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Fin de semana

Aman Kyoto, un jardín mágico en medio del bosque

VICKY VILCHES

La oferta hotelera de la antigua ciudad imperial ha cambiado de forma considerable. De una manera sutil pero imbatible, siguen reinando las viejas damas, Tawaraya y Hiragiya, los dos “ryokanes” varias veces centenarios convertidos en lugares de culto. Junto a ellos, o más bien a la sombra de su leyenda, han ido asentándose las grandes cadenas internacionales. Y lo han hecho con cabeza y sensibilidad. Es el caso tanto de Four Seasons como de Ritz-Carlton; también el del más reciente Park Hyatt. Como cabía esperar, la llegada de Aman viene acompañada del gran nivel de servicio de estos pesos pesados, pero también de un halo de magia que se les resiste a los grandes nombres del lujo.

En Kyoto, el propio emplazamiento es un aliado extraordinario para crear esta atmósfera exquisita de algunos Aman. Abierto en noviembre, el resort se levanta en un bosque de 29 hectáreas que durante cientos de años fue coto de caza imperial. A mitad del siglo XX fue adquirido por la familia Asano, importante saga textil, con la intención de crear un jardín secreto que albergara su valiosa colección de obi, cinturón ornamental de los kimonos.

Habitación de grandes ventanales inspirada en los “ryokanes”.

El proyecto nunca llegó a completarse, pero sí se realizó en medio de este bosque de arces y cedros que cambian de color y camelias salvajes, un jardín con senderos de piedra que se cubren de musgo y parecen caminos de esmeraldas, bloques de granito dispuestos a modo de esculturas naturales y un inteligente sistema de túneles y canales para la irrigación con agua de lluvia. Y en medio de este paisaje de cuento, el arquitecto australiano Kerry Hill diseñó su proyecto.

Fallecido en 2018, Hill no pudo verlo concluido, pero su sello inconfundible se aprecia en ese minimalismo cálido, elegante y discreto. Como él. Seis pabellones independientes albergan 26 habitaciones inspiradas en los tradicionales “ryokanes”. Sus ventanales de suelo a techo enmarcan ese bosque inaudito que invita a la contemplación y a imaginar que a este lugar solo le falta que los obi que nunca vinieron cobraran vida por la noche y nadaran como dragones en las aguas de los onsens, sus baños termales. Aquí son, además de curativos, bellísimos. También la comida es excepcional, desde un impecable “kaiseki” hasta los “wagashi” (dulces) que acompañan al té. Pida una bicicleta y vaya pedaleando al vecino Pabellón Dorado, uno de los templos más bellos de Kioto. Inolvidable. Desde 1.100 euros.

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