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Madrid tuvo un rey que llegó de Armenia

Juan Balansó narró en las páginas de ABC este curioso episodio de la historia de la Villa y aportó algunos datos novedosos sobre León VI

El interés por la Historia no es algo nuevo en este periódico. Si ahora los reportajes que firman César Cervera, Manuel Pérez Villatoro o Israel Viana atraen a miles de lectores cada día, antes fueron Antonio Velasco Zazo, en el apartado «De otro tiempo» o Juan Balansó, entre otros, quienes volvían su vista al ayer para recordar personajes y sucesos curiosos u olvidados. Balansó «dejó en las páginas de ABC decenas de artículos y reportajes donde, junto al dato encontrado –fue uno de los mejores buceadores en los archivos europeos– hacía galanura de un estilo desenfadado y alegre que daba a la aridez de los asuntos tratados un atractivo periodístico indudable», escribió a su muerte Santiago Castelo. Uno de estos escritos es el que hoy rescatamos del Archivo de ABC: La insólita historia de «León VI de Armenia, Rey de Madrid».

«Muy pocos madrileños sabrán, sin duda, que en tiempos de Don Juan I de Castilla, es decir, doscientos años antes de convertirse en capital de la nación y del Imperio español, la Villa del Manzanares cobijaba ya la minúscula y exótica corte de un pintoresco y extraño monarca propio… que, sin embargo vivía en el exilio», comenzaba la narración de este episodio histórico del siglo XIV.

La Armenia Menor era una amplia región de Mesopotamia situada entre el río Éufrates y la cordillera del Ponto. Tras múltiples invasiones persas, romanas, bizantinas y árabes, un caudillo llamado Rhupen había fundado en 1080 un principado independiente que sus sucesores acrecentaron con territorios de Cilicia y Capadocia. Un siglo después, en 1187, el soberano de Jerusalén Enrique de Champagne concedió el título de Rey de la Armenia Menor al príncipe León II en agradecimiento por la ayuda prestada a los cruzados. La historia de la Casa Real Armenia fue, sin embargo, efímera. Apenas dos siglos más tarde, el sultán de Egipto Chaaban II arrasó la ciudad de Sis, capital del Estado armenio, y derrocó a su último monarca, León VI, al que confinó en una prisión en El Cairo.

Tras recordar estas nociones de historia, Balansó resumió brevemente cómo había sido la vida de León VI hasta aquel año de 1375 en el que los mamelucos invadieron el territorio armenio y se vio cautivo y solo, tras la muerte de su esposa Catalina de Soissons. «Desesperado, León VI envió mensajes a diversas cortes europeas solicitando ayuda y un rescate que contribuyese a conseguir su liberación».

Juan I de Castilla y Pedro IV de Aragón se interesaron inmediatamente por la suerte de este desdichado soberano «oriental» que profesaba la religión cristiana y enviaron costosos regalos al sultán egipcio, reclamando su libertad. Su gesto fue atendido por Chaaban, que en 1382 redimió a su prisionero. El rey armenio zarpó entonces hacia Europa, con el propósito de agradecer a sus benefactores sus gestiones.

Llegó a Castilla a mediados de 1383 para entrevistarse con el más generoso de sus regios intercesores, justo en los días en que Juan I se disponía a contraer segundas nupcias con Beatriz de Portugal. El padre Flórez narró el encuentro: «Sus Altezas los Reyes fueron velados en Badajoz el domingo 17 de mayo, con gran concurrencia de prelados y señores, y con la singular circunstancia de haber concurrido allí el Rey de Armenia, a quien nuestro Rey Don Juan libró de la mazmorra en que le tuvo el Sultán de Babilonia. Nuestro Soberano, noticioso de que venía el de Armenia a tributar las gracias de su reconocimiento, envió muchos caballeros a recibirle, saliendo él también de la ciudad al acercarse el agradecido, y éste añadió el rendimiento de apearse y ponerse de rodillas, descubierto, al punto que divisó al bienhechor. Nuestro Rey se apeó también, imitándole cuantos venían a su lado, y abrazó a León y le dio el beso de la paz. Y al otro día le envió el rey don Juan paños de oro y muchas doblas y vajilla de plata…».

Balansó continuó contando que el caballeresco comportamiento de don Juan I no terminó ahí. «Monarca hispano, en el amplio sentido de la palabra, quiso demostrar a su colega armenio, caído en desgracia, hasta qué punto llegaba su regia grandeza. Y la “Crónica” del rey castellano explica: “E viéndole desvalido y sin sustento, dióle para en su vida la Villa de Madrid, e la de Andújar, e la Villa Real (Ciudad Real), con todos sus pechos, derechos y rentas que en ellas había; e cada año de renta para toda su vida la suma de 150.000 maravedises”. Así fue como León VI de Armenia se convirtió, por un rasgo de castellana largueza, en León I de Madrid…»

El flamante señor feudatario quiso peregrinar a Santiago en acción de gracias antes de visitar su villa y luego, pasando por Burgos y Medina del Campo, se internó en sus nuevos dominios. «En Segovia sufrió un pasmo y durante bastantes días yació en el lecho. Mal le sentaba el airecillo serrano a aquel caluroso monarca», apuntó el historiador antes de explicar que en Madrid la noticia de que el Rey Juan I había regalado la Villa a un extranjero «cayó francamente mal».

