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Deporte

“Un Madrid menguante”

Manuel Juliá

La tarde, nublada y vacía, se oscurece mientras las farolas abren sus ojos y llega la hora del partido. El bar acoge a 15 aficionados madridistas que mascullan la duda sobre qué equipo verán, si el del Inter o el menguante, como la luna, del Alavés. Huele a silencio. Huele a agria pandemia.

Al principio un prudente gozo nutre el corazón madridista. Cuando Asensio dispara al poste los gritos recuerdan viejos tiempos. En el descanso la gente tiene fe. Después nace una angustia porque el Madrid se desmorona.

Los goles son puñales cruzando el frío de Kiev hasta la barra de un bar perdido en La Mancha. Los errores estúpidos se convierten en protestas airadas. Este equipo no tiene paz, vive en guerra consigo mismo, dice mi colega mirando por el ventanal nubes dispersas que dejan ver la luna menguante.

Dentro del fuego

El destello implacable del fuego en la noche, sobre el asfalto gris oscuro. Una columna de membrillo encendido atrayendo las retinas. La velocidad inmensa de los bólidos, destellando como relámpagos de muchos colores, rojo, amarillo, verde, negro, azul… El fuego ascendiendo en una columna que parece ser un tornado ambar.

Cuando sabemos que dentro de ese fuego hay un ser humano, Romain Grosjean, intuimos la más terrible catástrofe. Bonzo a la fuerza el corredor francés dentro de esa masa de fuego. Pero el Nomex, convertido en segunda piel, consiguió que en Bahrein surgiera de las llamas el piloto indemne. Nos pareció un milagro hasta que supimos del poder de la ciencia. Sin el Nomex se habría quemado hasta el alma. Hoy ya ha salido del hospital.

¡Maldito Müller!

Martes de dolor para unos y de casi gozo para otros. Después del Madrid, el Atlético alimenta el ánimo de sus hinchas. Llegaron al final todos menos uno que gusta de ver a los blancos cuando juegan mal. Y con esa alegría de derrota del vecino, los atléticos hinchan el pecho y aprietan los mofletes mientras Carrasco o Joao Félix marean a la defensa del Bayern. Y eso que hay un gigante, Süle, que es como un pelotón de defensas comprimido en un cuerpo. Qué pena el marcador tan exiguo, esos goles solo de espíritu.

En el murmullo de gozo alguien, muy prudente, dijo que nada de jolgorio, que era el Bayern. Y todos se dieron cuenta de esa pasión y velocidad que pone los alemanes, correcaminos incansables. El maldito Müller, listo y ágil, marcó ese gol que para nadie fue una sorpresa.

La casa de Maradona

Cama de dos plazas, televisión y un sillón en una sala de estar adaptada. Un cuarto de baño pequeño y adusto fuera de la habitación donde murió. Ventanas tapiadas con Durlock. La habitación del último aliento blanca, sin apenas ornamento: una maceta con una planta de plástico, sin baño clínico, inimaginable como lugar de descanso y muerte de uno de los mejores jugadores de la historia.

Estanterías vacías. Paredes desnudas. Bombillas descarnadas, sin lámparas. Escaleras estrechas que no podía subir el genio por la rodilla destrozada. Un jardín con una canasta de baloncesto y una portería esquelética, quizá de alambre. Una casa para nada adaptada a un enfermo, como era Maradona. Triste final, como dice Ruggeri: “Si vieras el lugar donde murió Maradona, te morís”.

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