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Los dos vuelos del Buitre ante el Cádiz

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S. Siguero

Ala hora de repasar el currículum deportivo de Emilio Butragueño Santos (Madrid, 1963), el recuerdo se posa en grandes noches, como la del Anderlecht en la UEFA 85-86 (tres goles del Buitre para certificar una de las más espectaculares remontadas del club en una época especialmente prolífica en tales hazañas) o en el partido ante Dinamarca de octavos de final del Mundial de México 1986, ante la que anotó cuatro goles que hicieron que el pueblo, congregado de madrugada en Cibeles, pidiera su traslado directo al Palacio de La Moncloa.

Pero, aunque su ascenso en el Madrid fue meteórico, la verdadera historia del Butragueño en el Madrid empezó ante el Cádiz, rival hoy del Madrid en LaLiga. Fue en el mes de febrero de 1984, cuando Emilio aún jugaba en las filas del Castilla dirigido por Amancio Amaro. Alfredo Di Stéfano, entrenador del primer equipo, le llevó con los mayores en una visita al Carranza que se torció muy pronto para los blancos, que peleaban con el Athletic por la Liga. Cuando se vio 2-0 abajo y sin apenas opciones en el banquillo, La Saeta pronunció su mítica frase. “Nene, calentá“. “Me fui volando al campo para que Alfredo no tuviera tiempo de arrepentirse”, recordaba años después Butragueño. Y no dio motivos su entrenador. Con él en el campo, el Madrid volteó el marcador, con goles de Butragueño, Gallego y, sobre la bocina, del propio Buitre, que tras el partido atribuía su afortunado debut a una especie de intervención semidivina.

Butragueño acabó aquella temporada con 12 partidos jugados con el Madrid y seis goles. Pero más determinantes fueron los 24 que anotó con el Castilla, entre ellos uno al Bilbao Athletic en un atestado Bernabéu (la expectación que levantaba el Buitre y recién bautizada Quinta había dejado pequeños los campos de la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana) que sirvió para atar el título de campeón de Segunda para el Castilla, un hecho inédito en la historia de los filiales. El Athletic, sin embargo, ganó la Liga de los mayores tras acabar el Campeonato empatado a puntos con el Madrid, gracias al gol-average particular.

En la siguiente temporada Butragueño ya era jugador del primer equipo a todos los efectos. Su irrupción, rodeado de sus compañeros de la Quinta, conmocionó el fútbol español. El Madrid estableció una dictadura sobre la Liga que duró cinco temporadas consecutivas, récord histórico en el torneo, pero fue en la Copa, de nuevo ante el Cádiz, cuando el Buitre volvió a invocar al genio de la lámpara para producir uno de los mejores goles que se han visto en el Bernabéu. En el partido de vuelta de octavos de final (0-0 en la ida), el Madrid aplastó al Cádiz por 6-1, pero lo que el madridismo recuerda de aquel partido es el último gol de los blancos, marcado por Butragueño cuando, tras recibir dentro del área, dejó clavados a tres rivales y aún tuvo sangre fría para burlar a Jaro para depositar el balón en el fondo de la red con ocho toques mágicos. Hasta Juan José, ya de vuelta en el Cádiz, le dio una colleja al ‘niño’, mientras Juanito, taurino de pro, lo subía a hombros. Emilio ya no atribuía su magia a la divinidad, porque sabía que el duende el fútbol habitaba dentro de él. Y el Cádiz también.

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