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Los doce días de angustia que vivió España con la vista puesta en el Naranjo de Bulnes

Se cumplen 50 años del heroico rescate de los montañeros José Luis Arrabal y Gervasio Lastra, atrapados en el pico Urriello

«RESCATADOS». No hacía falta decir más en el titular. En aquella única palabra se sintetizaba la angustia, la esperanza y, por fin, la alegría que sintió toda España el 22 de febrero de 1970, tras pasar casi dos semanas en vilo, pendiente de los dos montañeros que se habían aventurado a escalar el Naranjo de Bulnes por su cara más difícil y, por aquel entonces, aún inexpugnable en invierno.
El Pico Urriello del Naranjo de Bulnes suponía el mayor desafío para el alpinismo español y su pared oeste, un murallón de 510 metros de desnivel rodeado de morbo y misterio, se consideraba en aquellos años una escalada casi imposible. Los temporales y las gélidas temperaturas habían frustrado los intentos de otros grandes escaladores hasta la fecha y el drama de Francisco Berrio y Ramón Ortiz, muertos por congelación en 1969, aún estaba reciente en la memoria de todos cuando se supo que otra cordada se había perdido en la mítica montaña de los Picos de Europa.

Los jóvenes madrileños José Luis Arrabal y Gervasio Lastra habían partido el 8 de febrero rumbo a la montaña asturiana junto con Francisco Rodríguez Almirante y Enrique Herreros, que les acompañaron hasta el refugio de la Vega de Urriello. Desde allí los dos primeros habían comenzado la escalada al gigante rocoso. Era un martes, 10 de febrero, y todo iba según lo previsto. «Confiábamos en ellos. Son los mejores alpinistas de España. Todo iba muy bien. Además, todo estaba tan preparado…», diría después Almirante.

Pero el tiempo cambió. Una intensa nevada obligó a Lastra y Arrabal a detenerse a unos cien metros de su meta y a refugiarse en un repecho. En medio de la tormenta, sus compañeros en el pie de la montaña entendieron erróneamente por sus gritos que habían alcanzado la cumbre. Creyendo que comenzarían a descender por el lado sur, Herreros y Almirante intentaron bajar hacia Arenas de Cabrales, aunque el mal tiempo se lo impidió.

El 15, domingo, saltó la alarma. El teniente coronel de la Guardia Civil de Gijón, Ángel García Suárez, recibió una llamada telefónica urgente de su homólogo en Santander: «Hay cuatro montañeros perdidos en el Naranjo de Bulnes. Me han avisado sus familias de que deberían haber vuelto este domingo. Han entrado por Santander, pero ahora están en tu demarcación».

En apenas unas horas García Suárez se desplazó a Arenas de Cabrales junto al coronel Enrique Nieto Tejedor, quien dirigió el operativo de rescate. Al poco, la noticia de la cordada perdida trascendió a los medios de comunicación y desde todo el país acudieron montañeros experimentados para ofrecer su ayuda. César Pérez de Tudela se presentó en Arenas de Cabrales al amanecer, junto con Enrique Torres, alpinista valenciano que estudiaba en Barcelona. Según escribió en ABC este inspector de Policía, montañero y periodista, escuchó comentar la noticia en televisión y al caer en la cuenta de la gravedad de la situación, partió desde la capital catalana con su coche. No se sabía nada de los montañeros y la niebla y la tempestad impedían aventurarse en su busca.

El lunes 16, Almirante y Herreros lograron llegar a Cabrales y tranquilizaron a todo el mundo. Estaban convencidos de que sus compañeros habían coronado la cima y estarían descendiendo por la cara sur, pero pasaron los días y los montañeros no bajaban. No había modo de comunicar con ellos. No llevaban radioteléfono. El periodista Ramón Luis Acuña trasladó a las páginas de «Blanco y Negro» la inquietud de aquellos momentos. «Existe la completa certeza de que están perdidos» y «el recuerdo del año pasado se hace insistente, insoportable», relató.

Dos helicópteros del Servicio de Rescate Aéreo se desplazaron hasta la zona, así como uno más pequeño de la Jefatura Central de Tráfico y otro de la compañía Avicopter.

En medio de una enorme preocupación, llegó una buena noticia. ¡Lastra y Arrabal seguían vivos! Habían sido vistos en una oquedad muy poco profunda de la pared oeste, cerca de la cima, agarrados fuertemente a unas clavijas. Resistían tras nueve días bajo temperaturas de entre cuarenta y cincuenta grados bajo cero y vientos de hasta 150 kilómetros por hora, según informaban los periódicos el jueves 19.

Hasta el viernes 20 no fue posible acercarse a ellos. Sentado por fuera del helicóptero de Tráfico, atado con cuerdas y volcándose casi sobre el vacío en una arriesgada operación, el montañero Alfonso Alonso -Alfonsín- consiguió hacerles arrojarles una mochila con comida y medicinas y unas palabras de aliento «Aguantad un poco más. Hay cordadas subiendo por la Cara Sur, en el Anfiteatro. Helicópteros dejarán gente y material en la cumbre si pueden. ¡¡Hasta la tarde!!», rezaba el mensaje.

Mientras, otros montañeros intentaban llegar a la cima por diversas rutas, pese a las duras condiciones de nieve y de hielo que dificultaban el ascenso. Pérez de Tudela fue uno de ellos: «Formé la primera cordada junto a Salvador Rivas. El paso de la ‘cornisa de nieve’ lo superé con cierta facilidad, gracias a una clavija muy ancha que pude colocar en los canalizos. Aquel día estaba dispuesto a llegar a la cima a costa de lo que hiciera falta». Logró pisar la cumbre a las seis de la tarde e inmediatamente descendió hacia la salida de la norte para avisar a Lastra y Arrabal de que ya estaban allí.