El pueblo de Madrid protesta

«El pueblo mostró gran descontento con su legítimo señor natural que con semejante alarde absolutista enajenaba una porción de su reino. Una comisión nombrada al efecto se trasladó a Segovia, en octubre, para exponer democráticamente al monarca la contrariedad que les causaba su “gesto” por más magnánimo que fuese». Según Balansó, Juan I «se arrepintió un poco y se conmovió algo más». Deseoso de recobrar el afecto perdido, extendió un privilegio rodado, prometiendo a sus súbditos madrileños que su Villa no sería enajenada jamás de la Corona, y que la concesión de Señorío hecha a favor de León VI era válida sólo durante la vida de éste.

Con ello logró aplacar los ánimos de los madrileños, cuyos representantes rindieron pleito a «aquel sujeto con pinta de moro», quien esa misma tarde confirmó todos los fueros, privilegios, usos, franquicias y ordenamientos de los ciudadanos mediante un solemne documento. «E los representantes del Concejo de la Villa de Madrit ficieron pleito omenaje al dicho Rey Don León en sus manos, una e dos e tres veces… de lo acoger en dicha illa e de obedescer sus cartas e mandados commo a su Señor… E de que si así non lo ficieren e cumplieren, que el Concejo a los vecinos e moradores sean por ende traydores commo aquellos que traen castillo e mantan señor…». Tal fue la «proclamación» de Don León «primero y último de Madrid, explicó Balansó.

La documentación que había consultado este investigador no era muy explícita sobre la labor como gobernante de León VI. «Amador de los Ríos afirma que se portó como un buen soberano, “que no gravó con más tributos al pueblo y que mantuvo en sus cargos a los antiguos oficiales reales“. Pinelo asegura que fue hospedado “con cortesía y regalo”. Quintana dice que reparó el Alcázary, finalmente, Sainz de Robles lo describe como un hombre sencillo, que trató de captarse las simpatías de los castizos con acertadas disposiciones», resumió.

Al parecer, al armenio le gustaba pasear sin escolta por las callejas de la Villa para entrar en contacto con su pueblo, «el cual, naturalmente, no le hacía el más mínimo aso y prefería repartirse por las 60 tabernas que existían a la sazón en Madrit, para murmurar y criticar las “extrañas” costumbres del orondo y apacible “don León», continuaba el artículo. Según Balansó, durante su reinado el nombre de la Villa cambió su «t» final por la «d» con la que ha permanecido durante siglos hasta la actualidad.

A León VI le embargaba, sin embargo, la nostalgia por su Armenia natal y tras dos años de reinado se despidió de sus súbditos y se dirigió hacia Navarra y el Bearne. «Aspiraba poder enfrascar a Carlos II y a Gastón III de Foix en una “cruzada” que le ayudara a reconquistar su lejano trono del Éufrates». Sin embargo, sus gestiones no prosperaron y el armenio, desanimado, continuó su viaje hasta París. Allí, gracias a su prestigio real, medió en las discordias entre franceses e ingleses. El rey Carlos VI le cedió el castillo de Saint-Ouen, asignándole además una sustanciosa pensión que junto con sus rentas en Castilla le aseguraron una plácida ancianidad.

Las Cortes madrileñas, de común acuerdo con el sucesor de Juan I, don Enrique III el Doliente, revocaron en 1391 la concesión de sus señoríos castellanos, aunque el exrey seguiría percibiendo la pensión de sus territorios hasta su muerte.

León VI falleció dos años después y fue enterrado en la Capilla Mayor del convento de los Celestinos de París. Según Balansó, sobre su tumba rezó la inscripción: «Aquí yace, en soledad, León de Armenia, Señor de Madrid».

«En ocasiones, un simple epitafio es el mejor resumen de toda una vida», finalizó el divulgador, que quiso aclarar en su artículo una duda. «Hasta la fecha, todos los historiadores y cronistas de la Villa han titulado el Monarca “León V“. Su propia firma en los privilegios es bien explícita: “Leo Quintus”. Sin embargo, la moderna historiografía favorece el ordinal “VI” aceptado incluso en la cronología oficial de los reyes armenios. La confusión se debe, sin duda, a que el primer León no ostentó dignidad regia, sino sólo la de príncipe soberano. También habrá que rectificar el año de su muerte, ocurrida, según Pinelo, en 1391, pues en los archivos municipales de la ciudad del Sena he hallado un documento precisando que el fallecimiento tuvo lugar en el año del Señor de 1393, con expresa indicación de su enterramiento».

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