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Matad a los gobernantes impíos: la trágica rebelión campesina y protestante del siglo XVI

Thomas Müntzer. Wikimedia Commons

David Barreira 

La nueva obra de Éric Vuillard narra el levantamiento de los campesinos alemanes en 1524 a través de la figura del teólogo radical Thomas Müntzer.

La batalla de Occidente es la crónica de una masacre, la Gran Guerra, pero en la que no surgen los grandes choques y fechas, sino el clamor de los mutilados, la tranquilidad de un hombre que con dos disparos aboca a todo un continente a las trincheras, la soledad de los estrategas militares en sus despachos ingeniando cómo matar al mayor número posible de hombres a la mañana siguiente. 14 de julio es la vibrante reconstrucción de cómo unos héroes efímeros y anónimos plantaron la bandera de la libertad en en el corazón del Antiguo Régimen. El orden del día, el libro que coronó a Éric Vuillard con el Goncourt, el premio más prestigioso de las letras francesas, es una historia más truculenta: la claudicación de los empresarios alemanes ante el sueño de odio y destrucción de Hitler.

El celebrado autor francés regresa ahora con otra pequeña de esas historias sobre acontecimientos muy concretos, y lo hace con ese estilo crudo y poético tan característico, tan hipnotizante. La guerra de los pobres (editada por Tusquets, como el resto de su obra en castellano) describe el levantamiento de los campesinos del sur de Alemania en 1524, una rebelión que pronto se propagó por Suiza y Alsacia y que vertebra en torno a la figura de un teólogo radical, protestante, llamado Thomas Müntzer, el líder de una conjura popular contra los privilegiados, los impíos. No solo para derrocarlos: hay que matarlos.

Esta es una mini obra —se lee en poco más de una hora— deliciosa que discurre por temas universales como la mezquindad del poder o el idealismo de los oprimidos, que se revuelven permanentemente contra los que manejan sus vidas, les hacen unos rasguños, como mucho logran unas concesiones efímeras y luego son aplastados como simples moscas. Es una historia de lucha en la que (casi) siempre pierden. Una novelita, un relato, que encuentra ecos en el presente, especialmente en el movimiento de los chalecos amarillos en Francia.

Eric Vuillard es un cirujano del pasado, un observador minimalista, profeta de los secundarios históricos, con un vigoroso estilo que le permite contar mucho con muy poco. No le hace falta enredarse en divagaciones generales sobre el discurrir de la historia: él pone su bisturí en personajes de las sombras, desplazados a los recuadros —como mucho— de libros y enciclopedias, pero determinantes en esos acontecimientos que se proyectan sobre nuestro presente. Lo hizo con los que tomaron la Bastilla en unas jornadas de vértigo y luego se refugiaron, como si nada hubiese pasado, en sus casas; también con los empresarios que avivaron el nazismo y luego la conciencia les carcomía.

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Portada de ‘La guerra de los pobres’. Tusquets

A través del caso de Müntzer — y parándose también brevemente en otros protestantes pioneros como John WyclifJohn Ball o Jan Hus— , el escritor galo arma un breve y novelesco informe sobre cómo la Reforma, la religión, provocó en el siglo XVI un auténtico terremoto en toda Europa, cimentado también sobre un problema perenne: la desigualdad. De esa misma forma contempla Vuillard el presente: una lucha contra el poder y sus subterfugios y artimañas. Pero La guerra de los pobres, además, de narrar el fenómeno, reivindica el canal de expansión de esas ideas que dan origen al fenómeno: la imprenta, que permite la reproducción de panfletos y le arrebata la supremacía del discurso a la Iglesia.

La historia de Thomas Müntzer, seguidor en su juventud de Lutero, arranca con la decapitación de su padre y se cierra, derrotado, con él sucumbiendo de la misma forma. Fue derrotado por los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico en la batalla de Frankenhausen, donde hubo cuatro mil muertos. Su ejemplo, el de esos campesinos en los que prendieron las ideas revolucionarias en busca de una vida menos oscura, menos hambrienta, no sería una anomalía en los siglos posteriores. “La juventud —cierra Vuillard— nunca se acaba, el secreto de nuestra igualdad es inmortal, y la soledad, fabulosa. El martirio es una trampa para los oprimidos, sólo es deseable la victoria”.

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