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Sterbik: “Los rivales me temían más que yo a ellos”

Zagreb (Croatia), 28/01/2018.- Spain's goalkeeper Arpad Sterbik celebrates after winning the EHF European Men's Handball Championship 2018 final match between Spain and Sweden in Zagreb, Croatia, 28 January 2018. (Croacia, España, Balonmano, Suecia) EFE/EPA/GEORGI LICOVSKI

La primera vez que Arpad Sterbik, con ocho o nueve años, le dijo a su padre que estaba entrenando de portero, la respuesta fue tajante: “Pero si ahí meten a los que no saben jugar. Tú tienes que ser lateral”, le exclamó. Lateral como él. Esa había sido, en realidad, la primera posición en el balonmano de aquel niño nacido a finales de los setenta en Senta, en la zona serbia de la antigua Yugoslavia, hasta que por accidente fue colocado bajo palos y empezó a parar y parar. Su progenitor, no obstante, no se dio por rendido a la primera y se marchó a hablar con los técnicos de su hijo. “Les pidió que hicieran de mí un lateral”, recuerda Sterbik. Por suerte, nada cambió y ahí comenzó a construirse un gigante de este deporte que ahora, a los 40, anuncia la retirada.

“En las últimas una o dos temporadas he tenido pequeñas molestias físicas y veo que ya no es lo mismo”, reconoce. “Al 70% no quería seguir. Cuando estás acostumbrado a un nivel y no puedes dar lo que todos esperan de ti, me pongo nervioso. Por eso he dicho basta”. La decisión la tenía tomada y hablada con su club, el Veszprem, hace meses, y es irrevocable. Ni aunque pueda volver la competición este curso se calzaría de nuevo las zapatillas. Desde ya sus planes de vida son otros. Ayudará como entrenador de porteros en el equipo (su sustituto para la siguiente campaña es el español Rodrigo Corrales) y se lanzará a producir vino. “Tengo un terreno cerca del lago Balatón y voy a poner unas uvas pensando en la familia y los amigos. A ver qué sale. Sobre todo me gusta el tinto, y en verano también los blancos y rosados. Cuando hace mucho calor, le echo agua con gas y lo tomo como un refresco”, comenta relajado desde su casa en Hungría recién llegado al domicilio. “Aquí podemos salir a la calle, la cosa está bastante bien. Por la mañana pongo las noticias de España y Serbia, y no tiene nada que ver”, afirma.

De su palmarés cuelga una retahíla de títulos y distinciones: seis medallas internacionales (dos con Yugoslavia y cuatro con España), seis ligas Asobal, cuatro Champions y el premio en 2005 al mejor jugador del mundo. Allí por donde pasó (Ciudad Real, Atlético, Barcelona, Vardar o Veszprem) resultó decisivo. “He jugado la Liga de Campeones 20 años y, poco a poco, he notado que los jugadores tenían más miedo de mí que yo de ellos”, confiesa. Detrás de ese guardameta con pinta de pachorra se escondía un tipo estudioso y concienzudo cuya sola presencia intimidaba. “Al final, con los veteranos ya no tenía ni que preparar. Sabía más o menos qué podía esperar de ellos, cómo tiraban según el momento del partido. Si no, es imposible llegar a un lanzamiento de siete u ocho metros a 120 kilómetros por hora. Con los jóvenes me costaba más. La portería tiene cuatro esquinas y muchos sitios”, señala.

Analizaba a los rivales y, si hacía falta, aparecía en el pabellón con la chuleta en la mano. Así fue, por ejemplo, para las semifinales del Europeo de 2018 contra Francia, en el que fue reclutado de urgencia por la lesión de Gonzalo Pérez de Vargas. El día anterior estaba comiendo patatas fritas en casa de Macedonia y en unas horas se plantó en Croacia para detener tres de los cinco penaltis galos tras un mes inactivo. En el vestuario, todos le felicitaron por sus intervenciones mientras él estaba fastidiado por los dos que le colaron. En la final ganada ante Suecia resultó aún más decisivo y le concedieron el MVP. “Me lo dieron porque pensaban que me iba a retirar”, apunta riéndose.

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