Pero para los vecinos de Cádiz aquella medida de Solano no fue suficiente. Es cierto que el gobernador no tenía apenas infraestructuras para atacarlos, pero sí estaba intentando organizar una táctica para que se rindieran. Aún así, fue tachado de afrancesado y asesinado por un grupo de exaltados como cuenta Maffiotte en su diario. «Es curioso, porque esos mismos habitantes tres años antes habían ayudado en las labores de auxilio de los supervivientes, españoles, franceses e ingleses, que llegaron a las costas del litoral de Huelva y Cádiz, tras el sangriento combate de Trafalgar y el fuerte temporal del suroeste que llevó a pique 15 navíos de línea de la escuadra combinada hispano-francesa», explica Márquez Carmona en su artículo.

Seguidamente, la Junta de Sevilla, sublevada al fin, nombró al capitán general Tomás de Morla como sustituto de Solano y le otorgaron los medios necesarios para que apresara o destruyera a la escuadra francesa. Tras una reunión con las autoridades el día 30 de mayo, se acordó separar los buques españoles de los franceses para el combate, aunque oficialmente aún no había hostilidad por ninguna de las partes. «Los ingleses no dispararon, simplemente estaban ahí bloqueando la bahía y, además, los españoles se negaron a recibir la ayuda que les ofrecieron, puesto que todavía no se fiaban de generar con su entrada en la bahía “otro Gibraltar”», añade.

Rosily contaba con un total de 3.676 hombres y las seis embarcaciones mencionadas, además de 398 cañones. Todos los navíos de línea tenían en común ser bastante nuevos. La dotación de la escuadra española era de 4.219 hombres y otras seis embarcaciones, de ellas cinco navíos de línea –TerribleMontañés San Justo (74 cañones) y San Fulgencio San Leandro (64)– y el buque insignia de 112 cañones Príncipe de Asturias, además de la fragata Flora. Eso sumaba un total de 496 cañones bajo las órdenes del general Ruiz de Apodaca Apodaca. Sin embargo, los galos se hallaban perfectamente pertrechados de víveres y municiones y nosotros padecíamos todo tipo de carestías. Por eso, lo primero que hizo el gobernador Morla fue buscar la alianza con los ingleses para obtener prestados 400 kilos de pólvora y preparar el esperado plan de ataque.

El plan

La planificación quedó al mando del jefe del Arsenal de La Carraca, el teniente general José Joaquín Moreno; el comandante del Cuerpo de Brigadas del Departamento de Cádiz, Diego de Alvear y Ponce de León; el gobernador Morla y, por último, el general Apodaca. La operación consistió en, después de haberse separado de la escuadra francesa, impedir su salida de la bahía de Cádiz, obstaculizar su navegación y movilizar todas las fuerzas navales disponibles. Estas consistieron en tres divisiones de 15 lanchas cañoneras, cada una en primera línea, puesto que sus navíos estaban muy maltrechos y apenas podían navegar. A continuación las bombarderas y más atrás los botes auxiliares con tropas y pertrechos listos para abordar o sacar a remolque cualquier buque de la zona. Mientras, el Príncipe de Asturias y el Terrible dando apoyo al conjunto.

Morla exigió primero a Rosily que se rindiera, pero este hizo caso omiso. Entonces comenzó la ofensiva con las cañoneras. Estas proporcionaron un gran apoyo logístico y estratégico, ya que no sólo hicieron un gran daño en las escaramuzas, sino que permitían transportar material y personas por los caños. Como describió Maffiotte en su diario, su papel fue fundamental: «Las cañoneras españolas levaron sus anclas y se nos aproximaron a remo combatiendo constantemente, pero, habiendo abandonado las baterías del polvorín y del Trocadero, su fuego ha disminuido y nosotros hemos contado 16 cañoneras que han retrocedido y fondeado en su primera posición, desde donde nos han disparado bombas hasta la medianoche […]. En esta jornada cayó una bomba en el castillo de proa que explotó en la batería de cañones del calibre 24, impactando también en el cascabel de un cañón y dejando 16 o 17 hombres fuera de combate».

Rosily intentó ganar tiempo escribiendo varias cartas a Morla en las que pedía que dejasen salir a su escuadra bajo promesa de no ser atacados ni por los españoles ni por los británicos. Su único objetivo era ganar tiempo para que llegaran los refuerzos al mando de Dupont enviados por Napoleón. No se imagianaba que estos jamás harían acto de presencia, ya que, un mes después, serían arrasados por el general Castaños en la batalla de Bailén. El gobernador gaditano, por supuesto, se negó. El almirante francés propuso entonces desembarcar el armamento y arriar sus banderas, pero permitiéndoles permanecer a bordo. Era la misma treta, pero Morla le indicó que sólo aceptaría su rendición sin condiciones.

«Es imposible que ganara la partida»

«Lo importante de la ofensiva española fue la corona de fuego que estableció en tierra alrededor de la Poza de Santa Isabel, desde el Trocadero, en Puerto Real, al arsenal de la Carraca, en San Fernando. Y a ello se sumó las lanchas cañoneras, esas embarcaciones menores con cañones a bordo que estuvieron disparando sin parar. Con esto quiero decir que fue una especie de combate mixto y extraño, desde tierra y mar, para rendir al enemigo. Y lo cierto es que la posición de Rosily era muy complicada porque las tropas de Dupont no llegaron nunca. Él no tuvo ningún apoyo, estuvo solo en la bahía. Estaba rodeado por los ingleses con el bloqueo, por un lado, y los españoles, por otro. No podía hacer nada. Es imposible que ganara la partida… estaba acorralado», sentencia Márquez Carmona.

El 14 de junio se volvió a ordenar la rendición sin condiciones a la escuadra francesa. Rosily era sabedor de que no podría resistir mucho más, de modo que, a lo largo de la mañana, aceptó. Los pabellones franceses fueron sustituidos por los españoles y se hicieron 3.776 prisioneros más un botín de cinco navíos de línea y una fragata, armados en total con nada menos que 456 cañones, numerosas armas individuales, gran cantidad de pólvora, municiones y cinco meses de provisiones. El balance de aquella primera victoria contra los hombres de Napoleón fue de 12 muertos y 51 heridos en el bando francés y de 5 muertos y 50 heridos en el lado español. Un pequeño hito olvidado.

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