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La deuda pública es la droga de nuestra economía

Si observamos un billete de 20 dólares veremos la imagen de uno de los presidentes de los EEUU, Andrew Jackson, que era manifiestamente contrario al endeudamiento pues decía que el que se endeuda se convierte en esclavo de su acreedor y mostraba abiertamente su actitud contraria hacia la deuda pública hasta el punto de que fue el mandatario que más redujo los niveles de la misma en la historia del país.

De igual forma, otro presidente, John Quincy Adams decía que hay dos formas de conquistar y esclavizar a un país, una de ellas mediante la espada y la otra mediante la deuda. Y podemos seguir mostrando frases de personajes conocidos en contra del endeudamiento de las naciones de la misma forma que existen los que la alaban y la consideran un instrumento muy eficaz para fomentar el crecimiento de la economía.

La deuda pública tiene su origen en la necesidad de los gobernantes de llevar a cabo medidas de gasto público que no pueden ser financiadas con los ingresos fiscales actuales y, por tanto, se trata de un aplazamiento de impuestos, que tendremos que afrontar en el futuro, nosotros y toda nuestra estirpe.

Ahora bien, la deuda, en sí misma, no es perjudicial, permite apalancar mayores niveles de crecimiento económico, sin embargo, al igual que los fármacos, dosis elevadas de deuda terminan siendo perjudiciales para el organismo, produciendo efectos secundarios irreversibles y generando un estado de esclavitud encubierta donde las naciones pierden su soberanía al estar sometidas a las reglas de quienes las financian y que no han sido elegidos democráticamente.

La deuda pública tiene su origen en la necesidad de los gobernantes de llevar a cabo medidas de gasto público que no pueden ser financiadas con los ingresos fiscales actuales

Por tanto, la deuda pública es una enfermedad crónica de la mayoría de los países y en muchos de ellos aumentado significativamente, y al igual que Adam Smith, que asociaba la existencia de la deuda pública como algo necesario para hacer frente a los gastos de la guerra, actualmente podemos asociarla al elevado gasto público necesario para luchar contra los efectos de la pandemia en la guerra contra el virus.

En esta línea, la situación de crisis sanitaria derivada de la Covid-19 ha generado una crisis económica a nivel mundial que está impactando con diferente intensidad en cada país. En España, el efecto sobre nuestra economía ha sido más acusado que en otros países del sur de Europa, con una caída estimada del PIB en 2020 del -11,2% y un déficit público insostenible a medio plazo.

Los últimos datos publicados muestran que la deuda pública española ha alcanzado un nuevo máximo histórico hasta situarse en más de 1,31 billones de euros, lo que podría acabar el año en niveles superiores al 120% del PIB algo que ya es preocupante, aunque parece que no lo es para todos a la vista de que seguimos incrementando el stock de deuda día a día y hay previstas nuevas emisiones en breve.

En términos interanuales, el incremento ha sido de 125.000 millones de euros, casi toda comprada por el BCE bajo el programa PEPP.

Se trata de un aumento de casi 2.700 euros más por habitante, pero nos encontramos en un profundo estado de sedación, primero porque el ciudadano de a pie no es consciente de lo que debe y segundo porque las políticas monetarias del BCE están garantizando la barra libre de liquidez para financiar nuestra economía a unos tipos incluso negativos.

Sin embargo, lejos de buscar soluciones para este problema, la tentación a asumir nueva deuda en este escenario es elevada y de hecho es una realidad, pues el BCE ya ha advertido de que nuestro país tendrá el mayor aumento de deuda pública en los próximos dos años de toda la eurozona, un suma y sigue para una economía que ya arrastraba serios problemas estructurales antes de la pandemia.

Lejos de buscar soluciones para este problema, la tentación a asumir nueva deuda en este escenario es elevada

Y como el aumento de la deuda es consecuencia de la existencia de déficit público, las previsiones son igualmente preocupantes ya que el BCE indica que aparte del déficit de 2020, en los próximos dos años tendremos un déficit medio anual del 9% sobre el PIB, insostenible a medio plazo y que necesariamente será financiado con más deuda.

De esta forma, España va a sufrir un incremento en la deuda, cercano a 30 puntos del PIB desde 2020 hasta 2022, el mayor con diferencia de la eurozona.

Así pues, nos encontramos en niveles de deuda que no vamos a poder devolver y la adicción a que nos compre todo el BCE se está convirtiendo en una bomba de relojería que nos va a estallar en las manos el día que acabe la barra libre de deuda.

La intervención del BCE es la herramienta que está permitiendo, por ahora, la sostenibilidad de nuestra deuda pública y cuando retire la red de seguridad, tendremos un problema grave financiándonos en los mercados.

España va a sufrir un incremento en la deuda, cercano a 30 puntos del PIB desde 2020 hasta 2022, el mayor con diferencia de la eurozona

Ya no es ningún secreto, que tras las nuevas oleadas, y las que estén por llegar, mientras no se genere inmunidad de rebaño y sin conocer la eficacia de la vacuna para la nueva cepa del virus, el tipo de letra para la recuperación que nos podemos encontrar es una doble W, lo que significa destrucción de tejido productivo ya bastante debilitado y más desempleo que se estima en el 17% para este año y 14% para el siguiente.

Por tanto, ahora más que nunca son necesarias medidas de sostenibilidad fiscal, al menos a medio y largo plazo, pues es inviable una economía con elevado déficit y paro estructural, además de que nuestra productividad está a la cola de la UE, lo que puede desencadenar una mayor destrucción de empleo y de tejido empresarial.

Y la recuperación se quiere acometer mediante gasto público, en parte financiado por el fondo de rescate europeo con el que se pretende estimular el crecimiento y la inflación que son los principales antídotos frente a la deuda y del cierre de miles de empresas.

Sin embargo, el baile de proyectos con los que llevar a cabo el estímulo, puede no ser lo suficientemente adecuado si el efecto sobre el multiplicador del gasto no es el esperado, lo que llevaría a mayores niveles de déficit y deuda.

En esta línea es importante no sólo la cantidad sino la calidad del gasto, pues es necesario que nuestros políticos diseñen esquemas de gasto público eficaz, sin malgastar los recursos, con la precisión de un maestro relojero y evitando sesgos ideológicos que sólo buscan el rédito electoral.

Pero, sobre todo, nuestros políticos actuales y futuros se pueden encontrar con las manos atadas si el excesivo endeudamiento conlleva algún tipo de medida de rescate, pues nuestra soberanía estaría (si no lo está ya) en manos de terceros a quienes ni siquiera hemos votado.

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