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Clattenburg se equivocó; Simeone, Griezmann y Juanfran también

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Clattenburg se equivocó; Simeone, Griezmann y Juanfran también

Dice Clattenburg lo que todos sabíamos desde la primera repetición, hace ya casi cuatro años. Que Sergio Ramos cabeceó en fuera de juego el 1-0 de la final de Milán. El Atlético, que también lo sabía, tuvo 105 minutos después del gol para ganar aquella final y no lo hizo. Tuvo un penalti a favor después de que Clattenburg saliera con mala conciencia tras el descanso y Griezmann lo mandó al larguero. Tuvo al Madrid dominado y casi vencido, pero no fue a rematarlo por miedo. Y tuvo un portero que no olió una en la tanda y tuvo a Juanfran rematando al palo.

El Atlético no pudo con el Madrid en la final de Lisboa, no pudo con el Madrid en los cuartos del año siguiente, no pudo con el Madrid en la final de Milán y no pudo con el Madrid en las semifinales de 2017. Y nunca fue culpa de que el entrenador del Atlético, que era el mismo en todas las ocasiones, echase a su equipo atrás, planteara mal la eliminatoria o se equivocase con los cambios. A todos nos ha dicho alguna vez una madre o una novia lo de “No, tú no haces nada mal, tú nunca haces nada mal”, esa doble aseveración que a uno lo pone al borde del cortocircuito. El problema es creérselo, pensar de verdad que todo es siempre culpa de los demás.

Cuando el destino llama a historiacuando el día amanece sabiendo que su fecha permanecerá en los libros para siempre, no valen excusas, ni inclemencias ni imprevistos. Los grandes generales salen victoriosos, los equipos llamados a reinar se llevan otra cabellera como trofeo a su guarida. A los que vuelven lamentándose de que las botas pesan cada vez más por culpa del barro sólo les queda eso, el lamento. Las finales son para ganarlas, no para llorarlas.

Que Carlos Sainz corra en Ferrari es como que un español pise la Luna. Fernando Alonso nos la bajó dos veces, creando y desbordando la afición por la Fórmula 1 en España. Hasta nos hizo despertarnos muchos domingos antes de que abrieran las churrerías. Y por eso ahora hay que disfrutar de Carlos, porque en un país envidioso y al que le gusta más un fracaso que una terraza de bar, ha conseguido andar su propio camino y ganarse con mérito y trabajo un contrato con la escudería más mítica y con el peso de un apellido mítico a la espalda. A disfrutar.

El fútbol ya está a la vuelta de la esquina. La Bundesliga nos va a quitar el mono después de dos meses y nos va a recordar que el mundo sigue ahí donde lo dejamos. Que el balón sigue siendo redondo, que las porterías siguen midiendo lo mismo y que los goles se siguen cantando igual, con toda la garganta y los puños apretados. Los que durante el confinamiento hayan hecho migas con el vecino de enfrente y ahora le vean gritar por la ventana los goles que a nosotros nos hunden en el sofá, van a recordar que aunque es bonito eso de que todos estemos en el mismo equipo, también está bien que seamos de equipos diferentes de vez en cuando.

Que el nuevo Bernabéu va a ser una pasada por fuera ya lo sabíamos. Que también lo va a ser por dentro nos lo ha descubierto Pablo Polo. Un césped de quita y pon, una solución para convertir un estadio de fútbol en uno de conciertos o en una cancha multiusos de un día para otro. Una fuente de ingresos brutal y un nuevo monumento para la ciudad de Madrid.

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