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Economia

Los engaños de Sousa en Pescanova

“No ha habido ningún engaño, todo han sido errores de interpretación”. Esto es lo que dijo Al Capone cuando en los años 30 fue enviado a la prisión de Alcatraz. Y es lo mismo que argumentó Manuel Fernández de Sousa ante el juez para explicar la caída de Pescanova. Unos “errores de interpretación” que -según la sentencia de la Audiencia que le ha condenado a 8 años de cárcel- escondían prácticas fraudulentas para engañar a los bancos y a los miles de inversores que depositaron sus ahorros en acciones de Pescanova.

Sousa gestionaba la empresa con un estilo personalista y autoritario, y llegó a creerse tan intocable que urdió su particular trama mafiosa para maquillar pérdidas, ocultar deuda y encubrir así la mala situación financiera de Pescanova. Hubo un momento, en 2009, que el expresidente de la mayor pesquera del mundo podía haber salvado los muebles si hubiera reconocido sus errores. Entonces estaba a tiempo de acometer una profunda reconversión con el cierre de plantas deficitarias y una drástica reducción de su estructura. Tuvo la oportunidad, incluso, de vender su tinglado empresarial a Unilever.

Eso es lo que hubiera hecho un gestor ortodoxo. Pero no Manuel Fernández de Sousa. El todopoderoso expresidente de Pescanova no podía rebajarse a reconocer que se había equivocado y que gran parte de los 833 millones invertidos en acuicultura se habían perdido. La modestia no tenía sitio en una persona que se caracterizaba por su talante prepotente. Prefirió mantener su halo de empresario de éxito y para ello orquestó una trama mafiosa y manipuló cuentas y documentos oficiales.

Una farsa que duró 4 años

Primero se engañó a sí mismo creyéndose omnipotente, y luego inició una huida hacia adelante para ocultar la situación real del grupo y ofrecer una apariencia de solidez que se mantuvo hasta el mismo momento en que presentó preconcurso de acreedores. Sostuvo la farsa durante 4 años, en los que engañó a socios, inversores, accionistas, bancos, analistas y reguladores. ¿Cómo pudo hacerlo durante tanto tiempo si era el líder mundial en pescado congelado, cotizaba en Bolsa y, por tanto, debía estar muy controlado?

Como si de una película de gángster se tratara, las oscuras maniobras de Sousa en Pescanova -según se refleja en la sentencia de 610 páginas- incluyen facturas falsas, hombres de paja, sociedades fantasma, extorsiones, blanqueo de capitales y alzamiento de bienes. A la mujer y a los hijos de Manuel Fernández de Sousa, por ejemplo, les llegaron a pillar in fraganti ingresando un millón de euros en efectivo en una oficina de Andbank en la localidad andorrana de Canillo.

La Audiencia es contundente: “Las prácticas irregulares de Pescanova fueron resultado de una planificación realizada de forma consciente con el objetivo de minorar indebidamente la deuda y dar una imagen que no se correspondía con la realidad”.

Pero vayamos al comienzo de la historia. Aunque Pescanova suspendió pagos en abril de 2013, su declive se inició cuatro años antes. Entonces, el grupo era líder en productos congelados del mar en España y Portugal, tenía una flota de 90 buques, con 50 instalaciones de acuicultura, 30 plantas productivas, procesaba unas 70 especies marinas distintas y vendía con 16 marcas comerciales propias, contando con 10.000 trabajadores en todo el mundo, 1.500 de ellos en Galicia. Pescanova estaba presente en 25 países con más de 40 filiales, aunque el número de sociedades participadas fue creciendo de forma ficticia hasta llegar a superar las 150.

El rodaballo se atraganta

Los problemas comenzaron en 2009. Pescanova sufrió una caída de los márgenes por el estancamiento del consumo y el auge de la marca blanca, a lo que se sumaron las pérdidas que ocasionaban las plantas de acuicultura (rodaballo, langostino y salmón) que el grupo había montado en Centroamérica, Ecuador, Cono Sur y Portugal. En la planta lusa de Mira, por ejemplo, se murieron todas las crías de rodaballo por un fallo en la captación de aguas.

El castillo de naipes fue creciendo conforme los agujeros financieros de las filiales de acuicultura se tapaban con créditos enviados desde la sociedad matriz Pescanova y con la tesorería de la compañía. Hasta que la caja se quedó vacía y hubo que echar mano de ingeniería financiera.

Pescanova necesitaba liquidez de forma urgente, y Sousa se empezó a inventar operaciones ficticias y a emitir facturas falsas en las que supuestamente vendía mercancías a filiales situadas fuera de España como Namibia, Uruguay y Chile. Lo hacía a precios desorbitados -eran transacciones ficticias- con el único objetivo de lograr fondos de la banca. La operativa se realizaba a través de créditos documentarios, que es una fórmula de pago que permitía a Pescanova conseguir financiación, incluso en el caso de que algunas de las filiales en el exterior que compraban la mercancía no tuvieran liquidez en el momento del pago.

La banca, engañada

La sentencia -cuyos fundamentos financieros están basados en el informe forensic realizado por KPMG- se pregunta cómo es posible que los bancos no comprobaran ninguna de esas operaciones y se fiaran de las facturas -falsas- que les presentaba Pescanova. Hay que recordar que en aquellos años Manuel Fernández de Sousa era un empresario muy admirado que recibía multitud de premios y reconocimientos públicos.

