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De Enron a Wirecard: ¿Quién audita al auditor?

Reino Unido exige a las ‘Big Four’ crear consejos independientes para vigilar su labor.

En julio, el organismo regulador de las prácticas contables en Reino Unido (FRC, por sus siglas en inglés) dio un periodo de cuatro años a las grandes grupos de servicios profesionales (Deloitte, EY, KPMG y PwC) para separar sus negocios de consultoría y auditoría.

El objetivo del nuevo cortafuegos es aislar la actividad auditora, tras una retahíla de escándalos en Reino Unido, para que esta división actúe con más independencia a la hora de revisar los estados financieros de sus clientes. Cada firma tendrá que crear un consejo independiente que supervise el negocio auditor.

“La cultura de la práctica auditora debe dar prioridad a la máxima calidad en su labor, promoviendo el comportamiento ético, la transparencia, el trabajo en equipo, el cuestionamiento [de las versiones oficiales de las empresas], además del escepticismo y juicio profesionales”, argumentaba el FRC.

Esta fórmula llega después de varios fallos graves en el trabajo en Reino Unido de las Big Four. KPMG ha sido denunciada por negligencia en su revisión de las cuentas de Carillion, constructora que quebró en 2018 poco después de recibir una auditoría limpia. Deloitte fue multada con 15 millones de libras por no detectar errores en las cuentas de la empresa de software Autonomy. El FRC sancionó a PwC por su labor con Redcentric, y la labor de EY en las quebradas Thomas Cook y NMC Health está siendo investigada.

Es probable que el plan británico de segregar a las auditoras acabe llegando al resto de Europa. El principal escándalo actual en el sector se vive en Alemania, donde EY ha tenido que pedir disculpas por no apreciar a tiempo las irregularidades contables en la firma de medios de pago Wirecard.

Pero será difícil que la creación de consejos independientes acabe del todo con los escándalos, aunque sí permitirá una supervisión y delimitación de responsabilidades más clara.

El mayor castigo que puede sufrir una firma es el golpe en su reputación, como le sucedió a Arthur Andersen al desaparecer por el fraude de Enron en el año 2001. Ni siquiera este ejemplo evitó nuevos casos. Deloitte, que heredó buena parte del negocio de los arturos, vio como su cliente Parmalat se iba al garete en 2004. La auditora acabó pagando 115 millones a la empresa italiana para evitar pleitos.

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