Fueron llegando más escaladores: Udaondo, Lusarreta, Rosen, Burillo, Gómez, Torres, Kirch, Abalde, Caro, Landa, Rubio y Lorente. Pérez de Tudela recordaba 34 años después cómo el guipuzcoano Lusarreta, «con un ánimo extraordinario», fue capaz de montar el torno en aquella inolvidable noche en la que la tormenta les concedió una tregua. Era una especie de polea que instalaron en el borde de la pared para izar a los heridos.

«(Joaquín Rodríguez) Burillo y (Pedro Pablo) Gómez, muy amigos de Arrabal, se presentaron voluntarios para descolgarse a la repisa con un valor admirable», proseguía el montañero. Gómez, estudiante de Ciencias Físicas de unos 20 años entonces, describiría después la alegría de Lastra y de Arrabal cuando les vieron: «Se pusieron muy contentos».

Hubo un momento en el que el cable del torno se atrancó entre las rocas, poniendo en grave peligro el rescate, pero Pérez de Tudela se descolgó para desatrancarlo, alumbrado por las linternas.

Arrabal fue el primero en ser subido por Burillo en su espalda, prácticamente inmóvil y sin fuerzas, «colgados ambos del fino cable del torno sobre el alucinante precipicio, desplazándose en péndulos, a uno y otro lado de la pared en plena noche entre los gemidos de Burillo que soportaba encima el cuerpo exhausto de su compañero, embutidos en un viejo ‘cacolet’», según describió Pérez de Tudela recordando los ruegos del joven: «¡Por favor! ¡No tiréis más! ¡Nos matáis!».

Para Gómez fue «muy angustioso» ver izarse a Arrabal en las espaldas de Burillo, así que se llevó una gran alegría cuando Lastra le aseguró que podía subir en el ‘calcolet’ sin que él lo llevara a cuestas.

A las cuatro de la mañana del sábado, los dos montañeros se encontraban por fin en la cumbre, reconfortados y atendidos por sus compañeros, aunque aún debían de aguantar esa noche en la cumbre antes de poder ser trasladados a un hospital. Lorente, que era médico oftalmólogo, proporcionó una cura de urgencia a Arrabal con inyecciones intravenosas para que pudiera resistir y veló junto a él el resto de la noche, acompañado por Abalde y Kirch.

Al día siguiente, divisaron un helicóptero que se acercaba a la cima. A bordo viajaba de nuevo «Alfonsín», que lanzó una cuerda cuando se encontraron lo suficientemente cerca. «Entendimos que era para colgar el ‘cacolet’ con Arrabal, que nos miraba aterrado. Lo hice y el helicóptero se tambaleó con el nuevo peso varias veces, como si fuera a estrellarse sobre nosotros. Minutos de extraordinaria tensión que un fuerte golpe de viento zanjó, desplazando al helicóptero lateralmente y arrastrando a Arrabal, menos mal que no a nosotros», relató Pérez de Tudela.

Para el comandante Pasquín, que pilotaba el aparato, aquel golpe de viento fue «algo providencial». «De improviso, un golpe de viento me precipitó casi encima de la cordada y del montañero, y tan pronto como le ataron, otro me elevó de nuevo sin que yo interviniera en modo alguno», explicó tras el rescate.

Arrabal quedó suspendido «boca arriba», alejándose entre las nubes. Alonso lo mantuvo «con sumo cuidado» durante unos ocho minutos «en vilo» mientras el helicóptero se desplazaba hasta el refugio. «Lo posamos suavemente» y «enseguida lo recogieron y lo transportaron al helicóptero mayor del S.A.R. (Servicio de Rescate Aéreo) que lo llevó a Oviedo», contó radiante «Alfonsín».

En el helicóptero del S.A.R. le esperaba el doctor Luis Estrada para acompañarle en el trayecto hasta el Hospital General de Asturias.

Sorprendentemente, Lastra bajó «rapelando» con el resto de montañeros del equipo de socorro hasta el refugio y posteriormente fue llevado en helicóptero al hospital de Oviedo.

«No me fotografíes las manos -le pidió al fotógrafo de ABC Sánchez Martínez- no tengo nada en ellas. Están vendadas, pero no tengo nada en ellas. ¡Vaya día! ¡Qué distinto es aquí el sol que en la pared!».

La aventura había terminado, aparentemente con final feliz. Todo el mundo aplaudía la extraordinaria solidaridad de cuantos habían participado en el rescate, mientras Arrabal era intervenido quirúrgicamente para salvar los pies congelados.

Pasaron los días, y todo animaba al optimismo, pero inesperadamente, la débil salud del montañero se agravó por una fulminante complicación respiratoria. El joven de 21 años falleció de una neumonía masiva bilateral el 28 de febrero.

Más de 1.500 personas acudieron al sepelio en el cementerio de la Almudena, entre ellos su compañero Lastra, que lloraba abrazado a la madre de Arrabal, y los montañeros que participaron en su rescate. El príncipe Don Juan Carlos envió un telegrama de condolencia y se le impuso sobre el féretro la medalla de plata al Mérito Deportivo. Pérez de Tudela lo recordaba como «una enorme manifestación de pesar y duelo, en la que pudieron verse cientos y cientos de jóvenes montañeros tristes y hasta llorosos».

Su afligida madre aún daba las gracias a Dios por haber podido ver a su hijo vivo cuando bajó del Naranjo. «Tal vez no hubiese podido resistir este duro golpe si lo bajan muerto». Fue el triste epílogo de un heroico rescate.

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