Con las ventas y las facturas ficticias -que asemejaban a una estafa piramidal-, Pescanova lograba liquidez a corto plazo, pero la situación cada vez se hacía más insostenible y ya en 2011 la empresa entró en causa de disolución al tener patrimonio negativo. En ese ejercicio, el grupo declaró a la CNMV una deuda de 960 millones y unos beneficios de 50 millones cuando la realidad era muy distinta: deuda de 3.356 millones y pérdidas de 260 millones.

40.000 facturas falsas

La ficción ya no podía mantenerse a base de operaciones triangulares con las filiales, había que ir un paso más allá. Sousa creó entonces decenas de sociedades sin empleados ni actividad y cuyo único objetivo era ocultar pérdidas y encubrir deudas. El expresidente de Pescanova llegó a constituir el mismo día hasta cinco sociedades en distintos despachos de abogados de Madrid.

Este entramado de sociedades fantasma llegó a manejar más de 40.000 facturas ficticias y se realizaron operaciones artificiales por valor de 1.000 millones de euros sin que se moviera ni un solo producto. En estas transacciones se llegaron a utilizar datos de compañías clientes reales de Pescanova sin que ellas lo supieran. Para llevar esta contabilidad paralela, Fernández de Sousa contó con la colaboración de un buen número de directivos del grupo, que también han sido condenados.

Para dar verosimilitud al montaje, Pescanova creó un depósito virtual dentro de su almacén denominado 5090 Ventas Indirectas y Otros. Y además identificó las operaciones ficticias con un código específico para diferenciarlas de las reales.

Mientras tanto, Pescanova seguía presentando sus cuentas trimestrales llenas de falsedades ante la CNMV sin que nadie se percatara del engaño. Los auditores de BDO, que también han sido condenados en este caso, tampoco se enteraron de nada y todos los años presentaron un informe de auditoría sin salvedades. Y eso que una de las prácticas para disimular pérdidas era traspasarlas a una sociedad filial y acto seguido desconsolidarla del grupo para que no figuraran en las cuentas.

Sale su aliada Novacaixagalicia

Fernández de Sousa manejaba los hilos de la empresa sin ningún control gracias a que contaba con el apoyo de Novacaixagalicia, que era el principal accionista de Pescanova con el 25% del capital. Pero en 2011 la caja se ve obligada a vender sus acciones en la empresa a raíz de la reconversión financiera. A Sousa se le encendieron todas las alarmas porque la llegada de un nuevo accionista podía desvelar todo el tinglado.

Entonces ideó un plan para convencer a dos accionistas financieros de Pescanova, que no participaban en la gestión, a que aumentaran su participación. Luxempart y Silicon Metals compraron acciones en base, por supuesto, a unas cuentas que eran totalmente falsas. Al tiempo, Sousa lanzó una emisión de bonos convertibles por 160 millones y una ampliación de capital de 125 millones. Había que diluir al máximo el accionariado para que Sousa, que contaba con el 14% del capital, pudiera mantenerse en el poder.

Tanto Luxempart como Silicon Metals se personaron en el litigio contra Sousa como parte acusadora, como también lo hizo Damm, que adquirió títulos de Pescanova y que, a causa de ello, sufrió una pérdida de 40 millones de euros.

El entramado mafioso de Sousa se derrumbó en el consejo de Pescanova del 27 de febrero de 2013, cuando varios consejeros informaron que el presidente les había pedido dos días antes 50 millones para afrontar compromisos financieros urgentes. Aquello fue la gota que colmó el vaso y que culminó con la presentación del concurso de acreedores.

Ocultación de bienes

Cuando Sousa vio venir la hecatombe, se apresuró a poner a buen recaudo su patrimonio y ordenó la venta de sus acciones. Logró traspasar dos millones de títulos, con lo que salvó de la quema la mitad de su participación. Este evidente uso de información privilegiada es otra de las acusaciones reflejadas en la sentencia.

Como buen capo mafioso, Fernández de Sousa introdujo a su familia en el complot. Y tanto su mujer, María del Rosario Andrade, como sus hijos, Pablo Javier e Ignacio Fernández Andrade, también han sido condenados por haber intentado ocultar los bienes familiares.

María del Rosario abrió una cuenta en la oficina de Andbank en la localidad andorrana de Canillo mediante el ingreso de un millón de euros en efectivo. Paralelamente, cada uno de los hijos abrieron también sendas cuentas, que recibieron importantes cantidades de dinero y que, por supuesto, permanecieron ocultas a la Hacienda Pública española.

Además, poco después de la caída de Pescanova, María del Rosario abrió una cuenta en Banco Banif de Valença (Portugal) con 5 millones de euros. Y acto seguido, la esposa de Sousa envió esos mismos 5 millones de euros a una cuenta de Standard Chartered Bank of China.

Y por si esto fuera poco, Fernández de Sousa traspasó por un precio ridículo 20 fincas en Galicia a su mujer y a sus dos hijos. Había que tratar de salvar la herencia de la familia.

Manuel Fernández de Sousa ha pasado en diez años de héroe a villano. Y, como Al Capone, pasará ahora una buena temporada en la cárcel.

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